Josef Fritzl

El lector me va a perdonar por mi falta de rigurosidad en algunos de los términos que utilizo en este escrito, pero es que ando un poco despistado, ni siquiera me he atrevido a poner en el título ningún adjetivo calificativo al nombre de este individuo que, entre otras cosas, mantuvo encerrada y amancebada a su propia hija y a sus hijos-nietos durante 24 años en un sótano. La verdad es que no he encontrado las palabras exactas y los que me vienen a la cabeza me parecen inapropiados, demasiado suaves y claramente insuficientes.

Animal, bestia, carroñero, cabrón, enfermo, loco, degenerado, viejo asqueroso, baboso, cerdo, alimaña…, carecen de justeza y justicia, me saben a poco y supone un insulto para esas otras criaturas de dios.

Mención aparte merece el recurrente “hijo de puta“, mucho más desahogador, pero que está igualmente fuera de lugar, primero porque me caen bien las putas y, segundo, porque hasta ahora nada se ha dicho de la profesión de la madre que parió a esta cosa.

Monstruo“, es un calificativo bastante aceptado al referirse la prensa a este sujeto, pero, qué quieren que les diga, a mí tampoco me sirve porque me evoca a un ser mítico de las lecturas de mi niñez: el Dragón que escupe fuego, el Ogro de las Botas de 7 Leguas, los calamares gigantes del Capitán Nemo, el Fantasma de la Opera o, incluso, Quasimodo de Notre Dame. No sé, pero todos aquellos monstruosos personajes, por lo que quiera que sea, provocaban en mí un punto de ternura, siempre me sentí próximo a ellos en su condición de antihéroes y, por el contrario, el príncipe de los leotardos azules me resultaba bastante moña. Creo también que el Nautilus fue nefasto para las especies en peligro de extinción, que de haber existido Green Peace ni siquiera habría zarpado y, para qué seguir, hubiera preferido que la gitana Esmeralda se enamorara del jorobado en lugar de hacerlo del Capitán Febo que, entre nosotros, iba un poco de “prota“.

Podría, eso sí, recurrir a apelativos legales para retratar las habilidades del tal Fritzl (el cabrón, tiene nombre de galleta): Violación, incesto, secuestro, filicidio, etc., todos ellos, sí, y algunos más, pero tienen tantas causas agravantes que, francamente, también se me quedan muy cortos, manidos e, incluso, memos.

Definitivamente, la Real Academia, tan atenta siempre a modismos y americanismos, debería proporcionarnos un término ajustado a casos como este. Tendría que ser algo muy sonoro y contundente, un descarado taco, un improperio de tal calibre que al pronunciarlo nos descargara de la rabia que producen unos hechos así, pero que además fuera, si no exacto, al menos ajustado a semejante engendro. En fin, una de esas palabras maravillosas y que tienen un efecto de laxante verbal cuando, por fin, la encuentras en una conversación en la que te sientes un poco estreñido al no hallar la forma exacta de decir lo que quieres expresar.

Pero dejemos ya las cuestiones semánticas y vayamos a otro aspecto igualmente peliagudo del asunto. Porque, vamos a ver, este fulano tiene 73 años; mientras se celebra el juicio, se dicta sentencia y demás gabelas, pasan al menos otros dos, eso en Austria, porque en España como está la cosa procesal, seguro que lo sentenciaban a título póstumo. Es decir, en el mejor de los casos a este tipejo se le impondrá la pena cuanto tenga 75 ó 76 años y la pregunta que me hago es: ¿Qué pena es la que podrá hacer Justicia a esa edad?

¿La cárcel? Bah! Para este tipo que le queda un telediario, una cadena perpetua duraría menos que una candela de papeles. Pues ya me contaran…

¿La amputación de ciertas partes (seguramente) blandas? Tentador, pero tampoco. A ciertas edades, eso no es castigo, sino liberación de lastre. Salvo que la parte en cuestión fuera tan espectacular que pudiera exponerse al público en un tarro de formol, como el pene de Rasputín, y cobrar entrada a beneficio de las víctimas. Pero, a juzgar por el video que se hizo este fulano en bañador en Tailandia, creo que no es el caso y, además, tales penas no están recogidas en los derechos occidentales, así que, descartada también.

Por otra parte, no soy en absoluto partidario de la pena capital en ningún caso, pero en éste mucho menos porque, además, sería una gran estupidez, ya que únicamente se conseguiría adelantar lo inevitable y cercano (por ley de vida); por si fuera poco, se nos privaría a nosotros del tiempo preciso para encontrar la palabra que lo define y, lo peor, me parece muy arriesgado enviarle a un lugar en el que no nos consta cómo se las gastan, no vaya a ser que allí, a la vuelta de la esquina, sea verdad aquello de la bondad infinita y resulte que como buen capullo se nos vaya de rositas.

Pensarán que estoy muy negativo hoy, pero lo cierto es no encuentro el consuelo. Alguno me dirá que puestas así las cosas, lo mejor es dejarlo todo al Juicio Final pero, que quieren que les diga, a mí eso de la Justicia Divina me pareció siempre una pedantería, porque admitirla es tanto como presuponer que existe también una justicia terrenal de la que se distingue, lo cual, como vemos, es pura falacia.

Ruego, pues, a mis posibles lectores su ayuda a través de sus comentarios al pie que sugieran la palabra que según ellos mejor define al inefable Fritzl y la pena que le impondrían al susodicho, teniendo en cuenta, dadas sus escasas oportunidades de cumplirla, que sería una pena de pena.

 

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One thought on “Josef Fritzl

  1. Ya no me acordaba de esta bestia parda, asquerosa, repugnante y vomitiva . Pero lo cierto es que cuando salió a la luz la escabrosa noticia sentí nauseas (al igual que millones de personas). Lo que tu trasladas también aquí lo pensamos muchos: calificativo y pena a aplicar. El calificativo difícil,aunque está claro que dicho sujeto es la reencarnación del mal y de la perversión. Y la “pena a aplicar” buffff,ninguna nos satisface, porque siendo muy tentadora “la capital”, la pena de muerte, dejaría a semejante individuo sin existencia y sin oír los insultos, miradas,odios, antipatías y vergüenzas que nos genera; sin contar como tu bien dices que en la otra vida la justicia divina lo redimiese (sólo faltaba!).’Pero no puedo evitar acordarme de mi abuela que cuando saltaba a la luz casos como éste (bueno como éste no conocemos ninguno)siempre decía lo siguiente: “yo no soy partidaria de la pena de muerte, eso no!, pero yo a este tío, lo tiraba al “populacho”!. Quizás eso sí me satisfacería…

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