Yo lo hago, yo lo deshago.

Recuerdo cuando jugábamos de pequeños y habíamos construido algo, yo qué sé, por ejemplo, una máquina de Lego o un Exín castillo o, simplemente, un castillo de arena o de naipes, y una vez aburridos ya del juego, nos dábamos un último momento de satisfacción. Decíamos: “Yo lo hago, yo lo deshago”….o también ”Yo que lo he hecho, yo que me aprovecho”,  mientras que lo desbaratábamos todo, con cara de perverso goce e incluso de cierto vicio.

Teníamos un indudable gusto por edificar pero también, a la vez, un menos comprensible deleite por el derribo. Se podría pensar que todo aquello que cuento se trataba de una niñería si no fuera porque esa inclinación a erigir y, a continuación, demoler lo levantado, es el antecedente de un preocupante síndrome que se mantiene en la madurez.

Vamos a la actualidad. Estamos viendo estos días como los mismos politiquillos y enredadores  (me niego a llamarles empresarios) que perdían el culo por salir en la foto con Urdangarin y se castigaban los lumbares con reverencias ante el antiguo jugador de balonmano y después cuñado del rey, y que consiguió pingües beneficios gracias precisamente a la pleitesía de todos estos palmeros, hoy que ha caído en desgracia, son los primeros en atacarle y negar su relación con él. Vade retro Satanás.

Ese regusto por crear y levantar ídolos para después defenestrarlos, es algo que se entiende aún mucho peor en la gente de a pie. Esa persona que surge de entre la multitud vociferante para propinarle un tirón del moño a la Pantoja a su entrada en los juzgados, es para mí tan incompresible como aquella que la espera a la salida de la cárcel para aplaudirle.

El papel vital de ese mequetrefe que da un paso al frente de la muchedumbre, unas veces para linchar y otras para hacer la ola a quién ni le va ni le viene, me resulta tan sorprendente que trato de imaginarlo dentro de la vida cotidiana del sujeto.

  • Mamá ¿A dónde vas?
  • Primero voy a la pelu y, después, a INCREPAR a la Pantoja. ¡Pues no soy yo nadie!…

Un papelón, vaya.

Debe ser que hay algunos Don Nadie que tienen una necesidad imperiosa por salir en pantalla, como extras o figurantes de una vergonzosa escena ya sea de escarnio público del personaje caído en desgracia o, por contra, de incondicional seguidor o acérrimo fans, si es que el ídolo sigue en la cresta de la ola.

Da igual, el caso es mantenerse dentro del encuadre. Esa gente anónima conforma también lo que llamamos “El Pueblo” y el pueblo siempre tuvo muy buena prensa. Por inculto que sea, el infalible pueblo todopoderoso, lo mismo envía al Chiquilicuatre a Eurovisión, que determina sus famosetes y princesas (del pueblo, claro) e, incluso, elije al Presidente del Gobierno. Después, ese mismo pueblo, si le vaga, con el mismo ímpetu, los derriba de los pedestales que el mismo le levantó, los vilipendia y los convierte en patos del pim-pam-pum. Yo lo hago; yo lo deshago, dice la inapelable voz popular.

Es la gente con ansias de protagonismo la que convierte al pueblo llano en populacho.

Extractos de otras Publicaciones:

…el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes. Continuar leyendo...

Hay días que entiendes perfectamente por qué Peter Pan no quería crecer.

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

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