Llamando a la Puerta del Cielo.

1 febrero 2010

 

En Sevilla solamente hay un cementerio. Sé que el caso no es único, pero me llama la atención que, en tan populosa ciudad, todo el que se muere, tenga que irse por la misma puerta.

Sea como fuere, allí estaba yo hace unos días con motivo del fallecimiento de un familiar, esperando los trámites de la incineración, y no pude, por menos, que fijarme en el incesante trasiego  de cortejos fúnebres que cruzaban aquella puerta.

El muerto va delante, en su caja, pero aunque no se le vea ni se le haya conocido, uno puede hacerse una idea aproximada de quién o cómo era, observando  algunos detalles que indican su posición social y económica. Por ejemplo: la calidad y cantidad de las coronas de flores, adosadas como si fueran salvavidas al postrero coche del finado. Por otra parte, los epitafios inscritos en cintas lila, nos hablan de su carácter. Horteras, cursis, artísticos, macabros y, a veces, aceptables, no me atrevo a llamarles de otra forma.

Pero lo más significativo es la gente que le sigue. Dime quién y cómo te entierran y te diré quien fuiste. Señoritos de pelo engominado y zapatos brillantes con camisas hechas a medida; señoras encopetadas, lavado y marcado al efecto, en unos casos. En otros, de igual pinta que los anteriores pero, esta vez, ricos de verdad. Ancianas con abrigos de garras de astracán, oliendo a naftalina y señores de distinguidos trajes, pasados de moda y con un lamparón en la manga. Otras veces, personas de muy modesta apariencia y en, más aún, modesta cantidad. Por allí pasan gitanos, inmigrantes y, por fin, gente de todo tipo e, incluso, sin sujeción a tipo. De todo, porque en Sevilla, como en cualquier lugar, nadie se priva de cruzar esa puerta. Los que durmieron en altas cunas y los que soñaron en bajas camas. Los unos y los otros, todos, con su dolor a cuestas.

En la entrada hay una plazoleta rodeada de edificaciones destinadas a servicios al óbito y, a la sombra de una cuidada pérgola, unos bancos de granito gris, alrededor de una fuente de mármol blanco.  Allí van a parar todos los familiares y deudos que esperan las distintas gestiones  del último trámite. En la pequeña plaza, un tanto apiñados, se produce un efecto minipimer: todos se entrecruzan y, sin llegar a la aleación, se mezclan.  Si se pudiera seccionar con un cuchillo aquella masa de gente, se podría estudiar en el corte la composición de la Sociedad misma, como se hace con los estratos de la corteza terrestre.

De pronto, una lágrima corre de arriba abajo y sin distinciones, lo mismo una mejilla sonrosada por el maquillaje, que otra pálida por una noche en vela. Es la pena que iguala.

Si das una vuelta por el interior del campo santo, se puede observar la obsesión de los vivos por distinguir a sus muertos de otros muertos, más allá del umbral de aquella puerta. A base de dinero, o de dedicación, con dudoso gusto o, incluso a veces, con arte, montan sobre el polvo toda una manifestación forzosamente efímera. Después, el polvo se venga y queda encima, las cubre. Tarde o temprano llega el olvido, que también iguala; sin embargo, éste, se hace más plomizo, más patente en los grandes mausoleos que en las diminutas tumbas, y son las elaboradas estatuas las que reciben las cagadas de los pájaros. Tus hijos no te olvidan, reza alguna lápida olvidada y paradójica. Sin embargo, observando las impresionantes esculturas de los toreros, de las folklóricas o el Jardín de los Poetas, te das cuenta que, si algo de las personas queda a esta parte de la puerta, son sus Obras, las grandes y las de diario, y eso consuela.

