El valle del humo.

En Portugal, un tanto al sur, está la cuidad de Monsaraz que, para mí, guarda secretos de tiempos muy lejanos. Yo no sé si son cosas mías pero, cerca de allí, hay un gran pantano que se desparrama por el valle, nerviándolo con sus lenguas de agua, y en aquellos mundos de légamo y juncos, cuando cae la noche, las ranas no parecen croar sino que entonen un cántico ancestral, sólo inteligible para batracios iniciados.

Aún a riesgo de equivocarme y por abundar más en lo que digo, no me parece tampoco casual que sea también allí, en los rastrojos próximos, que se arremolinan a la sombra del elevado montículo en que se halla Monsaraz, que el hombre prehistórico apuntara al cielo, no sabemos por qué, con sus mastodónticos falos de piedra, acercando su bálano a las estrellas, en un alarde machista a cualquier gigantesca criatura que, eso sí, se me antoja femenina. Y, para terminar, por si fuera poco lo dicho anteriormente ya sea en favor de mi razón o de mi locura, si observas fotografías de satélites, se pueden apreciar extraños y caprichosos dibujos en los campos aledaños. El por qué allí y no en otro lugar, tal cúmulo de acontecimientos que escapan a la comprensión, es algo que ignoro, pero el caso es que en aquella población, por sus callejuelas, al pie de la picota junto a la iglesia o en su recinto donde se celebraban los torneos medievales y hoy reconvertido en plaza de toros, los hechos que, referidos a otro lugar podrían parecer propios de una mente perdida, si los sitúas allí, en aquel ambiente, las cosas más increíbles se visten con un traje de diario, se disfrazan de normalidad y uno las asume y, lo que es más arriesgado aún, pasado el tiempo, se atreve, como voy a hacer yo, a contarlas sin el más mínimo pudor. Como siempre digo en estos casos, si bien es verdad que no todo es verdad, porque pudiera haber algún detalle que no recuerde bien o que, incluso, haya olvidado por completo y, aun reconociendo que a veces retoco algún pasaje de los hechos para hacerlos más amigables y más fácilmente narrables, también es cierto que hay muchas partes que sí se ajustan cabalmente a lo ocurrido y, con esas, ya sólo con esas si queréis, bastaría para haceros pensar un poco, como me hacen pensar a mí.

Pues bien, me encontraba en Monsaraz haciendo fotos cuando, entre clic y clic de mi Nikon, di unos pasos hacia atrás, sin mirar, para conseguir un buen encuadre del pórtico de la iglesia y muy poco me faltó para tropezar con un anciano que estaba sentado en un umbral, con las rodillas a la altura de la boca, casi en posición fetal; los ojos cerrados y una tenue sonrisa dibujada en la cara, parecía disfrutar plácidamente del tibio sol de aquella mañana de Abril. Me disculpé con él y, la verdad, al principio no le presté mayor atención. Después, a lo largo de la conversación que mantuve con él, deparé en que tenía una imagen un tanto peculiar, con una barba blanca de la que le colgaban un par de trencitas a la altura del mentón. Su rostro iba marcado por las huellas, quizá, de un largo viaje y, desde luego, por los muchos años que parecía tener. Su aspecto, por su vestimenta y algunos abalorios que colgaban de su cuello o se agolpaban en sus muñecas, no dejaba de ser, cuando menos, pintoresco e, incluso, gracioso; evidentemente, no parecía provenir de ningún lugar de los alrededores, sino de tierras mucho más lejanas. Pero, en un principio, consideré que no era el momento de dedicarle más tiempo a aquel viajero; era un día espléndido, aunque con algunas nubes en el cielo, ideal para la fotografía, y yo seguí a lo mío.

