La puta más cara

 

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.

Eduardo Galeano

Badajoz, España

Primer encuentro

No recuerdo bien qué hora era. Quizá, las nueve o las diez de la noche, aunque en esa época del año, verano, decir “noche” es mucho decir porque, en esos momentos, en realidad la noche y el día se enredan en discutir cuál de ellos tiñe el cielo y da fe de lo que aquí abajo pasa.

Y lo que pasa allí, mientras los “Poetas Cabezones” contemplan el lento y melancólico discurrir del Guadiana, es que comienza el mercadeo diario propio de la zona, una zona que atravieso frecuentemente en coche por estar de camino a mi casa, donde chicas venidas del nuevo mundo, o de más allá del viejo telón de acero, o más acá del cuerno de África, ofrecen “un completo” por 50 pavos.

Yo no iba de putas, es más, no es por nada, nunca he ido de putas, pero no pude evitar fijarme en una mujer que estaba sentada en el murete que separa el jardín de la acera. Deslumbraba. Con un vestido blanco y unos zapatos de salón, balanceaba al aire sus piernas cruzadas. Si bien, algo atrevido y llamativo, o mejor dicho, atrayente, su look sin embargo no era el de una furcia de carretera. Estaba tan bonita que, por mirarla, transgredí todas las normas de tráfico, a las que di tanta importancia como a los claxon que sonaron reprochándome mi embelesamiento. Verla y desearla fue todo una misma cosa, y todo ocurriendo al mismo tiempo. Si grande era el deseo que de golpe brotó de mi cuerpo de hombre, no menos especial era un sentimiento puro e infantil que ya había olvidado desde que con 6 años me enamoré del la reina del bosque, June Thorburn, en la película El Pequeño Gigante. Me di cuenta de que el proceso, en el fondo, estaba siendo muy simple: Tuve la sensación de haber esperado toda la vida a esa mujer, que digo toda la vida, toda la eternidad, a través de todas mis vidas, si es que tuve varias, y ahora, estaba allí. Yo la esperaba y la reconocí. Fue así de sencillo.

Las otras prostitutas tonteaban y negociaban con posibles clientes. Era el juego del hermano bastardo del amor; ella, sin embargo, la más hermosa de todas, estaba sola. Quizá por esa razón me atreví y giré 360º en la rotonda. Volví sobre mis pasos o, mejor, sobre mis rodadas y, al llegar de nuevo a su altura, me detuve. Bajé del coche y fui hacia ella como un penitente. Por primera vez, formé parte de aquel peregrinar en busca del sucedáneo de la ternura. Me planté delante, mudo y absorto.  Entonces me miró. ¡Dios, como me miró! Si existe un soplo que, como dicen, un momento determinado es capaz de dar o devolver una vida a un cuerpo inanimado, ese soplo lo tenía su mirada.

– Y tú, ¿qué quieres? –me dijo, descarada.

De mi zozobra y desconcierto se me escapó una voz que apenas reconocí como mía y le respondí con un inusitado aplomo:

– Un completo

Ante mi reacción fuera de control, decidí echarle imaginación y seguirme a mi mismo la corriente:

– …Quiero decir… absolutamente completo. Que lo quiero todo de ti: Todo tu cuerpo, todo tu tiempo, toda tu vida, toda tú… por toda la eternidad…  – Resuelto, fui a por faena.

Creo que salí airoso del lance pero, cuidado, sólo era el principio.

Sonrió. Su sonrisa, ¡ay, su sonrisa¡, me hizo conocer en aquel momento la razón del equilibrio del Universo y ella era el Centro.

Evidentemente no se trataba de la primera vez que ella escuchaba aquello. No se inmutó. Me di cuenta que yo era una especie de aspirante a entrar en el Paraíso, uno más, y se disponía a hacerme la prueba de selección.

Así que… quieres que sea tuya toda, para siempre…y por qué? –me preguntó

Balbuceé, tartamudeé. No porque no estuviera muy seguro, sino porque era incapaz de explicarlo.

– No lo sé. –respondí finalmente.

