La violencia de género (del género astifino)

Algunas personas son como los perros falderos: dóciles y conformistas en casa y, cuando salen a la calle, se cagan.

Aquel mediodía andaba yo, ciertamente entretenido, ensortijando los aros que dejaba mi vaso sobre la barra, cuando me vi fagocitado por la conversación que se había iniciado entre la dueña del bar y una clienta. Ya saben, uno de esos dimes y diretes, algunos incluso interesantes, que surgen a tu alrededor y que los promotores te dan vela en el entierro por el sano y mero hecho de internacionalizar su debate.

Una señora muy mayor, de estas que acuden al bar de la esquina para llevarse en una cacerolita la comida diaria, en ese particular catering del jubilado solitario, bien porque no da para más su pensión o bien porque su cadera no soporta toda una mañana en la cocina, comentaba, con asombroso desparpajo y desmedida imprudencia, que su marido se encontraba postrado en una cama y, decrépito, apenas si podía moverse. Sin embargo, en otro tiempo su hombre “había sido muy bravo”, y como constancia y resultado de ello, esta pobre mujer, durante toda su vida, había recibido –decía, sin reparos- las palizas del aquel sujeto, incluso hoy, -continuaba- mientras lo estaba alimentando, él, que ya de pura vejez no podía ni hablar, la miraba y trazaba a duras penas con su dedo índice, una tangente a su cuello, en actitud amenazante. Te voy a cortar el pescuezo, le quería decir aquella bazofia agonizante.

Los conceptos derivados de cuernos que me vinieron a la mente no tenían nada que ver con la bravura, ni con la braveza. Eran otra cosa. Aquella imagen sobrevenida: la caricatura de un individuo en las últimas, mudo y babeante, apagándose, que aún se permitía hacer gala de sus prostáticos atributos, eso sí, sólo ante su víctima de toda la vida, me revolvió. No experimenté ningún sentimiento caritativo, mea culpa. Aparté con pena el platito de mollejas que Pepe me había puesto para acompañar la cerveza. Perdí el apetito. Sólo encontré consuelo al pensar que al bravo caballerete le quedaba un telediario y que ya le estaban esperando impacientes en el patio de caballos, bufando y taconeando, un vigoroso tiro de mulillas porque el tercio casi había terminado para él. Con lo “comprensible” que sería que esta mujer, cuyo marido estaba totalmente supeditado a sus cuidados, un día se confundiera en la dosis de la medicación y “adiós al problema“. Si yo fuera juez, en tal caso, me inventaría la figura jurídica de la “eutanasia en defensa propia” y, a continuación, la admitiría como eximente. No sé a dónde nos llevan a todos al terminar la faena, mientras los areneros borran nuestras huellas del albero, espero que a ese morlaco y a mí no nos pongan juntos en el más allá, porque entonces se iba a armar la marimorena.

Pero lo que más me desconcertó de mí mismo es que tampoco me apiadé de la señora. Aquella sórdida historia tenía un componente inquietante: era cómo si la víctima hubiera asumido toda su situación como algo normal, cotidiano, vitalicio, extrapolable. Efectivamente, aunque yo no había dicho nada, mi descolocación y mi cara de asombro no debieron pasar desapercibidas para ella, acostumbrada quizá a recibir palabras piadosas de consuelo y comprensión, entonces ella enseñó los dientes y contraatacó: Es que antes, las cosas –dijo airada como autojustificándose- eran de otra forma, tú también lo habrás visto en tu casa…

Pues no, señora, absolutamente, no. Yo nunca (jamás) vi algo semejante en mi casa y, además, creo y quiero creer en la excepcionalidad de los casos de maltrato.

Normalmente estoy al lado de las víctimas y puedo entender el miedo, la compasión y/o el cariño malentendido al agresor. También entiendo la situación económica, los hijos e, incluso, haciendo un esfuerzo, puedo entender la posición o la vergüenza sociales, todo ello como causas que impidan cortar por lo sano una relación malsana pero, lo que no me cabe en la cabeza, como en este caso, es que la víctima, en una especie de suicida Síndrome de Estocolmo, interprete que las agresiones tienen su origen en una supuesta cualidad valorable que achaca al agresor y que incluso lleva connotaciones positivas para otras especies y, no solo porque ofende al toro bravo, sino porque la hijoputez y el malnacimiento se dan exclusivamente en el ser humano, no derivan de ninguna virtud, faltaría más, y, ni siquiera, dependen del lugar, de la forma o, en definitiva, de la madre que lo parió.

En la llamada violencia de género puedo entender, como digo, casi todo de la víctima, excepto la complicidad. Si el caso verídico de maltrato que les relato es igualmente excepcional o, por el contrario, permitiría explicar lo inexplicable siquiera en algunas otras situaciones del mismo tipo, es algo que ignoro.

Extractos de otras Publicaciones:

…el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes. Continuar leyendo...

Hay días que entiendes perfectamente por qué Peter Pan no quería crecer.

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

One thought on “La violencia de género (del género astifino)

  1. No se como describir un aplauso, pero es lo que me apetece hacer después de leer tu relato. Por desgracia,este caso no es único, yo también he escuchado a mujeres excusarse en el que “antes era lo que había”, como si fuera lo más natural, pero yo sí siento lástima por ellas, la ignorancia y la educación mal interpretada de que “hay que servir a tu marido siempre y sin protestar” ha hecho que muchas mujeres aguanten la “hijoputez y el malnacimiento” de sus parejas. ¡Ojala acabara ya!
    Me ha gustado mucho.

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