La oreja.

9 marzo 2011

 

Una oreja son sesenta minutejos.

Perdón por el viejo chiste pero hoy quería comenzar rompiendo el hielo, porque tengo que  hacer una dolorosa confesión. Acabo de cometer un acto de vergonzante vanidad, de narcisismo trasnochado: Me he depilado las orejas. Sí. Con cera. Yo. Solo. A mí mismo. A mi edad. Esto último no sé si vale como excusa o es un agravante.

Debo admitir, además, que no ha sido un acto espontaneo, fruto de un impulso o arrebato. No. Por el contrario, ha sido meditado y programado. Autoinfringirse semejante bricolaje metrosexual, requiere no solo obviar principios morales y éticos que uno abanderó toda su vida, sino que además se precisan elementos de venta en grandes almacenes, amén de contorsiones físicas nada desdeñables, por no hablar, de los espejos estratégicamente colocados, por tanto, no tengo más remedio que reconocer que lo planeé y lo ensayé concienzudamente.

El doloroso proceso, en la soledad de mi cuarto de baño, no me parece suficiente castigo a mi inefable acción y por eso le doy publicidad, como flagelación adicional y redentora. A pesar de todo, el resultado final es bastante aceptable, pero ahora un par de parabólicas brillantes y enrojecidas que parecen palpitar, me contemplan, entre satisfecho y avergonzado, como testigos mudos de mi hazaña.

Una oreja puede ser fea o más fea. Si no deparamos en la fealdad de una oreja es porque estamos acostumbrados a verla. Es un promontorio carnoso, un pegote estúpido, informe, lleno de recovecos; un laberinto cartilaginoso que no resiste el más mínimo análisis estético. Y, encima, tenemos dos iguales, una a cada lado, para no pasar desapercibida. Como pabellón auditivo que capta los sonidos para conducirlos al oído interno, puede ser una maravillosa obra de ingeniería, no digo que no, pero ¿a quién le apetece llevar una obra de ingeniería colgando a ambos lados de la cara? Y los sordos, ¿por qué no se les caen las orejas como ocurre con los dientes de leche? Si su única utilidad ya sería colgarse el sonotone, supongo que habría otras soluciones para poder prescindir de ellas. Pero no; las orejas se quedan en su sitio y nadie se las extirpa aunque sea más sordo  que una tapia. Esta reflexión, por si sola, pone en tela de juicio toda la supuesta utilidad auditiva de la oreja, claro, se me dirá, que una persona sin orejas nos parecería monstruosa, pero eso sería solo al principio porque después, como queda demostrado, nos acostumbraríamos a tal visión.

En mi caso concreto, mis orejas no son más feas ni más bonitas de lo común. No destacan por arriba ni por abajo. Al menos no recuerdo que nadie las destacara. A mí no me llamaban Dumbo en el colegio ni, por el contrario, jamás alguien me dijo: Qué bonitas orejas tienes. Creo que mis orejas son simplemente anodinas, del montón. Y, menos mal, porque hay algunos que además de tener orejas, ya feas per sé, éstas parecen tener vida propia y tienden a desprenderse de la cara, con lo que la cabeza del infortunado parece un Seat 600 con las puertas abiertas. Lo que les pasa a las mías, por lo demás, como digo, normalitas, es que les han crecido pelos y esto aun lo entiendo menos. No sé por qué los hombres, además de cargar toda la vida con semejantes adminículos, a la vejez se les llenan de pelos, cuando precisamente en la cabeza comienzan a perderlo. Otro misterio.

El caso es que tras hacerme todas estas consideraciones, llámeseme cobarde, no me atreví a practicarme una ablación de mis peludas orejas y opte por la cera, pues iba camino de tenerme que hacer un peinado tipo Anasagasti, con los orejudos capilares.

Recuerdo que cuando era niño, una amiga de mi madre, cada vez que me veía, me plantaba un sonoro beso en la oreja que me dejaba silbando el tímpano como una olla exprés a punto de explotar. Aquella mujer acertaba siempre, indefectiblemente en mi oreja. Realmente aun no sé si, la puntería de la que hacía gala era buena o mala, o simplemente, era mala leche. Claro que es verdad que hay besos en las orejas y besos en las orejas.  Cuando el beso, sin embargo, enmudece y se aterciopela, y cuando a la par arrastra apagados susurros, tenues chasquidos de labios y palabras a medio pronunciar, ella, la fea oreja que, en el espectáculo del beso, tiene butaca de primera fila, es un anfiteatro agradecido como ninguno. Porque la oreja, en aquellos mundos,  sotto voce, no solo siente el beso, sino que lo escucha e inmediatamente responde, entregándose a una danza febril con los átomos sonoros de la lengua. Beso de caramelo, a la vuelta de la esquina del ojo, en aquellos recodos forzosamente ciegos, a la puerta del cerebro pero que eriza la piel de todo el cuerpo. Beso que se siente protagonista y recorre la oreja en forma de viento; beso que tiene vocación de eco.

Acaso, esto sea lo que me reconcilia con la oreja, eso sí, siempre que no tenga pelos.

 

Ley de vida.

2 febrero 2011

Se muere tu padre, o tu madre, tenía más de ochenta años y tú ya eres un hombre hecho y derecho, pero da lo mismo, porque tu dolor y tu sensación de orfandad son iguales que si hubieras sido un niño. Con él o con ella, se va una parte de ti que inmediatamente identificas dolorida. Un pedazo que al punto extrañas y te falta. A su último estertor, te hiciste adulto, de golpe. Ahora, tu viaje vital es tan brumoso como siempre, pero, a tu espalda, todo se difumina, se vuelve incierto, borroso. Parece como si hubieras perdido la referencia, el camino de regreso. Ahora todo es ir hacia delante. Alguien se te acerca, te pone la mano en el hombro y te dice que es ley de vida. Gracias, hay que darle las gracias, pero no te consuela.

