Don Eduardo Barajas o la ironía francesa.

3 diciembre 2011

 

-¡Le he visto con una mujer que se estaba desnudando!

-No. Esa mujer es su esposa, que se estaba vistiendo…..

Eduardo Barajas

 

A lo largo de estos años he aprendido muchas cosas, claro, como no podía ser de otra forma, simplemente, he tenido tiempo para aprender. Algunas cosas me las enseñaron las buenas personas pero, otras, también las aprendí, de la mala gente; queriendo ellos enseñarme, o sin querer, que de todo hubo. Otros, a sabiendas, me formaron y me educaron; esos fueron los mejores.

Don Eduardo Barajas, fue mi profesor de francés en COU, a él le debo todo el francés que sé y también todo el que he olvidado que, en realidad y por desgracia, es mucho más. Nos hacía leer a Malraux y a Ionesco en su propia lengua, ya ven por dónde van los tiros. Leíamos, conversábamos y, entre eso y las canciones en francés que yo escuchaba continuamente, hubo un momento en que, a ratos, llegué incluso a pensar en francés. Aprendí mucho aquella lengua y, sin embargo, ahora me doy cuenta de que fue lo que menos aprendí aquel curso.

Porque, Don Eduardo, con demasiados argumentos frente a la sinrazón, además, atesoraba la fuente de la que mana la Ironía y, con ella, burlaba todos los corsés; y, de ella, bebíamos todos en aquellos tiempos de sequía. Los mil gestos y gesticulaciones, la boca que oportunamente sonríe o hace una mueca, o los ojos que, unas veces, dirigen y, otras, redirigen, son capaces juntos de cambiar el sentido de lo que sale de la garganta; el arte de tocarle el clítoris a las palabras, ponerlas cachondas, hacerlas tuyas para que digan lo que no dicen. Porque a veces, cuando alguien se empeña en hacernos callar, hay que gritar el silencio; decir grandes verdades con medias palabras, sacar a pasear los circunloquios y llevar a los carnavales los vocablos proscritos. Porque en ocasiones, las palabras de los hombres buenos son las enemigas a batir, hijas bastardas de la verdad que no interesa que se diga, pero los hombres buenos nunca deben callarse.

Todo ese mundo para iniciados era el que dominaba como nadie Eduardo Barajas, funámbulo en un alambre de espino, un hombre amordazado, como todos entonces, y con la obligación de formar a los nuevos muchachos que empezaban a llegar con la cara llena de un incipiente acné de libertad; y tenía que hacerlo así, a golpe de contrasentido, con palabras escurridizas al desove. Y así lo hizo. En eso, y en la lengua de Víctor Hugo, fue un gran maestro.

Aprendí, como digo, mucho francés aquel curso, pero, curiosamente, nunca me sirvió para aprobar su asignatura, ni falta que hizo, porque, finalmente, 1.975, resultó ser un año jubiloso y, para celebrarlo, Don Eduardo dio aprobado general.

De mis frases anónimas

3 diciembre 2011

El camino correcto a seguir viene, junto con los equivocados, en una cinta de correr, mecánica e inexorable; si no lo tomas, él te toma. Cualquiera de ellos.

Cuando la Parca llame a mi puerta…

23 noviembre 2011

Cuando la Parca llame a mi puerta con la intención firme de que deje mi casa y la acompañe, supongo que tendré miedo como el que más. Y es que esa puerta que te muestra, solo abre en un sentido; es como la de los portales de los edificios señoriales y, lo peor, es que al otro lado está lo Desconocido; todo negro y, una vez que la traspasas, no hay vuelta atrás. Ahora es fácil hablar de eso, pero, cuando la Dama Negra se encoñe conmigo, me muestre la salida y me diga: “Después de ti”, es un pensamiento que acojona, ¡joder, que si acojona! Pero a mi edad, viejo, y sin embargo aún joven para según qué cosas, por ejemplo para ésta, me planteo cómo me gustaría que fuera ese momento final, porque aun con la inquietud y zozobra propias de la ocasión, no quisiera perder los papeles y comportarme como un moribundo al uso y, además de estar cagado, cagarla; en una palabra, me gustaría tener la sangre fría, antes de que se me enfríe del todo, para seguir siendo yo.