Al momento, tras dos o tres disparos de mi cámara, me di cuenta y me sorprendió que aquel hombre estuviera ya en pie, a mi lado, mirándome fijamente. Menudo y bajito, apenas su cabeza llegaba a la altura de mi hombro. Me quedé observándole unos instantes, yo esperaba quizá alguna pregunta, tal vez por una dirección o, quien sabe, pedirme alguna limosna; pero no, de pronto, me dijo con inesperada energía, casi gritando: ¡Champá, Shangri-La, champá! (que sonaba algo así como: Xampá, Shangrilá, xampá). Evidentemente yo no entendía lo que me estaba diciendo aunque me lo repitió varias veces: ¡Champá Shangri-La, champá! Me encogí de hombros y meneé la cabeza, que me parece algo así como un signo internacional de no tener ni puñetera idea de lo que me hablaba y, para subrayarlo, le dije en mi mal inglés: “I Don’t Know”. Entonces, él, metió la mano en un zurrón que llevaba colgado en bandolera y extrajo una pequeña bolsita de piel que, extendiendo el brazo, me ofreció. Al principio me negué a aceptarla porque pensé que me estaba queriendo colocar algún suvenir o artesanía y no están los tiempos para comprar sin ton ni son, pero el anciano tomó mi mano con extremada delicadeza y colocó en la palma la bolsita sin darme tiempo a negarme; visto lo cual, rebusqué alguna moneda en mis bolsillos para acabar de una vez por todas con aquella escena. Sin embargo, con voz dulce y clara, en perfecto castellano, me dijo: No, no tienes que pagarme nada. Es un regalo. Fue un alivio saber que podía entenderme con él y, además, su voz transmitía cierta confianza pero, más que nada, es que yo comenzaba a sentir alguna curiosidad por todo lo relativo a aquel extraño personaje, comenzaba a plantearme algunas dudas y la necesidad perentoria, un tanto incomprensible, de obtener respuestas. Después descubriría que esas sensaciones no habían hecho más que empezar porque se convirtieron en una constante a lo largo de todo aquel encuentro.

–Ah! Bien, gracias…pero… ¿Qué es esto? –le pregunté.

–¿Has oído hablar de Shangri-La? –me preguntó.

— ¿Shangri-La?… –hice un rápido recorrido por mi memoria y balbuceé la primera respuesta que encontré en ella– Creo que es… ¿una ciudad perdida… mítica?…Algo he leído e incluso…había una antigua película sobre ella… ¿no es eso?

— Ven, vamos a sentarnos aquí, tengo que contarte algo –me dijo, dirigiéndose hacia un banco de granito que había allí mismo. No me negué. Nos sentamos. La mañana era especialmente luminosa y la agradable temperatura hacía muy propicio aquel lugar para mantener una conversación. Para qué seguir engañándonos; lo cierto es que aquel individuo tenía cierto magnetismo y que, yo, quizá, soy demasiado curioso. Eso me pierde.

–La bolsa que acabo de darte –me dijo– contiene el estigma de la flor de Champá que son utilizados desde tiempos inmemoriales en mi país para preparar un incienso de asombrosas cualidades. Consérvala porque podrá ayudarte en algún momento de tu vida.

–Esta flor, –prosiguió, sin darme tiempo a decir nada– aunque después se ha cultivado en otros lugares, es originaria del valle de Shangri-La, de dónde yo procedo y que, no es exactamente una “ciudad mítica” como tú dices. Realmente es un valle con varias ciudades y, además, efectivamente existe, no es producto de la fantasía pero, permíteme, que por razones que comprenderás cuando hayas escuchado lo que voy a contarte, no desvele su situación, además, realmente tampoco viene al caso. Shangri-La, es un lugar de muy difícil acceso, rodeado de altas montañas de nieves y brumas perpetuas. Curiosamente, las sendas que parecen conducir a él, por no se sabe qué razón, caprichosamente confunden al viajero, siendo lo normal que, creyéndose cerca del valle, en realidad, estén a muchas millas de él, en dirección opuesta o, incluso, en otro continente. Por otra parte, no figura en ningún mapa y un extraño fenómeno natural, quizá magnético, hace que allí las brújulas y los GPS enloquezcan e, incluso, sea invisible a los modernos sistemas de vigilancia y navegación, como los satélites. En fin, podríamos decir que, efectivamente, es un lugar perdido, el último reducto inexplorado de la Tierra. Sin embargo, a pesar de todo, a principios del Siglo XX, un aventurero inglés se extravió y llegó hasta allí por pura casualidad después de un accidentado viaje. El hombre, tras de muchos días de camino sin agua ni alimentos, estaba extenuado y en un estado de salud muy precario. Contrariamente a lo que se podría suponer por nuestro tradicional aislamiento, somos gente muy hospitalaria y le dimos atención y asilo. Tras varios meses de cuidados y descanso consiguió recuperarse totalmente y se integró en nuestra comunidad. Aprendió nuestras tradiciones y costumbres, convirtiéndose en uno más de nosotros. Sin embargo, algunos años después, cuando todos pensábamos ya que se quedaría definitivamente a vivir allí, desapareció sin más. Parece ser que regresó a Inglaterra donde la fortuna le dio la espalda y acabó contando su historia a cambio de unas monedas o, simplemente, de que le invitaran a beber.  Así, la aventura que casi le cuesta la vida y todo lo que vio y vivió en los años que estuvo con nosotros, fue corriendo de boca en boca, adulterándose y haciéndose una narración cada vez más fantástica, hasta llegar a oídos de un escritor que la utilizó para su novela que, después, fue llevada al cine. Debe ser esa la película a la que te refieres.