 Se casa tu hijo, o tu hija, y se va. Su habitación se queda vacía y, tú, mantienes cerrada la puerta porque, cuando pasas por el pasillo, los juguetes que quedaron allí olvidados, por él o por ella,  te gritan, te preguntan, se preguntan dónde está. La casa es grande y silenciosa; tú, un empequeñecido y ruidoso taconeador de la tarima flotante. Un amigo viene y te da la enhorabuena, cuando le dices que no es tan buena, te dice aquello de que no has perdido una hija o un hijo, sino que has ganado un yerno o una nuera. Una mierda. Al ver que no te consuela, él, el amigo, te planta el recurrente: “Es ley de vida”. Otra mierda.

 Te gustan las mujeres tanto como cuando tenías 20 años. Ahora, has que descartar las que podrían ser tus hijas pero, a cambio, ya ninguna es demasiado mayor para ti. Sales ganando. El campanilleo de una falda conserva todo su poder de convocatoria y tu mirada se va con la que pasa, prendida a su talle. Como siempre. Pero te has convertido en un ojeador furtivo; hay que disimular para que no te llamen viejo verde. Ley de vida.

 Conduces tu coche, haciendo que el pobre y humilde utilitario no sienta complejos, sin molestar nunca al que viene detrás, como has conducido siempre, pero el otro día una vieja de tu quinta en una escúter, se para junto a ti en un semáforo y te dice que ya no tienes edad para ir así.

 Llegas a tu casa y le dices a tu mujer las mismas cosas, tus tonterías, tu humor un tanto especial. Buscas encontrarte, como antes, una sonrisa a porta gayola. Son tus cosas, las cosas de siempre, precisamente aquellas que un día la enamoraron, pero ahora te dice que a ver si maduras de una vez. ¿Ley de vida?

 No quisiera liarme al explicarlo, pero acaso esa ley de vida, es la pescadilla que se muerde la cola, una norma consuetudinaria que está determinada, y que a la vez determina, lo que es propio de los viejos, no por ser viejos, sino por homologarlos con el resto de los viejos, que, a su vez, hacen lo que hacen, en virtud de una dudosa costumbre a la que llamamos ley de vida. Ya me lié, lo sabía, pero espero que se me entienda.

 No, no estoy de acuerdo. Una Ley, por definición, ha de ser imparcial y,  por eso, una ley, la misma ley, cualquier ley, unas veces te puede perjudicar y, otras, te puede beneficiar. Pero no se puede llamar ley a algo que siempre viene a putearte. Porque, vamos a ver, ¿alguna vez se ha considerado que a alguien que le toco la lotería por ley de vida? ¿Habéis oído en alguna ocasión decir que, según la ley de vida, fulano aprobó unas oposiciones a registros, o se compró un flamante Porsche 911? ¿A que no?

 Habremos de concluir entonces que esa supuesta directiva vital podrá ser una maldición, o un mal de ojo, o una jodienda de la vida pero, una ley, desde luego que no. Y si lo es, yo me declaro insumiso.

El Barquero de Cantillana.

23 enero 2011

I

 En las estribaciones de Sierra Morena, donde ya la cordillera comienza a arrodillarse para que pase el Guadalquivir, sestea Castilblanco de los Arroyos. Del pueblo, parte un largo camino sin asfaltar que se interna a duras penas en los montes y va a parar a una ermita dedicada a San Benito, un santo muy venerado en la zona y que, según creo, es patrón de Europa.

 Allí, las faldas de las montañas descansan en hondonadas que, a su vez, ondulan y trepan hasta los escasos llanos. Parece que se movieran al compás de un de mar inquieto. Hasta la más humilde yerba, contribuye a verdear las olas que nunca rompen y, ya a primeras horas de la tarde, se vuelven pardas porque siempre hay un montículo más alto que les da sombra. A pesar de la intensa actividad parsimoniosa de aquel manto, subiendo o bajando, aquello tiene esa atmósfera especial que se siente, o mejor, se presiente en los lugares que se han mantenido intactos a los largo de los siglos. No es que el Tiempo se haya detenido allí, es que simplemente, por allí, no pasa. Y eso se ve en los contraluces, se huele en el aire, se oye en los cien mil ruidos. Se palpa, se nota.

 La pequeña y sobria capilla dedicada al santo, menciona en una lápida las virtudes y el dinero del benefactor que la hizo posible. Al lado, en una estancia, se agolpan muletas, prótesis de todo tipo y, en fin, objetos muy variados,  y, junto a cada uno, una nota en la que se agradece al milagroso San Benito el hecho de no necesitarlos ya. Rincón de la fe, que yo no sé si es la que mueve aquellas montañas, imprimiéndoles su activa quietud, pero, sin llegar a hablar de hechos milagrosos, para lo que sería preceptivo creer en ellos, lo que me ocurrió en aquellos campos, aun hoy, pasado el tiempo, no le encuentro una explicación lógica. Lo que voy a relatar, salvando las dificultades de su narración que a veces me ha parecido un auténtico y nunca mejor dicho parto de los montes, ocurrió más o menos así.