Esta Señora, a cuyos brazos nadie renuncia, debe ser ciertamente la hostia. Sus huesudas y gélidas manos ponen punto final al Tiempo y, por sus caricias, se da la vida. Sus labios, ay, que tendrán sus labios, que te dedicas a besarla y ya no puedes parar, sigues beso a beso durante toda la Eternidad. Así que yo, que me conozco, con el último aliento, le tiraré los tejos, claro que sí, total ¿qué puedo perder ya? Después que haga conmigo lo que quiera. ¡Qué remedio! Al fin y al cabo, es mujer y alguna buena idea se le ocurrirá.

Me gustaría también que me conceda el tiempo suficiente para mirar atrás; se lo pediré engatusándola con la mejor de mis sonrisas humanas; después de todo, a Ella la deben de poner los mortales porque, si bien es verdad que nosotros vamos hacia Ella durante toda la vida, no es menos cierto que Ella tampoco falta nunca a la cita, por algo será. Y es que quiero, allá en el quicio de la puerta, hacer un balance somero de lo que hice y de lo que quedé pendiente aquí. Recordar a mis amigos para, en un último vistazo, llevarme el recuerdo de sus caras sintiendo sinceramente mi partida. Meteré también en la mochila tres canciones, dos de ellas en francés, para el camino. Será difícil elegir sólo tres con las prisas, pero en esa clarividencia que dicen que se tiene en esa situación, espero elegir las tres mejores. Sereno, apacible y con todas hipotecas pagadas, las bancarias y las otras. Que no se diga. Recién duchado y, el ánimo, como si fuera de cañas e invitado. Y, mis hijos, colocados y muy mayores ya, espero. Así quiero irme, en definitiva, tranquilo.

Aunque, en ese punto, prácticamente estaré ya en los brazos de Otra, quiero también (esto es muy importante) detenerme un segundo y recordar, una por una, a todas mis mujeres. (No creo que se niegue a concedérmelo, teniendo en cuenta que después ya estaré con Ella hasta el final de los Tiempos). Se lo debo a las que deje aquí. Por todo lo que las quise (y las quiero), y por todo lo que ellas pudieron quererme. Al haber: lo que les entregué; al debe: lo que me dieron. Quiero, en ese último acto, amarlas a todas otra vez, por última vez, aunque sea con el pensamiento y, así, saldar nuestras cuentas definitivamente. Marcaron mi vida todas y cada una; fueron lo mejor de mis días y de mis noches, allá cuando fuimos cuerpo y alma, alma y cuerpo. Intercambiados; alternativamente ellas, cada una; alternativamente, yo.

Quiero, por fin, en ese momento que en la mente se me hayan agolpado en tropel sus perfumes, sus sonrisas y sus suspiros; que sienta el calor de sus pieles al unísono rodeándome  y que, en mis oídos, suene por última vez el eco de aquellas palabras de amor tan queridas, quiero, digo,  en ese postrero instante, correrme vivo, porque aún no sé cómo será la corrida de un muerto, prefiero las tradicionales de toda la vida.

Dicen que los ajusticiados, en la horca o en la silla eléctrica, en el momento supremo, eyaculan. No sé, pero eyacular por eyacular, por la mera relajación de los esfínteres, viene a ser algo así como una cagada o una meada sin interés alguno, pura ordinariez; se puede eyacular por diversas razones, por placer, es lo más normal, pero también incluso, por miedo. Por eso yo no me conformo con eyacular. Quiero, insisto, correrme, aun en plena vida, y dejar para la posteridad el legado de una enorme mancha en mi mortaja como constancia de que pasé por el mundo.

Esto es lo que quiero para aquel momento; aunque sin prisas. Lo demás, me da igual.

De mis frases anónimas.

23 noviembre 2011

Uno anda siempre enamorado; de la mujer que está amando, o de la que se fue para quedarse, o de la que habita el sueño y que, en el sueño, ama. Porque el Amor, ciertamente, es eterno. Son los amores los que llevan fecha de caducidad.

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