Pensé que había quedado como el culo; me habría gustado una respuesta más ingeniosa, pero curiosamente después me pareció que, por el contrario, era ésa precisamente la respuesta que ella esperaba.

– A mí también me gustaría irme contigo para siempre –me dijo, aunque me sonaba como si me hablara un ángel, mientras me galopaba el corazón– Pero, mira a todas estas chicas, pues que sepas que yo soy la más cara de todas ellas, la más cara de todas las putas. Me voy con cualquiera pero siempre que pueda pagarme y suelo resultar inalcanzable para la mayoría de los que pretenden meterme en su cama. Mejor que desistas ahora para no sentir frustración después. Sé que me quieres y me deseas, que te vuelvo loco, pero no puedes pagarme.

¡Coño!. Me había tocado mi orgullo. ¿Qué se creía la guarra ésta?. Reconozco que pensé.

Dio un gracioso saltito para bajar del poyete en que se había sentado y comenzó a pasear lentamente. No andaba, no, era más bien como si sus pies acariciaran el suelo. Yo la seguí. La miré de nuevo a los ojos. Nunca me había perdido tanto y, a la vez, nunca deseé tanto no encontrarme. Decidí que lo daría todo por ella. Tiraría de mis ahorros, pediría un préstamo … lo que hiciera falta. En ese momento supe que, efectivamente, me había vuelto loco.

– ¿Cuánto? –pregunté airado y resuelto, pero como un pardillo.

– Si preguntas cuánto es porque, efectivamente, no puedes pagarme. –eso me dijo, así, con un par.

– Si es cuestión de dinero, estoy dispuesto a venderlo todo. –insistí

– Más que de precio, es cuestión de valor. – sentenció – Despréndete todo, absolutamente de todo, y cuando creas que ya no tienes nada más, vuelve. Entonces veremos.

– Pero … de qué? –desconcertado- el coche, la casa….todo?

– Todo. –dijo tajante.

– Bien… Lo haré. – afirmé convencido- Como te encontraré entonces? Me das tu teléfono?…

– En ese momento, yo te encontraré a ti. Ahora vete.

– Pero…bueno…vale… – estaba haciendo el bobo. Me rendí

Y me fui. Pero aquel que subió al coche y se marchó ya no era el mismo.

En los meses que siguieron fui un autómata que obsesivamente intentaba convertir en dinero todo lo que tenía. Pasaré deprisa por este apartado aburrido y poco interesante. Decir, en resumen, que con mayor o menor fortuna, liquidé efectivamente la casa, el coche y alguna que otra cosa menos importante. Es preciso que recordemos en este punto que me había vuelto loco porque solo así se entiende; solo así lo entiendo yo, cuando lo recuerdo hoy. Me quedé sin nada. Como con una obsesión febril, metí en el banco todo el dinero obtenido y, por no gastar, me fui a vivir a una pensión de mala muerte y peor vida; no salía a la calle, casi no comía para no mermar mi pequeño capital. Paralelamente busqué trabajos extras cuyo producto guardaba celosamente. Muchas veces pensé que había llegado ya el momento de ir a buscarla, pero siempre a continuación se me ocurría algo más que hacer para incrementar mi efectivo. No quería por nada del mundo volver a postrarme ante ella y que de nuevo me rechazara.

Me estaba convirtiendo en un tipo desagradable, huraño y taciturno. Me recluía en mi pequeña habitación leyendo libros que la gente tiraba a la basura y recogía en mis paseos nocturnos. Sí, hemos llegado al punto que me hizo reaccionar: Me descubrí a mí mismo rebuscando en los contenedores de basura. ¿Qué clase de hombre llegaría a ser de seguir así? No me serviría de nada haber reunido algún dinero para ella, si ella, no me aceptaba con aquel aspecto miserable, avejentado, de hombre de las cavernas, tan distinto a aquel que conoció y, lo peor, sin una vida que ofrecerle. Ese fue el revulsivo. Me dije: Ha llegado el momento. Estoy preparado.

Ahora solo tenia que buscarla o, mejor dicho, dejar que ella me encontrara pero, no obstante, durante varios días frecuenté el lugar donde la vi por primera vez, pero sin ningún resultado.

