La Libertad también se sirve fría

 

Con la carretera ocurre lo mismo que con ese pedigüeño que se te acerca por la calle: Cuanto más atención le prestas, más te pide. Y, a la inversa, si te exige poco, le das menos.

Así que, iba yo por la autovía, intentando no superar el límite de 110 km/hora, ciertamente jodido, para qué negarlo; pensando en todo, mirándolo todo, menos lo que debía. Solo me faltaba retocarme el rímel mirándome en el espejo retrovisor. En estas, echo un vistazo a mi barriga y no veo el cinturón de seguridad. Me dije: he puesto unos kilos y los michelines no me dejan verlo; pero no, lo cierto es que ¡se me había olvidado abrochármelo!, craso error que no me había pasado nunca, porque soy un convencido de sus ventajas y porque, más de una vez, el cinturón me salvó la vida o, por lo menos, se me libraron los piños. Me lo abroché inmediatamente y traté de no ser muy duro conmigo mismo ya que había en esta ocasión, pensé, multitud de circunstancias atenuantes en mi favor.

Después, me dediqué a hacer rimas graciosas con los mensajes publicitarios de las vallas y con las señales de tráfico. Como resultado de mis payasadas, me reía yo solo. Llevaba 20 minutos conduciendo y ya me dolía el cuello, los riñones y el culo. No encontraba la posturita y me dije: mejor así, porque como la encuentre, me duermo. Aquello se había convertido en un viaje eterno a un país llamado Quetedenporelsaco. Recordé los Evangelios: De que le sirve a un hombre ahorrar unos céntimos si pierde la compostura. Sobre todo si el hombre soy yo, de cuya pulsera de Pandora, no cuelga la medalla de la paciencia, precisamente. En un momento dado, cuando estaba en plena conversación con la chica del GPS, intentando descubrir de qué país era su acento, escuché una voz, que provenía como de la guantera:

– Chacho, tío, ¿por qué no te relajas y te tomas las cosas de otra forma? ¿No te das cuenta de que te estás amargando el viaje a ti mismo?

-¿Y tú, quien coño eres? le pregunté en tono un poco destemplado. Estaba yo como para que me tocaran los… botones de la radio.

-Si fuera un polizón, ¿tú crees que me habría metido en esta mierda de coche? Me habría subido a un BMW o a un Mercedes, ¡no te jode! -me contestó así, con un par, y siguió- Soy la voz de tu conciencia. ¿No viste la película de Pinocho? Pues yo soy tu Pepito Grillo….Abre la guantera y me verás.

-Mira, Pepito, estoy de este viajecito hasta los piñones de la caja de cambio, como para que encima venga un bicho borde como tú a irritarme la próstata…Y, que sepas, que la guantera la va a abrir tu padre, que para grillos ya tengo bastantes con los que pueblan mi cabeza.

Perdona, – me interrumpió- aquella peli es de los años 40, así que llámame Pepe, que el tiempo no pasa en balde para nadie. Lo único que quiero hacerte ver, modorro, es que no consigues nada con esa actitud, además es peligrosa porque vas distraído.

-Pepe, o como coño te llames, -le corté- me tengo por un buen conductor y a 110 sería capaz de llevar tres coches a la vez -farolee un poco- Voy concentrado siempre al volante y jamás me distraigo. ¿Te enteras?

-Ah!, que no te distraes, ¿verdad?…Pues ya me contarás, porque te recuerdo que llevas todo el viaje haciendo el tonto y ahora estás hablando con la guantera -me soltó el descarado bicho y lo peor es que tenía razón.

-Vale, lo reconozco, voy un poco enotracosa -asumí- y, la verdad, no quisiera tener un accidente ni siquiera despacio, pero lo peor es que yo, sinceramente, me mato a 110 y de la vergüenza, me muero.

-Bueno, por eso no te preocupes, -me consoló- lo bueno que tiene esta velocidad es que si ves que vas a tener un accidente, te da tiempo a bajarte.

Se acababa de establecer una corriente de simpatía entre mi conciencia y yo, así que aproveché para pedirle que me aconsejara cómo beberme aquel cáliz, para que el viaje no se hiciera tan lento como ir en bicicleta, ni tan jodido como ir sin sillín.

-Pues verás, cuando te subas al coche -me dijo- deja en casa ese espíritu tuyo de crítico analista que siempre te dio problemas, por una vez, acepta de buen grado las normas, ¡que ya tienes una edad, coño!, y, sobre todo, disfruta de lo que aun puedes. Mira el paisaje, con precaución claro. Pon música. Canta. Y, sobre todo, una cosa que te va a gustar: disfruta planeando, una visita, (¡solo una, cuidado!) al próximo bar de carretera. Siéntete afortunado porque, como no fumas, no lo echaras de menos, porque también eso está prohibido. Te bajas y te tomas una cerveza, fría y reconfortante, eso sí, solamente una, no sea que después el radar se quiera ir de colegueo contigo.

Vale, Pepe –le dije- Intentaré seguir tu consejo pero lárgate ya, que tengo la impresión de estar hablando solo. Por cierto, ¿todas las conciencias son tan tocapelotas como tú?

