El Biperfumismo.

En el gimnasio al que asisto diariamente a ganarme el sudor de mi frente, en el mostrador de la recepción, hay dos enormes frascos pulverizadores de perfume. Cada uno de los tarros contiene una determinada fragancia, que les voy a llamar fragancia A y fragancia B, y son una deferencia del centro que los pone a disposición gratuita de sus clientes, los cuales, al salir, después del ejercicio y de la ducha, tienen la opción de perfumarse con alguno de los dos aromas.

La reacción de los usuarios, ante semejante dádiva, varía. Hay de todo, aunque me llama la atención aquellos que, atacados por el ansia febril del “gratis-total”, caen en una especie de trance y se comportan ante los recipientes de esencias como en el bufet libre de un resort, es decir: Poniéndose “hasta culo” de, en este caso, agua de colonia. Pero ese es otro tema.

Pues bien, a lo que voy. Hoy, cuando iba yo caminando hacia allí, pude establecer a golpe de nariz y prescindiendo de los inclasificables que no se habían duchado, que me cruzaba con cuatro clases de personas, a saber: Los que olían a A, los que olían a B, los que no se habían perfumado ni con A ni con B y, por ultimo, los que no procedían del gimnasio. Esto me dio que pensar y, así, mentalmente y con la cuenta de la vieja, con unos y otros, hice una somera estadística de andar por casa e intenté analizarla.

Resultaba que un gran grupo había optado por A y otro, casi igual de numeroso, se había decantado por B. La razón más elemental de su elección podría estar, pensé, en que a éstos realmente les gustaba una de las dos fragancias; sin embargo, es posible también, que no les satisficiera realmente ninguna, pero, como decía aquel, “es lo que hay”; son una forma de ir oliendo bien y gratis, no hay que molestarse en pensar mucho y, en fin: dar un tufillo agradable sin apenas costos. O, vaya Ud. a saber, lo mismo fue porque son partidarios del olor A o, por el contrario, del olor B, porque, aún sin conocerlos, es el que les resulta más familiar, el de toda la vida de su casa, o el de sus padres, o el de su prima Puri. Incluso puede haber gente que elige A y siempre lo hará, simplemente porque odia visceralmente a B, o viceversa, por razones tan peregrinas como que hace 70 años, pongamos por caso, a su abuelo le cayó en un ojo el perfume B y se le puso como un pimiento morrón y, desde entonces, sin ni siquiera olerlo, todo lo referido a él, le apesta. Estos tipos jamás de los jamases utilizaran esa hediondez llamada B. ¡Faltaría mas!. Y, repito, o viceversa, que lo mismo que le pasa a B, ocurre a la reciproca con A.

Otro grupo menor, está constituido por clientes del gimnasio que, aun pudiendo y teniendo derecho, “pasan” de las dos opciones que se les ofrece y prefieren oler a “su aire”; esos aromas son alternativas poco conocidas, algunas extrañas, otras descabelladas, irrelevantes y casi inodoras todas.

Por último, hay un grupo marginal formado por, no se sabe a ciencia cierta si son torpes o descontentos con ganas de joder, que, al intentar perfumarse, caen al suelo los frascos y se hacen añicos. A éstos, junto con los ese otro grupo que ni siquiera va al gimnasio (¡con lo beneficioso que es, oiga!) tal vez les valdría la pena y se decidieran a oler “a algo”, de ser los perfumes lo suficientemente atractivos y embriagadores, pero, claro, hay que tener en cuenta también que el establecimiento no puede, naturalmente, tener opciones al gusto de la pituitaria de cada cual…

En estas consideraciones estaba yo cuando, de pronto, me dije para mis adentros: ¡Coño, qué curioso paralelismo con un colegio electoral!

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