Segundo encuentro

Recuerdo que me gustaba, cuando economizar no era tan importante para mí, sentarme a desayunar en la terraza de una cafetería, pertrechado con un libro para leer, ver pasar a la gente que va a sus cosas y echar unos minutos en esa agradable temperatura de las mañanas de primavera. Y, es que, no lo había dicho, pero el tiempo había pasado: Estábamos nuevamente en primavera, casi un año después de verla por primera vez. Decidí darme un respiro y desayunar como lo hacía antes. Empezaba ya a preocuparme por no encontrarla. Ideas tormentosas comenzaban a acudir a mi cabeza: Si todo había sido una broma o, algo peor, si todo lo había imaginado.

Tenía su imagen grabada, la imagen de aquel día, sus ojos, su boca, sus piernas… Mi cuerpo y mi alma echaban a paladas sus respectivos requerimientos sobre mi mente. A veces dudaba si al verla de nuevo llegaría a reconocerla porque, lo mismo, había idealizado a una cualquiera de esas cualquieras en una noche febril. Además, después de todo, nuestra entrevista había durado solamente unos minutos.

Pronto salí de dudas. Levanté la mirada. Al otro lado de la calle, bajo unos soportales, estaba parada mirándome. Era ella sin duda y aun más bella de lo que la recordaba. Mi estomago se plegó como una capota eléctrica de esas de los coches convertibles. De un chispazo. Eléctricamente.

Más que mirarme, me contemplaba sonriente, así que inmediatamente me levanté y corrí hacia ella, no sin antes darle 5 euros por el desayuno al camarero que me encontré al paso.

Estaba vestida normal, más recatada; es decir, para entendernos: No llevaba el uniforme de puta. De no ser tan hermosa, habría pasado una mujer cualquiera y no por una cualquiera. No sé si me explico. Una prisa enorme por quedar zanjado el asunto se apoderó de mí. Estaba seguro de haber hecho bien las tareas con todo mi esfuerzo y tenía urgencia por obtener mi nota. Sin beso, sin saludo, ni más dilación,  le dije ilusionado:

– Te llevo buscando varios días….. Ya lo hice: Lo vendí todo…

Ya dije que yo te encontraría…-dijo indiferente.

¡Aleluya, al menos se acordaba de mí!

– Mira – proseguí – He juntado algún dinero. Vendí la casa, el coche y he vivido estos meses como un monje. He reunido….

Creo que no me entendiste bien –me interrumpió- Te dije que te desprendieras de todo. El dinero es importante pero, además del dinero, te quiero todo para mí … debes desprenderte de todo lo que te ata para entregarte a mí en cuerpo y alma. Lo quiero todo, como tú dijiste, yo también lo quiero todo de ti.

La verdad es que no entendí muy bien a qué se refería. ¿Era una chiflada? O, ¿pretendía captarme para una especie de secta? No comprendía nada, pero ¡dios, qué buena estaba!. Su voz era dulce; hablaba y me acunaba, no podía evitar mirar sus labios; lo que hubiera dado por besar aquellos labios y descansar sobre sus pechos. Eché a volar la imaginación. ¿Y si le pidiera un beso?, pensé. Un beso como un pequeño anticipo a cuenta. Dicen que las putas no besan en la boca. No sé. Pero le habría dado todo el dinero que había obtenido y todo el del mundo sólo por un beso. Pareció leerme el pensamiento y continuó diciéndome:

– A mí no se me puede tener por partes. O soy toda tuya y tú todo mío, o no somos nada. No puedo convivir con tus obligaciones conyugales, paternales, sociales…ni de ningún tipo. Creíste que sólo se trataba de dinero; te equivocaste. Lo exijo todo…

Bueno, no sé si te lo dije, pero soy divorciado, -le expliqué- no tengo obligaciones conyugales. Mis hijos son mayores…

Estarías dispuesto, por ejemplo, a no volver a ver a tus hijos por mí? –hizo una terrible e incomprensible pregunta capciosa que me quedó helado– ¿Serías capaz de eso por mí?..