–El auténtico  Shangri-La –continuó– nada o muy poco tiene que ver con la imagen que de él se ha dado en tu mundo. Es cierto que somos una comunidad solidaria, pacífica y justa, con un alto grado de bienestar social y un eficaz sistema político basado en la sabiduría de los ancianos; tal vez, todo eso fue posible porque tenemos cuanto necesitamos y no existen otros bienes ni riquezas que ambicionar. También es verdad, que quizá debido al clima, a la alimentación o a las costumbres, nuestra edad media de esperanza de vida es muy alta, aunque, naturalmente, no somos ni mucho menos una sociedad perfecta, ni irremediablemente feliz ni, por supuesto, los habitantes de Shangri-La, somos inmortales, como se ha llegado a decir. El caso es que aquellas historias deformadas y fabulosas hicieron que muchos aventureros y buscadores de la eterna juventud se lanzaran en pos de aquella supuesta tierra de promisión; nos convertimos para nuestra desgracia en el nuevo El Dorado. Así que, mientras que otras ciudades, como la antigua Zhongdian, cambiaron sus nombres y adoptaron el de Shangri-La para atraer turistas, nosotros tuvimos que ocultar nuestro verdadero nombre para proteger nuestra forma de vida. Aun así, nos vemos continuamente amenazados, víctimas de una falsa leyenda que nos persigue como un perro rabioso…

En aquel punto de la conversación, ocurrió el primer golpe de teatro: El hombre se incorporó en su asiento, abandonando su relajada posición; entrelazó sus dedos y puso las manos, con las palmas hacia arriba, sobre su regazo. Cerró los ojos y musitó una retahíla de raras palabras que tenían cierta cadencia sonora, parecía una poesía o una oración que, por supuesto, no entendí. Cuando hubo terminado, me miró complaciente y me dijo: Perdona, estaba hablando con mi Maestro, le contaba mi encuentro contigo…

¿Sin teléfono móvil? ¿El tipo quería hacerme creer que estaba hablando telepáticamente con alguien? Pues no; lógicamente no me lo creí. Estaba claro que quería tomarme el pelo. Ya solo me faltaba localizar el emplazamiento de la cámara oculta, pensé. Mi cara debió reflejar toda la incredulidad y el estupor que yo sentía, incluso, comencé a sentirme molesto ante lo que consideraba una burla. Él debió darse cuenta y se apresuró a explicarme.

–Amigo mío, –me dijo en tono conciliador– en tu mundo optáis siempre por lo más difícil. Inventáis y fabricáis complicadas y maravillosas máquinas que os proporcionan bienestar y desarrollo. Gracias a ellas podéis desplazaros sin esfuerzo miles de kilómetros; podéis no sufrir el frío del crudo invierno, ni el calor en el duro estío; también, os es dado curar y protegeros de algunas enfermedades y, en fin, podéis comunicaros entre vosotros a mucha distancia. Son máquinas muy ingeniosas… pero que dan soluciones a problemas inexistentes. Estudiando y desarrollando, como hicimos nosotros, las poderosas facultades que están en la mente del Hombre, no las necesitaríais. Por ejemplo, acabas de asistir a mi conversación telepática con mi Maestro y tú te extrañas; sin embargo, si hubiera puesto en mi oreja un aparato de apenas unos centímetros, de esos que utilizáis todos vosotros, te habría parecido algo absolutamente normal. Pero, si lo piensas, lo realmente normal, es que yo utilice las posibilidades que me da mi mente, que están ahí y que, con sólo aprenderlas, desarrollarlas y controlarlas, puedo fácilmente comunicarme a distancia con otras personas que también dominan esa capacidad; además de hacer cosas que tú sólo concibes con la ayuda de las máquinas, puedo hacer otras que te asombrarían, porque, ni siquiera con tus artefactos, tú podrías conseguirlo. Tu civilización ha optado por el camino difícil, despreciando lo sencillo: los inmensos poderes de la mente humana.