II

Hace algunos años, finales de los noventa, en una visita ocasional a San Benito, del que mi mujer entonces era muy devota,  en un fin de semana de regreso de la playa, y mientras mi familia oía misa en la ermita, yo, que no soy muy aficionado a esas cosas, me dediqué a pasear por los alrededores y, quizá debido a que el olor de la jara me coloca, me enfrasqué, tal vez demasiado, en mis profundas reflexiones: Lo sobrada que va la tórtola en el arte del vuelo. Qué velozmente, con las alas hacia atrás, mirando al tendido y recreándose en la suerte, sortea encinas con espectaculares looping, increíbles zigzag o rasantes imposibles. O, cómo, parece indiscutible, que la lagartija es la dueña absoluta del mundo ignoto de los recovecos campestres. Total, que abstraído en tan interesantes consideraciones y empapándome de aquella orgía animal y vegetal, el tiempo voló y cuando me di cuenta, me había alejado demasiado, y lo que era peor, no sabía en qué dirección lo había hecho. Parecía mentira que en tan poco tiempo hubiera caminado tanto. Miré alrededor y no vi nada que pudiera servirme de referencia para la vuelta. Efectivamente, los arboles no me dejaban ver el bosque; ni el bosque, ni la ermita, ni mi coche que había dejado aparcado a la sombra. Una sensación de intranquilidad desconocida comenzó a apoderarse de mí. Admitámoslo ya: Me había perdido. Me había perdido de la forma más tonta y vergonzosa. Que nadie intente consolarme. Porque, te puedes perder, pongamos por caso, yendo de escalada a los Picos de Europa y que tenga que rescatarte el grupo de montaña de la Guardia Civil, eso, podría ser comprensible, es más, posteriormente, algo así, sería una aventura muy recurrente para relatarla en nuestras tertulias de amigos, pero extraviarse, por llamarlo de forma más suave, como me pasó a mí, vestido de pies a cabeza en el Coronel Tapiocca y en un lugar donde la gente va de romería una vez al año, es algo difícilmente asumible y claramente pernicioso para mi autoestima.

 Caminando en cualquier dirección, en línea recta, me consolé pensando, no podía tardar mucho en encontrar algún vestigio de civilización o, por lo menos, cobertura para el móvil. Claro que en el momento en que comenzara a andar, tenía tres puntas de la Rosa de los Vientos a favor de alejarme aún más de la ermita, contra sólo una de acertar la correcta dirección y acercarme a ella. Era una decisión que tenía que tomar y había que tomarla pronto, porque la tarde iba a empezar a entrar en caída libre, y la noche amenazaba con asomarse en cualquier momento por encima de aquellos cerros.

En estas elucubraciones estaba yo, francamente preocupado, cuando me pareció escuchar a alguien hablar. Puse toda mi atención y, efectivamente, sonaba a lo lejos lo que parecía ser una conversación relajada y amigable, aunque no acertaba a entender de qué se hablaba. Salvo que la persona que fuera, estuviera hablando solo y dado que el teléfono móvil, como dije, no tenía cobertura, allí debería haber más de una persona, deduje. Caminé unos metros hacia dónde me pareció que procedían las voces y, por fin, sentí un tremendo alivio al ver a dos hombres sentados en sendas piedras charlando mientras comían algo tranquilamente. Ahora ya solo tenía que pasar el mal trago de admitir que me había perdido donde no se pierde nadie y pedirles su ayuda. Al detectar mi presencia, ambos me miraron pero solo uno de ellos, con voz ronca de marcado acento andaluz, se dirigió a mí:

 -A las buenas tardes, amigo, ¿Ud. también se ha perdido?

  Me relajé. Aquello me allanaba la explicación que tenía que dar, pero además y sobre todo, me dio a entender que mi caso no era excepcional.

 -Hola, buenas tardes, no…Bueno, no sé, supongo que sabré volver a la ermita. Es que me distraje con el paisaje tan bonito que tienen Uds. aquí….me alejé y… – le di un poco de coba.

 Aquel hombre era fuerte, más bien de baja estatura. No sabría decir su edad, aunque le noté avejentado. Deduje que era el pastor de un rebaño de ovejas que estaba a su espalda, pero la verdad es que fue mera suposición, pues no hizo muestras en ningún momento de que hubiera ninguna relación entre él y los animales.

 -Pues, espere un momento, termino con este amigo y le indico el camino- Me dijo.

 Por un momento me pareció aquello una oficina de información. Yo estaba ya tan reconfortado que, naturalmente, no me importó esperar. He esperado mi turno en ventanillas mucho peores. De nuevo, comencé a disfrutar del paisaje, manteniéndome, por discreción, a una prudencial distancia de la pareja, como sin traspasar una línea imaginaria que hubiera pintada en el suelo, como ocurre en los recibidores de los bancos. Noté, sin embargo, que la conversación de los dos hombres entraba en sus últimos compases.

 Se pusieron en pie, se dieron un apretón de manos y fue entonces cuando me fijé en el otro individuo, cosa que hasta entonces no había hecho. Evidentemente no tenía el aspecto de un lugareño y, al escucharle, me di cuenta de que ni siquiera era español, sino sudamericano; de aspecto distinguido, unos 50 años, vestido de forma clásica y con un sombrero panamá blanco.

 -De acuerdo, Andrés -dijo amigablemente el extranjero al supuesto pastor– Haré todo lo que pueda con lo que me ha contado y gracias por indicarme el camino.- Se despidieron.

 Al pasar junto a mí, cuando se marchaba, aquel hombre me lanzó una mirada de complicidad que yo entonces me creí que se debía al hecho de haberse extraviado y ser tan torpe como yo en las técnicas orientativas. Después, siguió su camino.

