La espina del higo chumbo.

Corrían los Sesenta, con esa estúpida manía de correr que tienen los años. Los Beatles nos daban pataditas acompasadas en el culo para que espabiláramos y, cuando habías cogido algo de impulso, te dabas de bruces contra el monótono sonsonete del NO-DO. En aquel tiempo y condiciones, hacía yo el Bachillerato Elemental en el Colegio Academia Central Politécnica, allá por la Plaza de San Andrés. La Poli, como la llamábamos, era una casa muy grande reconvertida en colegio que, como todas las casas, entonces, olía  a cocido y a la Dictadura.

Aquella  clara-oscura época tenía sus “cosas”; más y distintas cosas para unos que para otros, y era difícil para los que no conocían el mar, entender el miedo al naufragio. Al final, todo era más llevadero, porque aquellos años tenían una gran ventaja: que eran muy pocos y, con esa edad, das buena cuenta de la caja de bombones de Forrest Gump, uno tras otro, sin saber lo que te va a tocar y, lo que es mejor, sin importarte, porque todos son nuevos y todos te los vas a comer. Pero he de reconocer que, de aquellos manojos de cosas que te creías echar a la espalda, alguna se escapaba y, sin darte cuenta, se quedaba para siempre bajo la piel, a veces como un bonito lunar y, otras, como la espina del higo chumbo, que no se ve, pero de vez en cuando, duele.

El sempiterno paquete blanco de tabaco Chesterfield de don Ricardo Puente, el profesor de lengua, impecablemente vestido, fumando con ansía y jugando entre los dedos con su Dupont. Fumando espero. La mirada repartida entre aquellas Españas de Machado, una, que muere y, la otra, que bosteza. Aquel hombre tenía algo especial que yo no llegaba entonces a entender. Daba clase con clase, con mucha clase. Debía ser muy difícil para él, intelectual, tertuliano, enseñar la verdad a unos discípulos, podados mentalmente por un régimen de mentiras. La década transcurría lentamente mientras los maniáticos años corrían. Y don Ricardo, moviéndose por las estrechas cornisas de las fachadas, fumando, esperaba el fin de la pesadilla. Le recuerdo con enorme aprecio, incluso ahora me parece entrañable cuando te expulsaba de clase diciendo: “¡emigra botarate!”.

De él aprendí a buscar el tesoro de la autenticidad dentro del cofre de las apariencias. La disidencia en los aros de humo y la progresía vestida como un dandi. Y, sobre todo, a esperar.

Otra de las cosas, concretamente un par de cosas, eran las de Rosa, aquella muchacha al servicio de la casa, procedente de Santa Marta de los Barros. Los miércoles tocaba colada y, ese día, las ventanas del Estudio que daban al patio, se llenaban de miradas que los irregulares cristales refractaban, con tan mala leche, que era difícil alcanzar su objetivo: sus dos sonrosadas tetas. No obstante, aquellos balcones eran más cotizados que los de la calle Estafeta en plenos Sanfermines,  Y, a todo esto, Rosa, la reina del jabón Lagarto, se sabía la protagonista su acto público y de los nuestros solitarios.

En aquel patio, con su laberinto de sábanas oreándose al son de sus caderas, Rosa, que sabía latín, nos daba clases de religión. Aprendimos Ocho Mandamientos de Dios y Dos de los curas. También un Génesis premonitorio, porque cualquiera de nosotros hubiera dado gustoso una costilla por aquella Eva rubia de bote.

La Poli tenía éstas y otras muchas cosas que darían para emborronar todo un libro, quizá otro día les hable de ellas, pero ahora hay que ir terminando, y voy a hacerlo con una de las que más me impresionaba. Aquel colegio era más que una casa muy grande, era un universo que, como todos los universos, tenía a su dios: el Director. Perdonen que me refiera otra vez a dios, pero es que entonces parece que venía más por aquí. El Director era como un busto, eternamente sentado tras la inmensa mesa de su inmenso despacho castellano. O, al menos, así lo recuerdo. No le vi nunca por la calle, jamás se personaba en el estudio, ni en las clases. Sólo existía allí, era, fundamentalmente, una referencia: Por hablar, vas al Director; por contestar, vas al Director; por mirar a Rosa, vas al Director.

Y, el Director, como dios, impartía justicia y, si eso, también castigo, como si no hubiera sido ya suficiente castigo el mero hecho de caminar hacia él, en busca de la sentencia por aquel largo pasillo. Con pasitos lentos, acojonado, sin otro recurso que el becerro de oro para implorar que aquel corredor de la muerte no se acabara nunca.

De aquel hombre, de recto proceder e intachable conducta, de valores fuertemente anclados y principios inamovibles, aprendí algo que, en sí, no es bueno ni malo: si alguien se convierte en el prototipo de una época y permanece fiel a su tiempo, cuando su época se va, se va con ella.

Corrían los Sesenta, con esa estúpida manía de correr que tienen los años. Pero, aquellos, tenían una poderosa razón para hacerlo.

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6 thoughts on “La espina del higo chumbo.

  1. COMO SIEMPRE,,,,, SUBLIME. No fui a la Poli pero como si hubiera ido. Efectivamente el profesor Puente, era asi. Seguro que no te ha mandado al Director, en esta ocasion. Un abrazo, GENIO, no de lampara.

  2. Ayer, cuando recibí “una de cal”, pensé´: éste va a ser de dos rombos, alguna barbaridad de mi cuñado….por lo del “higo”…, luego lo leí, y más tarde lo releí, me ha gustado mucho. Felicidades.

  3. Hola, quini

    Veo que hemos vivido épocas muy distintas. Yo llegué en el 77 en plena transición, con 6 añitos, con lo cual tampoco me enteré de mucho. Ya no había trabajos manuales, ahora era pretecnología, aprendíamos matemáticas con conjuntos y subconjuntos y el profesorado era joven y más acorde con los tiempos que corrían.

    Una de las profes más populares era “la Leo”, mujer del por aquél entonces diputado por Badajoz Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Era popular por eso y por lo mismo que lo era Rosa. Nosotros fuimos sus últimos alumnos en el 82, cuando la autonomía y no suspendió ninguno. También dejamos el colegio cuando este cerró en el 86. Tampoco suspendió nadie. Fuimos una quinta afortunada.

    Y como diria Forest Gump:
    “Y eso es todo lo que tengo que decir sobre la Politécnica”

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