Voy a hacer un inciso aquí. Me parece que debo preveniros sobre lo que os voy a relatar a continuación, porque, si lo que he contado hasta este punto, puede resultar un tanto sorprendente, lo que viene ahora, es aún más difícil de creer. Lo sé, pero tengo que hacerlo por fidelidad a la historia.

En aquel momento, el hombre, se dirigió a mí en un lenguaje absolutamente desconocido e incomprensible.  No se parecía absolutamente en nada a cualquier idioma que yo hubiera escuchado anteriormente. Dijo unas palabras, unas frases que no me atrevo a reproducir, a sabiendas de que yo no me estaba enterando de nada. Después, de nuevo en perfecto castellano, me dijo:

–Esto que acabas escuchar son unas palabras de salutación en mi lengua, la lengua que se habla en mi país. Así es como yo hablo siempre, quiero decir que, aunque me escuches ahora hablar tu idioma, no sé realmente hablar español. Yo viajo por todo el mundo y hablo a las gentes de cada lugar en su propia lengua, pero naturalmente yo no sé todos los idiomas; sin embargo, mi mente, debidamente adiestrada, es capaz de traducir simultáneamente mis palabras y hacer que mi boca se exprese en distintos idiomas que ni yo mismo entiendo. Perdóname por desconcertarte, podría haber silenciado este pequeño truco, pero he querido mostrarte otro ejemplo de las inmensas posibilidades del poder de que te hablaba.

Que cada cual piense a su antojo; yo no supe qué creer entonces, ni lo sé ahora, pero sinceramente tengo que admitir que, al menos en aquel momento, me pareció comprensible y hasta lógico su razonamiento. Asumo también, aunque alguien pudiera tacharme de ingenuo, que deseché la idea de que aquel hombre tuviera la intención de burlarse de mí. Sin embargo, ese acto de fe por mi parte no era gratuito; tenía un precio, pensé: Que me dijera ya, de una vez, a dónde quería llegar y por qué me contaba todo aquello.

Curiosamente, no tuve que decir nada porque él, pareció leerme el pensamiento, me dijo:

–No te impacientes. Ahora aclararé tus dudas. Verás: Hace muchos años, nosotros éramos una comunidad feliz en nuestro aislamiento del exterior, nuestra vida transcurría plácidamente con un modelo de convivencia que costó siglos perfeccionar, sin embargo las habladurías sobre Shangri-La provocaron un auténtico acoso a nuestra forma de vida y solamente nos ha protegido hasta ahora nuestro ignorado emplazamiento. Sin embargo, somos conscientes de que tarde o temprano se nos localizará y sufriremos la invasión indiscriminada de cuantos avariciosos pretendan obtener las riquezas y los prodigios que equivocadamente creen que atesoramos.

–Hace 50 años –prosiguió– el Consejo de Ancianos decidió que, antes de que eso ocurriera, deberíamos tomar las medidas oportunas para intentar evitarlo. Era una pretensión muy ambiciosa por nuestra parte, pero valía la pena. Se debatió largamente sobre las distintas posibilidades y finalmente se pensó que lo más conveniente sería ofrendar al mundo exterior alguno de nuestros secretos y, en definitiva, emprender acciones encaminadas a ayudar a las gentes de otras naciones para que fueran felices en los lugares donde viven y no tuvieran necesidad de ir, como Ulises tras los cantos de sirena, a buscar remedios milagrosos y utópicos a lugar alguno…

–¿Qué piensas del Amor? –Me soltó así, inesperadamente y a bocajarro. Naturalmente, yo estaba fuera de juego pero, por fortuna, era una pregunta retórica y continuó– ¿Cuando estás acompañado de una persona que para ti es el centro del Universo y observas que todo alrededor se difumina y desaparece porque ella es tu Razón, entonces, necesitas algo más?