Miro a las chimeneas de los crematorios que acompasadamente, como tubos de un órgano catedralicio, expulsan bocanadas de humo grisáceo con olor a goma quemada. Es el fin de todo lo accesorio. El cuerpo, ese primario vehículo, de salón del automóvil o de desguace. Los caros implantes de silicona o la pata de palo. El féretro de finas maderas o el recurrente ataúd de Seguros El Ocaso. Todo se funde.

Finalmente, en la alegórica plaza, se despide el duelo. Cada mochuelo a su olivo. La zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal. Cada cual a  seguir empeñándose en distinguir lo accesorio,  hasta que sean ellos los que crucen la puerta en cabeza. Hasta que la muerte los iguale. Hasta luego.

 

Canción triste del cuco. (Blues)

2 enero 2010

Mi amigo Luis anda ya cerca de  los 70 años y fue boxeador en su juventud. Se sienta en un rincón del bar y, a quién se tercia, muestra sus fotos que guarda en el móvil: joven, calzón de raso y en guardia.

Hace unos años, apareció Nina, por un Guadiana navegable y en una carabela de retorno. A la altura de Badajoz, los chopos del embarcadero le recordaron a sus bosques incas y allí atracó, encendió el fuego y se quedó.

A una de esas citas que, sin saberlo, te emplazan irremediablemente y que el destino viste de casualidad o la casualidad disfraza de destino, llegó Luis, recientemente enviudado, que sacaba al sol al lagarto de la soledad,  mordiendo su costado, sin apretar más, pero sin soltar. Por protegerse, bajó la guardia, y a contrapié, Nina le mandó un certero gancho a las entrañas y él acusó el golpe, hincó la rodilla en la lona y exhaló un “te quiero”.

En el viejo mundo, el último autobús amanecía por occidente. Dejaron de caer las hojas otoñales del Marca y en la radio sólo se escuchaban canciones en francés. A las siete de la tarde, bollos de la Cubana y café con leche, y, de vez en cuando, un mal verso con faltas de ortografía, del lápiz de la oreja se desparramaba en una servilleta de papel.

Daba gusto verles por las calles, dirigiéndose las bocas y comiéndose las miradas, intentando perfeccionar en cada esquina el último beso pluscuamperfecto. No hubo portal sin abrazo, ni acera sin regueros de caricias caducadas. –“No me había dado cuenta, amor, de cuántos escaparates había en la calle Mayor hasta que empezaron a reflejarnos.”

Sus hijos le decían que aquella mujer sólo buscaba El Dorado de su pensión y su pequeña casita. Sus amigos, le previnieron: “Cuidado, Luis, que  el agujero negro de su entrepierna, en lugar de un túnel del tiempo a la juventud, puede ser  un oscuro pasadizo a la notaría y, como el pájaro cuco, traerá su prole a tu nido y os despojará de todo.”

Pero él no hizo caso. Para entonces, ya tenía hasta su propio corazón en precario; parceló su cama y, en la Muralla de la Alcazaba, inscribió registralmente con una barra de tiza, a nombre de Nina, todas las arrugas de su sábana  y de su piel. Aquella mujer fue nombrada virreina de las tierras y carnes conquistadas. A saber, poseía ya, en pleno dominio, las macetas de geranios que florecían en las ventanas, a la sombra de la Torre de Espantaperros, además de todo lo que las sustentaba y, en usufructo vitalicio, la distancia que va desde las medias suelas a la media calva, en total un metro sesenta, del pequeño Luis, aproximada y respectivamente.

Un día, quizá de tanto besarla, debió darle un beso maldado y Nina, se convirtió en rana. Los trenes comenzaron a llegar tarde a las estaciones equivocadas. Luis, por no ver cómo se balanceaban las perchas vacías en la barra del armario, ya sin el peso de su ropa, cerró de un portazo su casa y fue a comprobar si los escaparates reflejaban los recuerdos. Los amigos le preguntaban por ella, y él mentía para que la nariz de Pinocho no dejara ver sus ojos.