III

Andrés, como al parecer se llamaba el pastor, se dispuso a atenderme. Me miró con unos ojos pequeños, vibrantes, hasta los que casi llegaban sus pobladas patillas. Estaba claro que yo, en aquel momento, ya debía tener en la frente un letrero que dijera: «Pardillo«, pero él no le dio más importancia.

 -Volver a la ermita es muy fácil: sólo tiene que seguir esta cerca, siempre dejándola a la izquierda. – Me dijo, señalando una pared hecha con piedras, como de un metro de altura.

 -Ah! …pues…vaya, sí, parece fácil. Creí que nadie más seria tan torpe como yo para extraviarse aquí, sin embargo, parece no soy el primero al que le ocurre… ¿no? – le dije sonriendo y refiriéndome al tipo que acababa de marcharse.

 -Bueno, al final, cada uno llega a dónde tiene que llegar -Sentenció, con voz solemne y parsimoniosa. Entonces supuse que era una frase de la sabiduría autóctona como otra cualquiera.

 -¿Hay hambre?- Me preguntó de sopetón, sin venir a cuento, como queriéndome retener, echándose mano al zurrón que llevaba colgado en bandolera.

 Sin esperar mi respuesta, sacó un gran trozo de queso amarillento, cortó una porción con una enorme navaja y me la ofreció. Lo mismo hizo con el pan. También sacó una botella de vino tinto y la colocó cerca de mí, sobre una piedra. Se sentó de nuevo en la pequeña roca como invitándome a hacer lo mismo.

 Realmente, yo no tenía hambre pero se lo acepté en señal de agradecimiento. Merendamos. El queso tenía un sabor profundo, rancio, muy bueno, y el vino era espeso, con un punto dulzón; tenía muchos grados, pero me apresuraré a decir, por si algún mal pensado pretendiera achacarle a eso la causa de los hechos que les cuento, que no le di tantos tragos como para explicarlos.

 Yo me sentía obligado a mantener algún tipo de conversación, como cuando suben dos extraños a un ascensor, pero aquel individuo era ciertamente un hombre de pocas palabras; a cada momento, yo tenía la sensación de estar invadiendo su intimidad, celosamente guardada. En estas condiciones, el difícil diálogo se desarrolló, más o menos, así:

 -¿Es Ud. de por aquí?- le pregunté

-De Cantillana.

-Eso está más allá de Sevilla, un poco lejos, ¿no? -En aquel momento no tenía yo muy claro dónde estaba Cantillana.

-….

-Entonces vive Ud. aquí cerca, en Castilblanco o en el Pedroso?- Insistí. Me sentía un completo entrometido, pero de algo había que hablar.

-No -contestó seco, pero pensativo.

Le miré detenidamente, esperando una explicación adicional, que tardó unos instantes en llegar. Al fin, dijo:

-Vivo en una cueva, en un monte cercano, ahí al lado. – Lo soltó como si fuera algo natural y se metió un trozo de queso en la boca, dando por terminada la respuesta.

-Ah! ¿En una cueva? ¡Qué original! Pero estará bien acondicionada, ¿no? – le pregunté, lo reconozco.

 Aún hoy no me entiendo. ¿Bien acondicionada, una cueva? Pero ¿cómo pude decir semejante majadería? Sin embargo, el hombre, debió entender mi desubicación y, a pesar de su aspecto, no me clavó la navaja, ni me tiró a la cara el queso, es más, ni siquiera me indicó un camino falso de regreso, en dirección a Burgos, por ejemplo, que es lo que me merecía por dominguero. No. Fue entonces cuando pareció que pretendía sincerarse y darme conversación. Por primera vez, pareció inseguro, titubeó:

 -Tuve problemas en el pueblo, y no podré volver. Además, allí… ya no me queda nada, ni nadie.

 Aquellas palabras, tristes y enigmáticas, no hicieron más que espolear mi natural y creciente curiosidad. Me moría de ganas de seguir preguntando pero algo me dijo que aquella conversación se había terminado y, además, se me estaba haciendo tarde. Me levanté y le tendí la mano.

 -Bueno, amigo, pues muy agradecido y le deseo de corazón que se le arregle todo pronto y pueda volver a su casa. -le dije, junto con otras palabras vacías al uso, deseando largarme y cerrar aquel bochornoso capítulo de mi vida cuanto antes.

 Entonces vino lo mejor. El, me estrechó la mano con firmeza y la retuvo, diciéndome:

 -Señor, quisiera pedirle una cosa, un gran favor: que escriba algo sobre mí que me haga justicia. Yo solo quería ser un hombre sencillo y bueno; continuar con el trabajo de mi padre y ganarme la vida honradamente, pero fui víctima de una enorme injusticia, el mundo se puso contra mí y me lo quitaron todo: mi madre, mi novia, mi casa… y, si he hecho cosas malas, fue siempre para sobrevivir o por defenderme…

 Su estado de ánimo, noté, había ido cayendo en picado durante la conversación. Le vi tan triste que me olvidé de todo lo demás y me quedé parado, observándole, invitándole a proseguir y  ampliar su alegato. Hizo una pausa como para reponerse, respiró profundamente, y siguió:

 -Había gente interesada en que yo abandonara el pueblo. Mi madre enfermó y tuvimos que vender mi casa para pagar a los médicos. Solo me quedaba la mujer que siempre estuvo a mi lado a pesar de todo. Pero también la quería el hombre más rico de los alrededores, el mismo que había utilizado su dinero para dejarme sin trabajo y sin nada, y, al no poder conseguirla por otros medios,… -tragó saliva- la ultrajó. Una vez más, la Justicia me dio la espalda y tuve que tomarla por mi mano. Maté a aquel hijo de puta en un enfrentamiento justo. Todo estaba perdido ya para mí.