–Nosotros creemos –prosiguió impasible, sin esperar respuesta alguna por mi parte– que el Mundo, tu mundo, está falto de Amor y de otros sentimientos que atan con sólidas ligaduras a la gente. Las personas, cuando se relacionan entre ellas, duradera y satisfactoriamente, se sienten conformes con sus vidas y menos predispuestas a abandonar sus hogares en busca de espejismos como la eterna juventud o embarcarse en pos de una supuesta felicidad que siempre parece estar mas allá, nunca en sus casas…creen que las flores del vecino son siempre más hermosas que las de su propio jardín y, amigo mío, olvidan que la Felicidad es como el cartero: tiene tu dirección, sabe dónde encontrarte; te encontrará, es inútil salir a buscarla.

–Así que se decidió, entre otras cosas, que 200 de nosotros, entre ellos yo, recorriéramos los caminos de las naciones ofreciendo a algunas personas, elegidas por nuestro instinto, la flor del Champá.

Yo seguía atenta y plácidamente su narración aunque me resultara difícil de hilvanar unos pasajes con otros. Me sorprendía a mí mismo que, dada mi habitual impaciencia, no le hubiera interrumpido varias veces ya con algunas de las muchas preguntas que se agolpaban en mi cabeza, dudas más o menos curiosas o, más o menos, transcendentes como, por ejemplo, si debía interpretar por lo que me decía que este anciano llevaba 50 años recorriendo los caminos del mundo; pero, como ya he dicho, era una agradable mañana, me gustaba su conversación y, sobre todo, es que poco a poco, él iba respondiendo a todas mis preguntas sin necesidad ni siquiera de plantearlas. Así que decidí limitarme a escuchar, ya habría tiempo al final de pedirle alguna aclaración si fuera preciso.

Efectivamente, una vez más, me contestó sin haber yo preguntado y me dijo:

— Te preguntarás las razones por las que te cuento, precisamente a ti, todo esto. Te lo diré: La verdad es que no hay ninguna razón concreta o al menos yo no soy consciente de ella. Tengo con las personas una especie de intuición, implantada por mi Maestro, algo me indica quienes pueden ser aquellas más beneficiosas para nuestros propósitos, no sabría cómo explicártelo, pero al verte sentí que eras una de ellas, que debías ser uno de los depositarios de nuestro mensaje. Llevo muchos años intentando transmitir este bien; me hice viejo lejos de mi querida Shangri-La y en este tiempo creo haber desarrollado la capacidad de conocer a las personas y saber cual de ellas son más idóneas para nuestros objetivos. Tú serás una de las últimas en recibirlo de mí. Los aires de tu mundo no me son demasiado propicios y pronto moriré en cualquier lugar sin volver a ver mi Valle; pero eso no importa, será poco sacrificio si contribuyo a que se consiga la supervivencia de mi pueblo, tal como siempre lo conocí. Mi vida o mi muerte es lo de menos, quizá lo más importante viene ahora. Así que continuaré. Ya falta poco para terminar mi relato y debo proseguir mi viaje.

— Existe una leyenda en mi país –siguió su exposición– relativa a la flor del Champá que poca gente conoce y que voy a contarte para terminar. El incienso que se obtiene de esta flor tiene un olor muy peculiar y se comercializa por ello; pero nada comparado con sus auténticas e ignoradas propiedades. Se dice que si se cumple cierto ritual en su uso, su influencia en las relaciones de las personas puede ser muy beneficiosa, sin embargo, en caso de que no se cumplan unas sencillas normas, su efecto podría ser muy perjudicial. No lo olvides nunca porque es un arma con dos filos.