Naturalmente que no! –salté como con un resorte- Pero…¿Por qué no podría volver a ver a mis hijos por estar contigo?

Imagina que se me antoja que nos vayamos a vivir, tú y yo juntos, al lugar más apartado de la Tierra –insistió- y eso hiciera imposible que volvieras a verles…

No existe ese lugar, les vería alguna vez, vendría cada vez que pudiera –Me cargué de razones.

Y… si nos fuéramos a otro planeta? – me dijo un instante antes de desear matarla por tomarme el pelo.

Mira, no creo en los viajes interestelares, ni en los ovnis, ni en la madre que me parió… –perdí la compostura, estaba convencido de que se burlaba y yo tenía que desarmar ese argumento- Así que a ver si hablamos en serio porque, para mí, esto es muy serio.

Bajó los ojos y un plomizo halo de tristeza atravesó su cara. Lo peor de todo es que me di cuenta de que me estaba hablando en serio.

–  Te convences de que no estás dispuesto a darlo todo por mí? –concluyó.

–  Pero…¿Qué clase de mujer es la que le pide a un hombre que se olvide de todo, hasta de su familia?… -dije enfadado.

La más cara. Creí que eso ya había quedado claro….-me interrumpió- ahora estás entendiendo la magnitud de tu sueño, porque yo soy tu sueño…

Yo estaba cabreado, muy cabreado. Le espeté:

–  ¿Cara? Eso no es ser cara, es ser inalcanzable. Con ese precio no me extrañaría que fueras virgen… -bordee, de puro enfado

Casi… -me contestó, con un gesto de pena.

De nuevo su hermosura le echó un cable que, junto con el hecho que haberme desahogado un poco, me reblandeció nuevamente.

Y…digo yo…no podrías hacerme una rebaja? –continué en tono más relajado, conciliador y sumiso-  Yo te lo daría todo, aunque hubiera cosas a las que lógicamente no podría renunciar, como a mis hijos, pero creo que podrían ser compatibles tú y ellos…

Llegaría el momento en que tendrías que elegir, créeme, siempre llega, lo sé de sobras –me dijo rotunda.

Me quedé pensativo. Yo jamás podría olvidar a mi hijos, eso estaba claro, pero ella tenía un poder sobre mí que yo no podía controlar. Decidí mentir. Después de todo, cabía la posibilidad, según ella remota, de que nunca se presentara la disyuntiva y, si llegaba, ya veríamos.

– De acuerdo –resolví- lo tendrás todo. Renunciaré a todo; quiero que te quedes conmigo.

En nuestro encuentro anterior, como se ha visto, no acabaste de entender la magnitud de mis requerimientos, –me dijo- ahora lo has comprendido, ya sabes el alto precio que habrás de pagar por mí, un precio que casi nadie puede pagar, por tanto, te daré un poco de tiempo más para meditarlo. Fijaremos un tercer y último encuentro, tú me dirás entonces tu decisión. Ahora vete, nos volveremos a ver pronto.

Y se marchó de nuevo. No pude hacer nada. Yo amaba a aquella mujer tan segura, tan sobrada y tan magnética. Bailaba al son que ella tocaba y no me importaba porque, no lo dije hasta ahora, pero en esta vida había descubierto dos felicidades, una, casi irreal: Tenerla a ella; otra, en su defecto, buscarla, seguirla de cerca.

Aquella noche me sentía extraño. Tenía razón para ello, aunque yo no lo sabía aún, era el final de una etapa de mi vida. A partir de entonces iban a cambiar mis ideas sobre algunos conceptos de esos llamados fundamentales. No quería comenzar a pensar todavía en todo lo ocurrido, quería encontrar espacios y momentos más apropiados para ponerme a la búsqueda de una respuesta que habría de ser definitiva. Ya no tenía la ansiedad de la primera vez, podía tomarlo con más sosiego. Ahora, mirando hacia atrás, pienso si es que acaso ya entonces, sin saberlo, ambos conocíamos mi respuesta.