Entonces, mi conciencia hizo acto de presencia. Se asomó por entre las rendijas de los difusores del aire acondicionado y era lo más parecido a una cucaracha que iba comiéndose un gusanito, seguramente olvidado por algún niño en el suelo del coche.

Mira, Quini –me dijo- Aquí, como en la viña del señor, hay de todo. Yo, al fin y al cabo, tengo suerte, pero hay compañeros míos encargados de las conciencias de políticos, de gobernantes, de obispos, de banqueros, de abogados, etc., que se han tenido que dar de baja laboral y están en tratamiento porque sufren una profunda crisis existencial. La verdad es que este trabajo de ser conciencia, como decía el otro, es un trabajo de mierda pero alguien tiene que hacerlo.

Y, diciendo esto, desapareció por los tubos de la calefacción, supongo.

El Sol, comenzaba a jugar con la Luna al escondite inglés y, como todo caballero que se precie, la dejaba ganar. El, a punto de nieve; ella, a punto de caramelo, le ofreció los oscuros labios de la noche y atenuó la luz. De plata los besos, lucieron como panzas de carpas sobre un fondo de légamo. Espérame tras los montes y nos eclipsaremos de madrugada – me pareció que le dijo. Allá, donde termina el paisaje, de puro negro, le salió un sarpullido brillante e intermitente al horizonte. Debían ser las lucecitas que señalaban mi bar. A lo lejos. Aquel que yo buscaba; aquel que me esperaba. Un lugar sin prohibiciones y, las que había, me importaban un bledo. Una cerveza, solo una, un trago fresco de libertad que me redimía con el mundo.

Quedaban unos kilómetros aun para llegar, mire el velocímetro no sea que con la euforia, me pasara. Di volumen al radio-casete, que ya no se llama tal, sino radio-CD y se dice rediosidí. Bueno, tonterías aparte, metí caña a la máquina cantaora. Tenía ganas de cantar y canté, como un loco, o como una loca, que las mujeres también cantan. Era una canción de cuyo nombre no quiero acordarme para no relacionarla nunca más con aquella pesadilla. Me sentía bien. Había seguido los consejos de Pepito y funcionaban. No pararé de cantar -pensé- y después de echar el vaso, con la garganta y el cuerpo más entonado, no habrá copla que se me resista.

Por fin llegué. Apagué el motor y la música calló; me bajé del coche y el silencio, agazapado en las sombras de algún matorral de aquellos, se lanzó sobre mí y me rodeó. El canto de los grillos me recordó a Pepito, por romperlo y por seguir sus indicaciones, me puse a tatarear no sé qué hasta que llegué a la barra, donde, creyéndome controlar la situación, entre canturreos, pedí mi cerveza. Me la había ganado. Entonces levanté la vista y, en aquella tierra prometida, en la pared, había un cartel que decía: Se prohíbe el cante.

Extractos de otras Publicaciones:

…el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes. Continuar leyendo...

Hay días que entiendes perfectamente por qué Peter Pan no quería crecer.

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

6 thoughts on “La Libertad también se sirve fría

  1. Me ha gustado, de verdad. Entretenido, gracioso, ocurrente, romántico….genial. LLegarás lejos…en la literatura, claro, porque por la utovía a 110…….
    Hasta pronto.

  2. Ya podras ir mas cconcentrado porque tu gobierno ha quitado el limeite de 110 km/h.
    El escrito, redaccion, cuento o chascarrillo….genial, gracioso, entretenido , con engundia y con mensaje. Ya estoy esperando el siguiente referente a los veladores en las calles del Casco Antiguo y la limpieza del mismo.

  3. Te imaginaba hablando con pepito grillo, me entantan las palabras nativas que utilizas(como modorro, por ejemplo).
    Bueno, te habrás enterado que ya puedes ir a 110, pero ojito con las cervezas en los bares de carreteras. Por cierto, tú que eres entendido en las materias estas. ¿Es normal, cuando haces escala, para estirar las piernas, por ejemplo, pedir una copita de champan? ¿A qué no es normal?.

  4. Sí, Quini… un relato en el que nos cuentas, con tu sarcástica particular, aderezado con “pelín” de romanticismo, y con buen humor, a pesar de los malos humos del momento, cómo van las historias en nuestras tierras. Parece estar de moda, eso de las prohibiciones,… tanto que ya miramos a un lado y a otro antes de hacer cualquier cosa… En fin, como siempre, Enhorabuena Quini, transmites realidades cotidianas con una soltura y estlo peculiar que irremediablemente, llevan a la sonrisa…( se puede sonreir todavía, no???, ja,ja,ja… Felicidades maestro !!!

  5. Nuevamente genial como todo a lo que nos tienws acostumbrado. la critica, la ironia, el humor y la poesia mezcladas. es un placer verdaderamente leerte.
    un abrazo

  6. HACE MUCHO TIEMPO QUE NO LEIA NADA TUYO,Y NO DEJAS DE SORPRENDERME..ES GENIAL,ME HE REIDO,AUNQUE CREO QUE TIENES RAZON..NO SE PUEDE IR A MAS DE 110 (AHORA 120 ) NO SE PUEDE TOMAR ALCOHOL,NO SE PUEDE CANTAR ETC….
    JOAQUIN,ME HA GUSTADO.

    UN BESO

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