Carta cuaresmal a Santa Claus

3 febrero 2008
Aún se pueden observar, a estas alturas de febrero, en algunas calles de nuestras ciudades el muñeco vestido de Papá Noel intentando escalar el balcón de alguna casa que la desidia del propietario abandonó a su suerte en la fachada.El muñequito en cuestión que desde algunas Navidades se puso de moda, siempre me cayó gordo. Además, es que no le veo la gracia. De los Reyes Magos, antes, en los días previos al 5 de enero, decíamos que: Venían por los arenales. Independientemente de que aquello era tan falso como las cualidades del inefable Santa Claus para la escalada, no me digan que no tenía más encanto y magia. No es lo mismo decir vienen por allí o por allá, que, verdad o mentira, nunca los veíamos, a decir que el enano vestido de colorao viene el día 24 de Diciembre, pero lo estamos viendo un mes antes trepar como un gilipollas por la pared. Si yo fuera niño, me cabrearía mucho si alguien me contara tamaña majadería. Como sea tan hábil para traer mis regalos como para escalar…pensaría yo.Sin embargo, ahora, cuando en plenos Carnavales le veo, olvidado, que persiste en su afán de llegar arriba, para más inri vestidito de rojo llamativo y objeto de todas las miradas, ignorante de que lo suyo es una tarea anual, interminable y destinada al fracaso, no puedo evitar sentir cierta ternura hacia él. Y es que, no se da cuenta, de que existe una sutil diferencia entre subir por una cuerda o estar colgado de ella. Y yo le diría con pesar, cuando tu dueño te ha tirado por la ventana, con una soga al cuello, ha bajado la persiana, se ha ido a la nieve y sigues ahí en Semana Santa, pequeño amigo, tú no eres Santa, ni estás escalando, sencillamente, lo que eres es un colgao.En esta nueva corriente de afecto que nacido entre todos estos liliputienses del furgón de cola y yo, me gustaría decirles también que no esperéis más. Aunque sea con los dientes, cortad la ya casi podrida cuerda e iros rápidamente a vuestra Laponia. No queráis comprobar lo que es un verano de estas tierras, vestido de esquimal y a plena fachada. No vale la pena la espera ni la escalada, pequeños amigos. Al fin y al cabo, si algún día llegarais arriba, descubriríais que, en la casa a la que os empeñáis vanamente en llegar, solo vive un hortera desconsiderado. Lo primero porque os puso allí y lo segundo porque, después, os olvidó.

El Profesional

3 febrero 2008
Badajoz. Agosto. Tres de la tarde. Todos los grados centígrados (y además los Fahrenheit) del mundo sobre el techo de mi coche, para más inri negro, aparcado en la calle Mayor. Cuando me dispongo a montarme para irme a casa, descubro (oh, Cielos!!) que la rueda derecha delantera está pinchada.Me refugio a la sombra de los soportales como tomando aliento y ánimo para lo que se me venía encima y, por qué no decirlo, también para echar en voz baja algunas maldiciones.En fin, mejor no pensarlo, vamos a ello -me dije- A por el gato y la llave. Aún no había comenzado y ya eran notorias en mis axilas dos enormes manchas de sudor. La carrocería parecía esperarme, haciendo ondas impacientes y la boca, aguas. Parecía decirme: “Ven. Ven, que te vas a enterar!”. Paso atrás. ¿Qué tal un taxi?…y esta noche, con la fresca…En estas y otras consideraciones más irreproducibles, veo acercarse a un “gorrilla”, uno de esos habituales aparcacoches de la zona, que me pregunta que si quiero ayuda y, ciertamente, no lo pensé. Acepté sin dudarlo. Al fin y al cabo, consideré que por una vez iba a estar bien dada y bien recibida la acostumbrada propina.Dicho y hecho. Mi héroe se puso manos a la obra. Intenté ayudar en la faena, pero la verdad es que me di cuenta de que solamente estorbaba a aquel incombustible chico que, con un dominio increíble de la teoría y de la práctica, antes de que yo pudiera ni siquiera mancharme las manos, tenía ya hasta la rueda pinchada metida en el maletero. Evidentemente, no era la primera rueda que cambiaba. Fue visto y no visto.Yo estaba contento, muy contento, y había llegado el momento de demostrárselo con una buena propina. Pero las sorpresas no habían acabado para mí. Cuando le di las gracias y le tendí la mano con un billete que no dejaba dudas de mi ánimo, me dijo: “No, gracias. – y aclaró – Yo, soy aparcacoches. Esto ha sido un favor y los favores no se cobran.” Se dio media vuelta y se marchó.No le he vuelto a ver pero, allá donde esté, le deseo toda clase de éxitos en su profesión porque me enseñó que no importa el trabajo que se tenga, sino la dignidad con que se haga. Claro que el fairplay de este hombre superaba incluso las razones que le habían llevado a vivir en la calle.

Prohibir la Idiotez

3 febrero 2008
El otro día, una señora hablaba por el móvil con una mano y, con la otra, unas veces se arreglaba la ceja izquierda mientras se miraba al espejo retrovisor, otras manejaba el cigarrillo que llevaba en la boca y otras gesticulaba al compás de su conversación. Iba delante de mí con su coche y lo que no entiendo es cómo podía además conducir.
Me parece lógica y plausible la penalización de hablar por teléfono mientras se conduce y exigir su cumplimento con todo rigor, pero no es suficiente, se debería ampliar la prohibición también a los peatones.
Hace tiempo leí que un tipo que iba andando por la calle y hablando por el móvil, tan enfrascado estaba en la conversación, que se cayó a una zanja resultando herido y, lo peor del caso, es que, cuando acudieron a socorrerle, se comprobó que el móvil era falso, de pega.
Ahora, nadie tiene ya móviles de juguete porque los auténticos son tan baratos que todos tenemos al menos uno, pero imbéciles sigue habiendo.
El móvil se ha popularizado, ha dejado de ser un elemento distintivo de alto ejecutivo de película, activo y audaz, para pasar a ser un artilugio indispensable en el cinturón o la caja de herramientas del obrero, en la cartera del estudiante de 12 años o en la cesta del jubilado. Me ahorraré mencionar sus virtudes que evidentemente las tiene, a lo que voy es a ese carácter potenciador que tiene de la idiotez humana.
Es frecuente ver a la puerta de cualquier bar un grupo de individuos con el dichoso aparato en la oreja, dando paseitos de arriba abajo, gesticulando y vociferando. Esto podría pasar ya como parte del paisaje urbanístico actual, pero uno de estos, el otro día, tanto alargó su inútil e inconsciente ‘recorrido de acompañamiento’, que se fue a mitad de la calle donde recibió el correspondiente vocinazo por gilipollas.
Varias veces ya se me han cruzado peatones por semáforos que tenían cerrados o se han bajado inopinadamente de la acera a mi paso y, en todos los casos, iban hablando por el móvil absortos en su conversación.
Claro que tampoco hay que generalizar. Son muchos también los que hablan sin poner a nadie o ponerse a sí mismo en peligro, lo que ocurre es que el idiota siempre ejerce de idiota y lo hace con el móvil, el coche o la scutter, o también sin ellos, pues ya se buscará él forma de acreditarlo. En realidad, por tanto, lo que habría que prohibir es la estupidez humana en general, pero mientras eso no sea posible…
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