Cupidos mocosos.

 

Pequeño restaurante de ambiente parisino. Minimalista y coquetón. Siete u ocho mesitas biplaza, muy juntas, apiñadas en el diminuto local, a un palmo unas de otras; aquello no daba para más. Música suave de fondo, iluminación tenue. Ya se hacen una idea: el típico restaurante romántico para parejas. Todo a propósito para una conversación sotto voce; al frente, unos ojos como espejos, a tiro de aliento, y unas rodillas jugando a la gallinita ciega bajo la mesa. En una palabra: El Universo, acondicionado para dos, en un metro cuadrado.

Se daban las condiciones: el corazón expectante, el estomago, vacío. Todo estaba planeado y la suerte, echada. Nada original: A los postres, la mano encelada avanzaría, con cuidado de no caer la copa de vino tinto, buscando su mano. La pequeña mesa, se hace interminable. La almadraba del mantel de cuadros captura sus dedos plateados y escurridizos y, los míos, por fin, los apresarían. ¿Cuál será su respuesta? He ahí la gran duda, orbitando alrededor de la mortecina lámpara de esparto; es el misterio de aquel microcosmos que va desde vinagrera hasta el cesto del pan, porque, el resto, alrededor, se funde con el tono pastel de las paredes y desaparece. Afuera, espera la noche, como una promesa envuelta en papel de regalo.

De pronto, se rompe la magia. ¿Digo se rompe? No. La magia explota en cien mil pedazos y se va todo a la mierda. Tres o cuatro críos de entre 2 a 5 años, gritando y corriendo entre las mesas, tirando de los manteles y derramando el vino. Una manada de tiburones circundando aquellas paradisiacas islas de cuatro patas. El más pequeño, como en trance, iba tras la estela de los mayores y era pisoteado por ellos cuando volvían sobre sus propios pasos e iniciaban de nuevo la carrera. Él, lloraba, es verdad que con poca convicción en el llanto, pero como nadie le hacía caso, volvía a levantarse y a correr. Incluso pasaba del llanto a la risa y viceversa, sin solución de continuidad. Otras veces, se quedaba quieto, como pensando, al punto, le daba un arrepío y, como si hubiera escuchado una voz interior que le exhortara, se dirigía a la mesa sin ocupar, cuidadosamente engalanada para reclamo de posibles clientes que había en la entrada, cogía el pan que estaba preparado, lo masticaba y lo volvía a depositar en su lugar. No se puede negar que los futuros comensales de aquella mesa, tenían parte del trabajo ya hecho. Y, así, todo el rato.

A mi pareja se le ocurrió decirle no sé qué monería a uno de ellos y eso definitivamente nos perdió. Ella, que se había puesto guapa para mí, recibió como premio algo inidentificable, pegajoso y con tropezones, que se sacó de la boca el pelirrojo y le puso encima de la falda nueva. Yo, claudiqué y acabé dándole mi Quiche Lorraine a uno que me miraba mendigante, con dos hileras de mocos que le caían de la nariz y abrazaban su chupete. Él, generoso y atento, agradeció mi atención colocándome el aderezado tete encima del plato. En ese momento, comprendí que habíamos sido elegidos la pareja más simpática con los niños del comedor y, sus permisivos padres, nos habían obsequiado con el uso y disfrute de aquel comando que nos había declarado la guerra. Mientras, ellos, los padres, libres y desentendidos de tal pesadilla, en un rincón, disfrutaban plácida e impasiblemente de una cena, esa sí, romántica.

No es que no me gusten los niños, pero cada cosa (es una forma de hablar) en su sitio. No puedo entender cuando veo, como he visto a veces, a una criatura de estas dormida o intentando dormir, en su sillita, a la una de la madrugada, en un bar de copas.

Tampoco quiero ganarme la crítica de ustedes, comprendo que son temas sensibles, por tanto, no diré que, amparados en el derecho de admisión, este tipo de locales (solo este tipo, que conste) deberían, al menos, desaconsejar la entrada a niños pequeños. No lo diré. Me quedaré con las ganas, aunque sí se haya hecho con los fumadores, siendo menos molestos. Pero, quizá, sugiero, en un cartel en la puerta, vendría bien que sutilmente se alertara a los padres. Por ejemplo: Ambiente Tranquilo para Adultos…. Al buen entendedor…

Y, desde luego, lo que sí voy a decir, aunque resulte impopular, es que en todo caso, siempre, deben ser los padres quienes sepan a qué lugares y qué horas se deben llevar a sus crios. Los niños han estar en su ambiente natural, donde puedan jugar libremente: Lugares amplios, ventas (a ser posible con columpios), parques, etc. Y, aún así, hay que estar siempre pendientes de ellos, limpiarles los mocos y, si se les lleva a un restaurante, en lugar del recurrente potito hecho de casa, mirar a ver si les gusta la Quiche Lorraine. En fin, lo que hice yo cuando los míos eran pequeños: ocuparme de ellos y de que no den el coñazo a los demás.

 

Extractos de otras Publicaciones:

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3 thoughts on “Cupidos mocosos.

  1. Jajajajaja pobrecito agredido de aquella manera por la impetuosidad infantil, todo tiene su parte buena digo yo… medir el grado de paciencia que uno puede llegar a tener en determinadas ocasiones?
    De todas formas tienes mucha razón, cada “cosa” tiene su lugar y momento…Saludos y gracias nuevamente!

  2. Totalmente de acuerdo. Los niños a cierta hora, en la cama, a dormir, soñar, descansar y cargar pilas. Al día siguiente disfrutar, ser felices, jugar en el parque, soñar, ahora despiertos y no estar nunca, nunca, nunca, en los bares, a ninguna hora, prohibido totalmente, como también prohibido que estén en las conversaciones de mayores, o delante de la tele viendo programas inadecuados, y totalmente prohibido dar el coñazo a los adultos, ni siquiera a sus padres….

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