De esto hace un par de años, duermevela más, duermevela menos. Hoy, intenta reconocer a Nina en la mujer de la que hablan los papeles del juzgado. Va perdiendo a los puntos su combate con un vino que le ha salido peleón y que  le castiga duramente el hígado y, dicen que alguna vez, un cuco que frecuenta los tejados, desde la cornisa, le canta la cuenta de protección.

La espina del higo chumbo.

1 diciembre 2009

Corrían los Sesenta, con esa estúpida manía de correr que tienen los años. Los Beatles nos daban pataditas acompasadas en el culo para que espabiláramos y, cuando habías cogido algo de impulso, te dabas de bruces contra el monótono sonsonete del NO-DO. En aquel tiempo y condiciones, hacía yo el Bachillerato Elemental en el Colegio Academia Central Politécnica, allá por la Plaza de San Andrés. La Poli, como la llamábamos, era una casa muy grande reconvertida en colegio que, como todas las casas, entonces, olía  a cocido y a la Dictadura.

Aquella  clara-oscura época tenía sus “cosas”; más y distintas cosas para unos que para otros, y era difícil para los que no conocían el mar, entender el miedo al naufragio. Al final, todo era más llevadero, porque aquellos años tenían una gran ventaja: que eran muy pocos y, con esa edad, das buena cuenta de la caja de bombones de Forrest Gump, uno tras otro, sin saber lo que te va a tocar y, lo que es mejor, sin importarte, porque todos son nuevos y todos te los vas a comer. Pero he de reconocer que, de aquellos manojos de cosas que te creías echar a la espalda, alguna se escapaba y, sin darte cuenta, se quedaba para siempre bajo la piel, a veces como un bonito lunar y, otras, como la espina del higo chumbo, que no se ve, pero de vez en cuando, duele.

El sempiterno paquete blanco de tabaco Chesterfield de don Ricardo Puente, el profesor de lengua, impecablemente vestido, fumando con ansía y jugando entre los dedos con su Dupont. Fumando espero. La mirada repartida entre aquellas Españas de Machado, una, que muere y, la otra, que bosteza. Aquel hombre tenía algo especial que yo no llegaba entonces a entender. Daba clase con clase, con mucha clase. Debía ser muy difícil para él, intelectual, tertuliano, enseñar la verdad a unos discípulos, podados mentalmente por un régimen de mentiras. La década transcurría lentamente mientras los maniáticos años corrían. Y don Ricardo, moviéndose por las estrechas cornisas de las fachadas, fumando, esperaba el fin de la pesadilla. Le recuerdo con enorme aprecio, incluso ahora me parece entrañable cuando te expulsaba de clase diciendo: “¡emigra botarate!”.

De él aprendí a buscar el tesoro de la autenticidad dentro del cofre de las apariencias. La disidencia en los aros de humo y la progresía vestida como un dandi. Y, sobre todo, a esperar.

Otra de las cosas, concretamente un par de cosas, eran las de Rosa, aquella muchacha al servicio de la casa, procedente de Santa Marta de los Barros. Los miércoles tocaba colada y, ese día, las ventanas del Estudio que daban al patio, se llenaban de miradas que los irregulares cristales refractaban, con tan mala leche, que era difícil alcanzar su objetivo: sus dos sonrosadas tetas. No obstante, aquellos balcones eran más cotizados que los de la calle Estafeta en plenos Sanfermines,  Y, a todo esto, Rosa, la reina del jabón Lagarto, se sabía la protagonista su acto público y de los nuestros solitarios.

En aquel patio, con su laberinto de sábanas oreándose al son de sus caderas, Rosa, que sabía latín, nos daba clases de religión. Aprendimos Ocho Mandamientos de Dios y Dos de los curas. También un Génesis premonitorio, porque cualquiera de nosotros hubiera dado gustoso una costilla por aquella Eva rubia de bote.