 -Me llamo Andrés López. -siguió tras tomar aire- Si quiere saber más sobre mí, pregunte por el Barquero de Cantillana. Ud. ya tendrá medios para averiguar todo lo que necesite. ¿Me promete que lo hará?

 No pude negarme. Es más, no habría podido negarle nada. Como es fácil suponer, en ese momento, yo estaba absolutamente desbordado. Aquel tipo me acababa de soltar una historia con muchas lagunas y que dejaba cantidad de preguntas en el aire, pero en medio de ningún lugar, perdido en aquellos montes, con un tipo aparentemente desesperado, al parecer, buscado por la Justicia, o, en el mejor de los casos, simplemente loco; con un aspecto que no desentonaría en un cuadro de Murillo y poseedor de la enorme navaja con la que le vi cortar el queso, la verdad, era una situación en la que no me culpo por sentirme algo inseguro.

 Sin embargo, la pena y la desdicha que dejaban entrever sus palabras, inspiraban algo de tranquilidad. Mantuve la compostura como pude, quizá me ayudó el que mi mente se centrara en algo que me había dicho, que me tenía especialmente desconcertado y sobre lo que no me atreví a insistir. Me había pedido que escribiera algo sobre él y, si tenemos en cuenta que yo, en aquellos años, a excepción de algunas Cartas al Director del Diario Hoy, no había escrito nada y que, al no utilizar aún Internet, ni siquiera me atrevía a juntar letras en un blog, podemos imaginar mi perplejidad porque alguien me pidiera escribir algo sobre cualquier cosa. Pero no parecía buena idea alargar la conversación, prefería irme aun con todas las dudas.

 Me despedí; aquella mano fuerte, dura como empedrada, liberó la mía y puse rumbo a la ermita, en la dirección que me había indicado. Es verdad que cuando hube recorrido unos 40 metros, se me ocurrió que podía preguntarle un número de teléfono o alguna dirección por si precisaba contactarle posteriormente, pero me volví y ya no estaba. Afortunadamente, la cerca aun seguía allí y, tal como me indicó Andrés, me llevó de vuelta sin más problemas.

IV

El lunes siguiente, ya en Badajoz, decidí ponerme manos a la obra y empezar a ver la manera de cumplir la promesa hecha a aquel hombre. Yo no podía ni imaginar que si, hasta entonces, los acontecimientos habían sido un tanto extraños, a partir de aquel momento comenzaba para mí la parte más sorprendente e inesperada de toda esta historia. Lo primero que necesitaba era documentarme sobre él. Hoy, habría acudido a la Red, pero como ya dije, de esto, hace algunos años y entonces yo no la manejaba, así que llamé por teléfono al Ayuntamiento de Cantillana, pregunté por el Secretario y me presenté educadamente:

 -Mire, le llamo porque me gustaría que me diera algunos datos sobre un vecino de ese pueblo que es conocido como el Barquero de Cantillana…

 -Andrés López. -Me cortó. Con su afirmación tajante y segura me sentí contento por ir bien encaminado en mis primeras averiguaciones.

 -Exacto. Verá, es que estuve ayer con él en Castilblanco y me dijo que….

-¿Cómo dice? -Me interrumpió sin contemplaciones y noté como su tono educado había cambiado- ¿Que estuvo ayer con él? ¿Con el Bandolero?.. ¡Ja, ja, ja…No me diga! ¿Y no estaba el Algarrobo?… ¿Quién coño eres, cachondo?

 -¿El Algarrobo? –pregunté cortado y balbuceante- No. Con él solamente estaba un señor sudamericano, con un sombrero blanco, que no sé quién era….Pero, ¿cómo dice?…  ¿Andrés López es un bandolero?

 -¡Claro, hombre. Curro Jiménez! – Me soltó entre carcajadas.

 Sin duda, lo primero que pensé, había sido víctima de una broma y estaba haciendo el ridículo. Le di algunos detalles más de mi encuentro en el monte para lograr que me creyera, pero fue inútil. Enmudecí. Necesitaba pensar. El Secretario lo notó, creo, pero no le di tiempo a consolarme.

 -Vaya. Ud. perdone…Parece ser que me han tomado el pelo- me disculpé y me despedí apresuradamente.

 Ni que decir tiene que durante muchos días la meditación sobre este asunto ocupaba mi tiempo y mi cabeza. Lo mascaba, lo componía, lo descomponía y lo volvía a recomponer. Lo escribí para mí. Tomé unas notas, siquiera sobre mi dialogo con Andrés para, que con el paso del tiempo, el olvido no le diera mas mordiscos. Siempre fui un tipo imaginativo, pero ciertamente aquello era demasiado y llegó a preocuparme, incluso consideré la posibilidad de visitar a un especialista en alucinaciones.

 Al cabo de algún tiempo, un mes, tal vez dos, decidí que de todas las opciones posibles, la que no estaba dispuesto a aceptar, era la dejar así las cosas. Lo cierto es que para aquel momento, los acontecimientos que viví en Sierra Morena y posteriores, se habían convertido en una autentica obsesión. No es que estuviera todo el día abstraído en mis pensamiento, ni encerrado en mí mismo, con la boca abierta como bobo, pero llevaba camino de ello; me daba cuenta de que a veces, me ausentaba mentalmente de cualquier conversación o acto, perdiendo la noción del tiempo y, al volver, me encontraba extraño, como recién llegado de no se sabe qué latitudes.