Efectivamente, decidí cambiar de aires. Como disponía de un buen dinero que ahora ya no era tan importante, me tomé unas pequeñas y modestas vacaciones. Alquilé una casita de pescadores en la costa portuguesa y me marché. Aquello tenía todos los aditamentos precisos, según mi idea, de lo que es un periodo de meditación y reflexión profundas. La soledad en un lugar extraño, frente al mar, sin conocer a nadie, sin teléfono y sin internet. Solo conmigo mismo. Los primeros días, paseaba por los alrededores, o mejor, deambulaba. Era como preparar la mente y el espíritu para el esfuerzo que se avecinaba.

Tras varios días de holgazanear física y mentalmente, en los que la mayor parte del tiempo lo pasé dedicado a descartar deliberadamente los intentos de mi cabeza por entrar la cuestión, decidí que había llegado el momento de meterme en materia.

Comencé por considerar la conveniencia, ya apuntada, de dejarme llevar, decirle que sí a todo, que me olvidaría efectivamente de mi familia, de los amigos, de todo y, después, llegado el momento, si llegaba, ya veríamos. En una palabra: Mentir. Era una opción atractiva, conveniente para mí, pero tenía un gran riesgo. Ella no sería fácil de engañar. En todas las ocasiones se mostro muy sagaz, siempre parecía adelantarse a mi pensamiento e, incluso, adivinarlo. Además, no me gustaba la idea del engaño y por tanto busqué una formula para “negociar” sin renunciar a mis seres queridos y a la vez ser honesto. Tal vez existía alguna forma de acuerdo, pues si yo tenía mucho interés, ella, a juzgar por el tiempo que me había dedicado, también parecía acariciar la idea de una vida juntos.

Pero eso ya lo pensaría mañana, estaba cansado y decidí irme a la cama.

Nazaré, Portugal

Tercer y último encuentro

Arriba, en el acantilado en que se halla faro de Nazaré, en Portugal, el viento del Atlántico sopla decidido; abajo, le siguen enormes olas de labios blancos que va untando sobre la superficie verduzca, hasta que se abrazan a las rocas. No es, la verdad, el lugar ideal para ponerse a pensar, pero, no sé por qué, al llegar allí, me vino a la cabeza de pronto algo que, en mis consideraciones del día anterior, había pasado por alto.

Todos los planteamientos que me hice, como negociar o engañarla, tenían siempre un elemento común que subyacía y quedaba a salvo: No renunciar a mis hijos, ni a la gente que quiero. Era lógico, un precio demasiado alto y, por otra parte, tampoco llegué nunca a tener muy claro el alcance y el por qué de tal exigencia. No iba a prescindir de ellos por nada, ni siquiera por ella. Esa era la respuesta que, tras tanto tiempo de búsqueda, se me presentó de pronto y de forma nítida. Era como si hubiera recuperado de golpe la cordura. Ya estaba, la decisión estaba tomada.

Pero la respuesta no venía sola, traía una carga de tristeza infinita porque significaba también renunciar para siempre a aquella extraña y deseada mujer, a aquel sueño obsesivo en el que se había convertido.

De pronto.

Hola – su voz (¡dios, su voz, otra vez!) sonó a mi espalda y me volví como disparado. Era ella.

Tu?…pero qué haces….como sabías que yo…? –demasiadas preguntas que no importaban. Estaba descolocado totalmente.

Parece ser que ya tienes una respuesta –habló tranquila y dominando la situación como siempre- Bien, hablemos de eso…

Estaba claro que cuando yo iba, ella volvía. No sé como lo hacía, pero mi única opción era explicar la verdad que ella ya parecía conocer. De algún lugar debí sacar el valor y la capacidad de aceptar una vida sin ella y me dispuse a comunicarle mi decisión. Esta vez, agradecía que me leyera el pensamiento, porque mi pensamiento era muy difícil de convertir en palabras. Efectivamente, tuve que hablar poco.

Verás…estuve, como sabes, pensando en todo esto y…bueno…creo que…

Que no vas a renunciar a todo por mí. –me cortó- Ya lo sabía. Es la vieja historia. Todos me desean, pero nadie me tiene, nadie puede tenerme, soy demasiado cara.

