Estatuas ecuestres.

7 febrero 2013

Podría haber sido en cualquier ciudad, en cualquier parque o plaza, porque estatuas ecuestres las hay en todos lados pero fue, porque sí,  junto a la del controvertido Cortés, en Cáceres, en que yo, mientras esperaba a que el semáforo se me pusiera perrunillero, me quede observando y me dio por pensar.

No diré nada, porque hoy no toca, en relación con el animal que va encima del pedestal (y no me refiero al caballo precisamente), eso será otro día; para esta ocasión resulta irrelevante  que sea un asesino de indígenas, como es el caso, o un dictador, como en aquella de Franco que había en Madrid, frente a los Nuevos Ministerios. Y es que, claro, supongo que los que hacen las estatuas, al igual que los que escriben la Historia, son los vencedores, pero, como ya he dicho, ese es otro tema.

Me referiré, pues, en general a todos esos monumentos en los que aparece el prohombre en cuestión (que suele ser un militar) subido a un equino, ambos en pose gallarda e, incluso, un poco chulesca para mi gusto. Y voy a prescindir también del posible valor artístico que le haya impreso el escultor. Lo diré ya: Son tremendamente horteras. Qué derroche de bronce. Qué despilfarro de material. Francamente me resultan incomprensibles estas manifestaciones de exaltación, independientemente que uno esté acostumbrado a verlas por doquier, de tal manera que ya ni nos llaman la atención.

Porque, vamos a ver, comprendo que se quiera ensalzar a un payo que haya realizado tal o cual hazaña, esculpiéndolo en un material mas o menos noble y así perpetuarlo, pero… ¿a qué viene incluir al cuadrúpedo en la figura? Ya suponemos que estos próceres tenían un bonito caballo, incluso varios, no hace falta decir más, que no somos tontos. Era gente importante y, en aquellos tiempos, además de cabalgaduras seguramente que tuvieran también, por ejemplo, un vistoso carruaje, incluso un Rolls Royce, en el caso del Caudillo y, sin embargo, no se incluye en la estatua, salvo en la de la Diosa Cibeles.

Se me dirá, a lo mejor, que el caballo era el signo de distinción del interfecto, finalmente difunto, o, quizá, su arma de guerra pero, con ese mismo razonamiento, a Rommel habría que representarle montado en su tanque. ¿Y, qué me decís de Armstrong, el que fue a la Luna de verdad, no el que flotaba en la luna pasando por el Tour de Francia? Ese tendría que aparecer subido al Apolo 11. Por no decir nada de Noé. Representar el Arca en bronce o mármol sería algo que no soportaría ningún presupuesto municipal.

Tal como van las cosas a mí probablemente nunca me erijan una estatua, y que dios confunda a aquel que se le pudiera ocurrir semejante dislate, no quiero que mi coronilla sirva para que las palomas hagan puntería, pero en el improbable caso de que a algún necio se le ocurriera, a mí tendrían que inmortalizarme montado en mi Renault 8 -TS, mismamente. La verdad es que, puestos así, creo que tiene más cuenta que el cincel del artista enaltezca a poetas o escritores que a estos capullos de la guerra porque no son nada sin sus artefactos y nos salen carísimos.

En fin, curiosa costumbre ésta de que los mandatarios le levanten a cualquiera de su onda política o guerrera una estatua ecuestre, “ecuestre lo que ecuestre”, para que la paguemos todos.

…Y se abrió el semáforo…

De mis frases anónimas.

7 febrero 2013

Prefiero un apasionante “mar de dudas” que la monótona “calma chicha” de la certidumbre.

De reyes, corbatas y chancletas.

6 enero 2013

La monarquía es como una corbata.

Una corbata es algo que no llama la atención por habitual y acostumbrado pero, si nos paramos a pensar, nos daremos cuanta de que es absolutamente accesoria, superflua, si me apuráis, hasta ridícula. Te fijas, y la corbata no deja de ser una cinta de trapo que, en determinadas ocasiones, uno se ata al pescuezo. Allí queda, colgando, inútil, para nada; no abriga, no tapa y, por si fuera poco, subyuga, acogota y se mancha con gran facilidad.

Pero, claro, si en este mundo de convencionalismos, uno decide por el motivo que sea, colocarse algo tan absolutamente innecesario y prescindible como una corbata para decorar y ensalzar su aspecto, no tengo nada que objetar, pero, creo que en ese caso, lo mínimo que debe hacer es procurar que sea digna. Podrá ser bonita o fea, porque eso es algo que pertenece a ese universo tan ambiguo de los gustos personales de cada uno, como los colores, y cada cual, en su elección, puede acertar o no, pero, desde luego, una corbata, tiene que tener una condición sine qua non: Ha de ser buena; a saber y para entendernos, de seda natural y de reconocida marca. Es decir: Inevitablemente cara. Porque, ya me contarán, qué sentido tiene colocarse pendiendo del cuello un pingajo de barato tejido, arrugado y deshilachado, cuando, su objetivo, su único objetivo, es dar una buena imagen. Es obvio que para esas condiciones sería mejor ir despechugado como un legionario.

A mí: la Legión, diría yo, porque indudablemente lo prefiero.

Por tanto, el debate que a veces se plantea sobre el sueldo del rey y los de sus cortesanos, los gastos palaciegos, el boato de determinados actos y, en fin, si matar elefantes o perdices, me parece que es coger el rábano por las hojas, es decir, desviar la atención de lo fundamental a lo accesorio. Por otra parte, es ya una vieja costumbre lanzar, a veces con toda la intención, estas cortinas de humo para que perdamos el tiempo y el norte, enzarzándonos en una estéril discusión y así olvidar el meollo del asunto.

Esto no es exclusivo de la monarquía porque, dicho sea de paso, algo parecido ocurre también  con otras instituciones. Por ejemplo, con el Ejército o con el Senado, por no ir más lejos. En cuanto al primero, podemos echar una tarde opinando si debe haber tres tanques ó cuatro, si, ocho aviones ó cinco, por aquello de la rima, ó si, en fin, hay que dar más o menos tiros al agua. Y también, podemos sentar cátedra divagando sobre la carísima página web del Senado o sobre sus gastos de calefacción. Pero lo cierto es que todo eso es el chocolate del loro.

Lo que realmente habría que plantearse en todos estos casos no son sus gastos, sino su propia existencia y de, una vez y por todas, que se decida esa cuestión básica (y que se decida por todos y, por tanto, se acepte la decisión también por todos, que para eso jugamos a ser un país democrático) y entonces, solo entonces, lo que tengamos que tener, porque voluntariamente lo decidamos tener, que sea como el que se pone una corbata, es decir, en las mejores condiciones de funcionamiento, mantenimiento e, incluso, por qué no, de representatividad.

Ya se sabe que “España no es que sea diferente; es que es inverosímil”, como decía Amando de Miguel, pero no me gustaría tener unos soldados que usen balas compradas en un chino, o unos senadores tiritando de frio en sus escaños o un rey en la lista de espera de la S.S. para operarse la cadera. Para eso es preferible, y yo lo prefiero, repito, no tener Ejército, ni Senado, ni Rey, por aquello de que “para puta y chancletas, quieta”.

De mis frases anónimas.

6 enero 2013

Antes de que tu mano agreda a una mujer, córtatela. Y la mano, también.

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