 Así que me armé de valor y volví a telefonear al Ayuntamiento de Cantillana. No quería provocar las iras del Secretario que me tomara por un bromista recalcitrante o, lo que es peor, por un pirado. Me hice mil composiciones de la posible conversación que me esperaba y ensayé cada una de mis respuestas a todas las opciones posibles. Todas, menos la que finalmente se produjo. Esa, era la única que no me esperaba.

 Me presenté de nuevo. Quise recordarle nuestra primera conversación pero no hizo falta, él la tenía muy presente:

 -Sí, le recuerdo perfectamente -me dijo- y me alegro mucho de que me haya vuelto a llamar, de haberme dejado su teléfono, le hubiera llamado yo. Mire, en primer lugar, quisiera pedirle disculpas por lo del otro día, al principio pensé que me estaban gastando una broma, pero después… Bueno, ¿Usted vive en Badajoz, me dijo, verdad? …No está muy lejos…¿Por qué no se viene por aquí un día? …Le invito a comer y charlamos tranquilamente de todo esto. No tengo las cosas muy claras pero tengo unas informaciones que a lo mejor le interesan. Comprendo su intranquilidad y me gustaría comentarle la historia completa, con los nuevos datos que tengo…

 Naturalmente acepté y un par de días después estaba yo en Cantillana, sentado en un restaurante junto al Secretario, un hombre joven, de unos 30 años, al que conté, esta vez con todo lujo de detalles, lo ocurrido en la ermita de San Benito. Él, escuchaba con mucha atención mientras daba buena cuenta de un magnifico chuletón de ternera. Cuando terminé mi exposición, ante la que en ningún momento se mostró incrédulo, en un tono solemne, a veces un poco melodramático, me dijo:

 -Bueno, verá. Como ya le indiqué, Andrés López fue un bandolero del siglo XIX. Había nacido en este pueblo, de él se sabe poco y, en lo poco que se sabe, andan entremezcladas la historia con la leyenda. Parece ser que su padre tenía una concesión del Ayuntamiento, aquí en Cantillana, para explotar el negocio de trasladar en una barcaza a la gente de una orilla a otra del rio y, también se dice, que a Andrés le negaron las autoridades la subrogación del contrato para continuar con la actividad de su padre. La causa, según se cuenta, fueron las presiones de un influyente terrateniente, enamorado de la novia del muchacho y enfermo de celos. Finalmente, la disputa fue inevitable y Andrés mató de un navajazo al rico propietario. A partir de ahí, huye al monte, reúne a una banda y comienza su historia como forajido. Se dice que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, que era generoso y caritativo, pero también, algunas versiones, hablan de que era sanguinario y cruel. Probablemente, como suele ocurrir en estos casos, no sería tan bueno ni tan malo, como se cuenta.

 -Esta historia, verdad o mentira, buena o mala, -continuó- es conocida por mucha gente, así que cuando Ud. me llamó el otro día y me contó su encuentro con el barquero, primero pensé, como le dije, que era una broma que me estaban gastando, pero, después, al verle tan sorprendido y que me causó Ud. la impresión de ser una persona sería, creí que algún bromista, conocedor de la historia, había querido reírse un rato a su costa.

 El Secretario parecía tener ya su veredicto pero, pensé que aquella conclusión tan elemental, me la podía haber dicho por teléfono y ahorrarme el viaje. Sin embargo, lo más asombroso estaba a punto de llegar. El joven funcionario, cuyo nombre no recuerdo, prosiguió.

 – Sin embargo, tras su llamada, comenté el caso entre los compañeros de trabajo. Lo conté como una anécdota curiosa de la mañana, pero cuál fue mi sorpresa fue cuando alguien dijo que recordaba vagamente un caso muy similar ocurrido hacía unos años: Un hombre que se personó en el Ayuntamiento y dijo haber tenido un encuentro con el Barquero y también por aquella zona. Ante la falta de datos y con gran curiosidad por la coincidencia, llamamos a un funcionario jubilado por si el recordaba mejor el hecho. Efectivamente, nos dijo que en una ocasión un señor se presentó recabando información sobre Andrés el Bandolero y contó un encuentro muy similar al que Ud. ha tenido que, naturalmente, en aquel momento, nadie creyó…

 -¿Quiere decir que el supuesto bromista lleva años haciendo lo mismo?- le interrumpí; no pude evitarlo.

 -No. -contestó tajante- Espere porque hay más.

 – Parece ser -continuó- que la persona que nos visitó, era un escritor afamado y quería documentarse, con la intención de escribir el guion de una película, cuyo protagonista sería Andrés, El Barquero, contando sus correrías en Sierra Morena. Años después, todos vimos en televisión la serie Curro Jiménez, basada en él, aunque con una visión excesivamente romántica, algunos fallos históricos e idealizaciones. La serie se hizo muy popular y todos aquí pensamos que se trataba de la obra del escritor que nos visitó. Hasta hoy, todo aquello, no pasaba de ser una anécdota más del pueblo.

 Yo seguía su relato expectante, sin perder ni una coma, pero no podía evitar impacientarme esperando un desenlace que no llegaba nunca y lo peor es que empezaba a dudar de si había realmente un desenlace que hiciera encajar las piezas de aquel rompecabezas.