Noté cierta amargura en sus palabras. Yo había perdido la partida, eso estaba claro, pero ya sin ninguna otra pretensión ni presión, podíamos hablar como viejos amigos.

Entonces, qué sentido tiene? –le dije- Qué sentido tienes tú? Parece ser que no te comes una rosca –bromeé– Alguna vez alguien te ha tenido?

En sueños, solamente en sueños. – me contestó enigmática- Los hombres y las mujeres me desean… sí también las mujeres, -dijo al comprobar mi cara de asombro- no olvides que soy una puta, no hago distinciones. Coquetean conmigo pero en el camino se dan cuenta que tienen demasiados intereses, responsabilidades y cargas; también tienen vicios, comodidades y miedo, sobre todo, miedo a dejarlo todo. Eso por no hablar de sus prejuicios, reglas y leyes.  Demasiadas ataduras…

Te darás cuenta de que con esos requerimientos, abandonar a la familia, a los amigos…cualquier persona que se acerque a ti está condenada a quedarse solo, solo contigo… -intenté convencerla y reafirmarme en mi decisión- ¿Eres consciente de la soledad que llevas aparejada?

Mi pregunta quedó sin respuesta y me di cuenta de que estaba haciendo sangre. La conversación había subido de nivel, demasiado etérea e imaginativa, por todo ello, quise descenderla a un tono más mundano.

Pero… por qué no bajas un poco el listón? Si te hicieras algo más asequible sería bueno para el negocio, para tu negocio…

No es posible. –dijo convencida– dejaría de ser yo. Sabes para qué sirve una utopía? Pues, como es inalcanzable por definición, una utopía no sirve para nada, sólo para ir tras ella.

Eres tú una utopía? –pregunté

Miró al suelo. Aun hoy no sé si aquello de su rostro fue una sonrisa o el más terrible mohín de dolor, pero no se me olvida, no lo olvidaré nunca.

Mujer enigmática, inconcebible y bella por encima de todo y de todas, bella como las cosas inalcanzables. Nació para que el hombre corriera tras de ella sin alcanzarla y, ella que no quiere ataduras, está atada a la soledad, esa soledad que salpica y, si uno se acerca demasiado, hace suya. Mujer que sólo en el sueño se justifica. Una puta tan cara que está condenada a la virginidad. No podré tenerla, pero la voy a perseguir toda la vida porque es la razón de la mía. Pensé.

Era el final. Se me escapaba de las manos y yo lo sabía. Me dio la espalda y comenzó a andar. Y yo tras ella, como siempre fue, como siempre será.

Por favor, antes de irte –le supliqué- dime, al menos, tu nombre..

Me llamo Libertad.

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4 thoughts on “La puta más cara

  1. La libertad es mas que todo eso. Es tener todo para poder elegir lo que quieras o no tener nada para desear todo y elegir lo que quieras.. Demasiado retorcido, Quini, para llegar a una conclusion tan clara.
    Un abrazo y felicidades por tu escrito.

  2. Estoy de acuerdo con EMA. Demasiado lio para llegar a una conclusión clara. Escribes muy bien. Tus textos son realmente buenos, pero hay algo que me confunde…si los textos son tuyos como no has publicado un libro de cuentos, o de historias imaginarias…Hoy con los libros electrónicos podrías ganar un buen dinero, aunque eso seria lo de menos, porque los mas beneficiados seriamos los que te seguimos y leemos, y que a su a ver te recomendaríamos a los que te siguen ni leen. Saludos

  3. Uf!!! esto lo leí hace mucho tiempo, hoy de nuevo lo leo y como digo yo simplemente me gusta. como lo echo de menos.Me da rabia como terminan algunas cosas.La mía acabo por pasar de mi y alguien se limito que tenia que irme porque yo no era importante.Bueno volviendo al texto siempre me gusto tu manera de escribir con tu sarcasmo y doble sentido de todo.Bueno espero que esto te llegue que no lo sabre nunca yo no soy nada igual pasa.

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