La Poli tenía éstas y otras muchas cosas que darían para emborronar todo un libro, quizá otro día les hable de ellas, pero ahora hay que ir terminando, y voy a hacerlo con una de las que más me impresionaba. Aquel colegio era más que una casa muy grande, era un universo que, como todos los universos, tenía a su dios: el Director. Perdonen que me refiera otra vez a dios, pero es que entonces parece que venía más por aquí. El Director era como un busto, eternamente sentado tras la inmensa mesa de su inmenso despacho castellano. O, al menos, así lo recuerdo. No le vi nunca por la calle, jamás se personaba en el estudio, ni en las clases. Sólo existía allí, era, fundamentalmente, una referencia: Por hablar, vas al Director; por contestar, vas al Director; por mirar a Rosa, vas al Director.

Y, el Director, como dios, impartía justicia y, si eso, también castigo, como si no hubiera sido ya suficiente castigo el mero hecho de caminar hacia él, en busca de la sentencia por aquel largo pasillo. Con pasitos lentos, acojonado, sin otro recurso que el becerro de oro para implorar que aquel corredor de la muerte no se acabara nunca.

De aquel hombre, de recto proceder e intachable conducta, de valores fuertemente anclados y principios inamovibles, aprendí algo que, en sí, no es bueno ni malo: si alguien se convierte en el prototipo de una época y permanece fiel a su tiempo, cuando su época se va, se va con ella.

Corrían los Sesenta, con esa estúpida manía de correr que tienen los años. Pero, aquellos, tenían una poderosa razón para hacerlo.

Las razones de un Blog. A modo de escusa.

18 noviembre 2009

 

Ahora que este Blog tiene más seguidores de los que puedo contar con los dedos de una mano (perdónenme los 5 primeros), creo llegado el momento de intentar justificar el atrevimiento de publicarlo.

Como la mente no es virgen, las ideas, salvo concepción inmaculada, pocas veces son propias, al menos, no totalmente propias. Uno, las va recomponiendo con retazos que, en mayor o menor medida, les van proporcionando los demás: Puliendo, remendando o empalmando, según sea de menester. Después, el “ideólogo” se convierte en mero usufructuario del concepto resultante que, en justicia, debe ser devuelto al mundo con cuya influencia se engendró.

Lo que pasa es que mi mente es una hembra promiscua, siempre en celo y abierta de patas a cualquier polinización exterior. Tiene a su servicio, además, a todos mis sentidos que, como amantes despechados, utiliza a modo de alcahuetes para captar estímulos de alrededor que, como  espermas, satisfagan su insaciable vicio maternal. Siendo así que, preñada de mil leches, esta parturienta recalcitrante, me llena de hijos ilegítimos de azarosa fortuna. Algunos, la mayoría, resultan grotescos abortos, híbridos incompatibles con la vida misma, que carecen incluso de la gracia necesaria para ser aprovechados como una típica parida; nacen muertos. Otros, son prematuros que han de ser devueltos al claustro materno para su maduración y, otras veces, quizá las menos, salen ideas que me miran con ojillos brillantes y yo les aliso el pelo con la mano mojada en saliva, las visto como de primera comunión y, qué quieren que les diga, será que se me despierta el instinto paternal, pero me parecen bastante apañadas. A partir de ese momento, me esperan en el zaguán, impacientes por que las saque a la calle.

Diré finalmente en mi descargo que si, para que mis engendros vieran la luz, precisaran por mi parte algo más del trabajo que ahora me supone, y me obligara siquiera a poner un sello de correos y tener que desplazarme al buzón más próximo, como antaño, probablemente jamás pasarían de la condición de nonatos. Pero, mira por donde, las nuevas tecnologías, me han facilitado la tarea, hasta el punto de que, con poco más que apretar un botón, puedo exponerlos en este Blog que, por si fuera poco, es tan voluntario en su escritura como en su lectura, dejándome apenas sin excusas, si acaso, un poco de pudor y algo de miedo escénico cada vez que escribo algo.

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