 Los cafés se habían agotado y, al parecer, el hilo del relato, también, así que decidí provocar el final de aquella comida.

 – Bien. -le dije, pensando que no había nada más- Eso me consuela pues, si hay un precedente de la, llamémosle, broma, al menos me creerá, creerá mi historia ¿no?

 – Amigo mío -me dijo- le he creído siempre, porque, sin saberlo, sabe Ud. cosas que sólo siendo verdad lo que cuenta, podría saber. Pero ahora voy a contarle algo que Ud. no sabe y me gustaría que fuera el final de la historia que anda buscando, pero me temo que solo será de principio de otras largas meditaciones.

 -Mire. Yo supongo que Ud. no conoce personalmente al autor de Curro Jiménez ¿Verdad? -era una pregunta retórica y siguió- El autor fue un escritor uruguayo que en aquella época se encontraba exiliado en España. Según creemos es el mismo que vino aquí a informarse y dijo haberse topado con Andrés López. Tenía aspecto distinguido, culto, y llevaba un sombrero blanco.  Aquello ocurrió a principios de los años 70 y esto, Ud., hasta hoy, no lo sabía, no podía saberlo, hasta que yo se lo he contado, sin embargo, su descripción coincide exactamente con la del hombre que Ud. vio junto a Andrés López hace un par de meses….

 – Espere, espere -recobré todo el interés y le corté- Admitamos que el hombre que estuvo aquí, era el autor de Curro Jiménez y que es, además, el mismo que yo vi. Supongamos incluso también que escribió la serie televisiva para cumplir una promesa similar a la que yo también hice, pero… ¿Cómo es posible que el mismo encuentro que tuvimos simultáneamente, para él ocurriera 30 años antes?…

 – Exacto. Eso es lo que no sé explicar -sentenció.

 Quedé perplejo. Tenía la esperanza de que el Secretario que aparentemente había madurado tanto aquella entrevista y su exposición, me diera finalmente una resolución. Con ese propósito le pregunté:

 -Bien, en definitiva, ¿Quien cree Ud. que era el tipo con el que hablé en el monte y que dijo ser el Barquero de Cantillana?

 -Sinceramente, amigo mío, no lo sé- Me contestó.

 Allí acabó mi visita a Cantillana. Supongo que me despedí del Secretario y que conduje mas de 200 km. de regreso a mi casa, pero de esos extremos no recuerdo nada, mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo lo que acababa de escuchar.

V

 Han pasado más de 10 años de todo aquello. He tenido tiempo de documentarme sobre el autor de Curro Jiménez, ahora sé, además, que se llama Antonio Larreta y que actualmente tiene cerca de 90 años. He visto fotografías suyas y, si alguien me preguntara, solo puedo decir que se parece bastante al hombre que yo vi en San Benito, eso sí, aquel que merendaba con el pastor, era mucho más joven de lo que naturalmente tendría que ser. Incluso, en alguna ocasión, estuve tentado de ponerme en contacto con él, pero no lo hice. La verdad, es que estoy cansado de aparecer como un lunático y, algunas veces, parecérmelo a mí mismo.

 Por otra parte, también me informé de todo lo que cayó en mis manos en torno a Andrés López, el barquero de Cantillana. Como me dijo alguien una vez, yo tengo ya los medios para hacerlo, Internet ha sido de gran ayuda. Hay poco escrito sobre él y, efectivamente, aún menos, que haya sido corroborado históricamente.

 Pero sobre todo, he dedicado este tiempo a decidir si finalmente sacaba a la luz esta historia. Y, si lo hago una vez más, por última vez, es porque hay que cumplir las promesas, y yo hice una, aunque no sé a quién. Si era un bromista con una esmerada puesta en escena, o un loco bien informado o si, tal vez, era un fantasma o un alma en pena (lo que supondría  asumir que el loco soy yo) es algo que aun a estas alturas se me escapa. No sé quien era aquel hombre que dijo llamarse Andrés López, pero da igual, acaso no sea eso lo importante. Yo hice una promesa y es lo que tienen las promesas, que, al final, siempre se hacen a sí mismo y uno se convierte en el principal encargado de vigilar su cumplimiento. Esa quizá sea la lectura final, la razón y el objetivo; lo que únicamente importa.

  La historia que acabo de contar o, más bien, confesar, es lo máximo que se me ocurre hacer para pagar mi deuda. Probablemente no tenga ni la importancia ni la repercusión de la serie Curro Jiménez, aunque eso nunca se sabe. Poco puedo quitar o poner a las aventuras y desventuras que se cuentan del bandolero Andrés López, el Barquero de Cantillana, si acaso, añadir, como ya he hecho, todo aquello que me dijo. Decir, además, que me dio queso y vino; que me indicó el camino de vuelta a casa cuando estuve perdido y, sobre todo, que a mí me pareció un hombre bueno.

¿Será verdad que los caminos son inescrutables, sobre todo para el que los camina? o, ¿acaso la libertad de elegir una dirección u otra es únicamente un espejismo; que no hay rumbos, sino rutas; que no existen las encrucijadas porque realmente son laberintos con una sola salida posible? ¿Será cierto, en fin, que uno siempre llega a dónde tiene que llegar?

Feliz navidad, no obstante.

18 diciembre 2010

 

Ahora que has vuelto de nuevo, navidad, voy a decirte algo que desde hace tiempo me callo. Y me callaba más que nada por mis hijos; pero ahora son ya mayores, tienen suficiente edad para oírlo todo y, yo, más que suficiente, para decirlo. Así, entre tú y yo.