— La leyenda dice que cuando una persona conoce a otra y desea que esa relación, sea profunda y duradera, debe obsequiarle, en los primeros encuentros, siempre ha de ser en los encuentros iniciales (esto es importante), con unas porciones de incienso de Champá. Pero para que el prodigio se cumpla, la persona que lo recibe, si también desea perpetuar esa correspondencia, debe consumir el incienso poco a poco pero sin pausa, hasta su consumo total. Si así lo hace, la relación nacida al ritmo ininterrumpido del humo del Champá, no se consumirá porque será el incienso, la esencia de la flor, la que se consuma en su lugar. Según nuestras creencias, cuando el Amor o, incluso, la Amistad se pierden, se convierten en humo y ascienden a la cumbre del Monte Meru (1), reclamados por el Dios Destructor Shivá (2), y allí se quedan ya durante toda la eternidad. El grandeza del Champá, quemado convenientemente, es que su humo ocupa el lugar del que pudiera resultar de un amor fracasado y asciende, con lo cual el Señor Shivá ya no reclama su tributo y la relación resulta duradera y fructífera; pero, cuidado, porque en caso contrario, si la persona obsequiada, la olvida en un cajón o no se preocupa de seguir estas sencillas instrucciones, la relación será un doloroso fracaso y sólo producirá amarguras y sinsabores en la pareja. Debe, pues, únicamente ser usado cuando se tenga indudable interés y se presuma buena acogida en la respuesta de la otra persona.

— Ya sabes todo lo que tenía que decirte. Podrás conseguir más incienso de Champa con las mismas propiedades en muchos otros lugares, ya te digo que el cultivo de esta flor está muy extendido. Lo importante es cumplir las reglas que dice la leyenda. Sé que utilizarás bien y divulgarás esta historia, por eso te la confío. Ese ha sido mi propósito.

— Ahora, amigo, –me dijo, mirando al frente, mientras se ponía en pié– ya sabes todo lo que te será necesario para realizar el papel que te ha reservado este capítulo de tu vida… Este es el punto exacto del Mundo y el momento justo de los Tiempos, según me indicó mi Maestro Swami, Señor de Shangri-La. Todo ha sido cumplido conforme a sus enseñanzas. El mensaje, se estima, se ha transmitido fielmente y ha sido acogido por la persona elegida.

Estas últimas palabras no parecían dirigidas a mí, sino más bien, parecían ser un ritual o una oración con los que él concluía cada “misión”, así que no quise preguntar más sobre ellas. El caso es que estaba yo callado, un tanto abstraído, pensando en todo aquello que acababa de escuchar, cuando el hombre que seguía sin mirarme, comenzó a andar, satisfecho y sin mirar atrás, en dirección al pórtico de piedra que da entrada y salida a la ciudad.

No volví a verle.

No sé cuánto tiempo duró nuestra conversación. El sol se marchaba hacia su lecho atlántico y ya sólo acertaba a pintar las cornisas mas altas de los edificios. Se había vuelto de un tono cobrizo y apagado. Ahora por las calles, un poco más sombrías, corría una suave brisa. Comenzaba a hacer frio. Me levanté y me puse en camino de regreso a casa.

Hasta aquí la historia que me propuse contar. He pasado varios años intentando digerirla y ahora creí llegado el momento de “divulgarla” como pareció indicarme aquel hombre. La releo una y otra vez y la verdad es que se me antoja incompleta, como si le faltara alguna conclusión o enseñanza, pero no acierto a dársela. Quizá es pronto aún y haya que esperar algún tiempo para poder interpretar todo aquello. Tal vez, a partir de ahora, una vez publicada con los modestos medios a mi alcance, seáis vosotros los que con vuestras propias experiencias, os encarguéis de escribir el capítulo final, confirmando la veracidad o falsedad de la leyenda.

Sólo puedo añadir para terminar que, por mi parte, en este tiempo, solamente en una ocasión, puse en práctica la ofrenda del sándalo y se cumplieron escrupulosamente por ambas partes las legendarias reglas. ¿El resultado? Bueno, como comprenderéis, al tratarse solamente de un único resultado, es  absolutamente irrelevante a efectos estadísticos, así que prefiero silenciarlo.

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(1) Monte Meru, montaña mítica que se considera sagrada en varias culturas.
(2) Shivá, Dios Destructor en el hinduismo.
Extractos de otras Publicaciones:

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…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

2 thoughts on “El valle del humo.

  1. Tardaste pero el resultado es (como no podía ser de otra manera) el esperado, has conseguido que viva ese acontecimiento, que lo releea…quien sabe si verdad o mentira…el poder de la mente está por demostrar… gracias!

  2. Muy bonito relato,cumpliste en contárnolo, aquí es buen lugar para su divulgación , que las personas tenga oportunidad de conocerlo y analizarlo.Una vez mas gracias por ser generoso.Te echamos de menos…te deseo todo lo mejor…

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