Ya estás aquí con toda la alharaca que te caracteriza. Un brochazo de gris al cielo, unas bombillas de balcón a balcón, y una calle que canta villancicos en playback. Y ya está. Alehop! El boj del escaparate de la tienda de barrio, que en primavera fue naranjo perfumado de azahar y, el resto del año, adorna la humilde puerta, hoy, con unas bolas de colores, se ha despertado pino de Laponia. Eso se cree él. Eso quiere que creamos. La televisión golpea con sus programas rodados y enlatados en Agosto. Confeti y matasuegras. Que juerga! Es tiempo de ser bueno y feliz. Que lo dice el calendario. Típico cuento de navidad. Los anuncios, a lo suyo, convirtiendo las ilusiones en necesidades con cargo a la Visa. Un gordo vestido de rojo, con pinta de borrachín y con sus armas de destrucción masiva de la inocencia. Un abeto ecológico, es decir también de mentira, eso sí, al lado de la ventana, que el espíritu navideño, como la felicidad, cunde más si los demás lo ven. A partir de una tercera planta, Paz en las Alturas y, a ras de Tierra, paz a los hombres. A los hombres que ama el señor.

En fin, ya estás aquí, navidad, con tu típico decorado barato de teatro ambulante, en el que el mismo balcón sirve para que Romeo encele a la joven Julieta, o para que el crápula Tenorio, tras llamar al cielo que no le oye, salte al Guadalquivir. Es el mismo balcón y las mismas manchas que le manchan. Hoy son de la sangre de Mercutio, mañana de la del Comendador. Función continua.

Mentiras, todo mentiras. Te repites cada año, con poca imaginación y perdiendo el compás como los músicos viejos. Al menos, te podías esforzar un poco más para consumar el engaño. Crees que soy idiota. Pero no. Tú no eres La Navidad. A mí no puedes engañarme porque, hace tiempo, yo conocí la Navidad. La del brasero de picón oliendo a romero,  y la camiseta de invierno a su vera, cogiendo aroma, secándose. La del Nacimiento de eterno cielo azul por metros, pegado a la pared. Azul, de la librería Zapata. Ríos de espejo, muñequitos de barro, dunas de serrín. Rocas de moco de fragua. A Belén, pastores. Mi madre, de rodillas, junto a una bañera de hierro con patas de león. Mares tibios. El Amor en remojo, como el pan para las migas. El niño, limpito y oliendo a jabón. Mientras, en la gran radio Marconi que solo entendía mi padre, se escuchaba la música de El Tercer Hombre. Mi madre. Mi padre. Entonces estábamos todos. ¿Cómo vas a ser la misma, si perdí todas las estrellas que recortamos en la plata del chocolate?

En el enorme patio donde ya había enmustecido la parra, la Navidad, aquella de la que hablo, no es que fuera blanca, porque, la verdad, nunca fuimos de mucho nevar, pero para blanca y helada ya tenía la mano de Mari Carmen. A las 6, en el mármol del zaguán, pálido y frio, también. El vaho amortiguando las miradas. Los ojos se estrellan en los labios, y rebotan, y caen al regazo. Serán besos mañana. Niños. Que el umbral de esta puerta, solo Dios lo traspasa. Dijo el poeta. El patio. La densa pradera tenía un dueño absoluto: Un vaquero en un caballo blanco y negro, persiguiendo a un pavo al que teníamos prohibido tomarle cariño. Después, se iba el pavo y venían los Reyes. Ah! Los Reyes. Aquellos sí eran Magos de verdad. Fíjate si eran Magos que, a mi casa venían Tres, y, cuando llegaban, éramos Cuatro. Abracadabra! Conmigo siempre se portaron muy bien, aunque nunca entendí por qué no eran igualmente generosos con los niños pobres, si ellos se lo merecían tanto como yo y, total, solo tenían que hacer un poco más de magia. Pero yo estaba muy ocupado con mis juguetes como para preocuparme por aquello. Venían por los arenales casi con dedicación exclusiva a mí, porque nací tarde y muy alejado de la primogenitura. Mis hermanos eran algo mayores para hacerme la competencia. Mis hermanos. Crecieron muy pronto y yo, como en las películas, era un vaquero un poco solitario. Sin embargo, por aquel entonces, existían los amigos de la calle, de tu propia calle y, dentro de ellos, algunos, eran amigos cómplices. Felipe. Entonces estábamos todos, repito. ¿Te das cuenta de que no puedes ser la misma?

Habría que pedirte las hojas de reclamación porque, jodida navidad, eres un fraude, una impostora, un maldito engañabobos. Eres como el viento que apaga los pequeños caprichos y aviva las grandes ausencias. Con una mano repartes ilusión infantil y, con la otra, te llevas firmado de los críos un pagaré a fecha cierta e ineludible. El tiempo pasa. Entonces se satisfacen las deudas y a mí ahora me toca pasar por caja. A tu salud, cowboy.

No insistas, navidad. Pueden los grandes almacenes pintarrajear sus fachadas con cara de furcia; puede el Comercio proxeneta ponerte al punto como una vulgar ramera para que nosotros podamos echar a volar la fantasía, que yo casi que prefiero un acto solitario, la zambomba de toda la vida, de barro y pellica de conejo, que con la de plástico de los chinos, se seca el cerebro. Puedes, en fin, venir todos los años pero nunca volverás a ser mi Navidad. Que la mía se quedó atrás, se desvió en cualquier cruce del camino, en un caballo blanco y negro, a la grupa de un niño vestido de vaquero.

 

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