A quien corresponda. (Típica carta abierta, complicada ahora por la existencia de múltiples administraciones)

El que suscribe, natural y vecino de Badajoz, ante V.I., comparece y como mejor proceda,

EXPONE:

  • Que la casa en que nació (en adelante, La Casa), situada en la Plaza de San Andrés o de Cervantes (en adelante, La Plaza), fue el escenario de los primeros ensayos para esta obra de representación única, y ya avanzada de actos, que es su vida (en adelante, Mi Vida).
  • Que, a falta de TV y plaiesteision, La Casa tenía un patio (en adelante, El Patio) que era tan grande que podía cabalgar un vaquero. Aquel forastero un día mordió el polvo cuando la jefa del fuerte, zapatilla en mano, descubrió que había pinchado las tuberías de plomo con la aguja de un compás.
  • Que El Patio, en verano, sin duda influido por el Plan Badajoz de la dictadura, era astutamente reconvertido en piscina, mediante un ingenioso sistema que consistía en taponar el sumidero con un trapo (de felpa) de aquellos de fregar (de rodillas) y dejar el grifo abierto. Aunque dicho pantano nunca fue inaugurado oficialmente por aquel Sr. del bigote y la voz aflautada, ni salió en el NO-DO, no se puede imaginar “lo bien que nos lo pasemos“.
  • Que La Casa tenía al fondo unas habitaciones que habían sido cuadras de caballerías donde en Navidad se montaba el Nacimiento, con moco de fragua y polvos de talco, con ríos de espejo y estrellas de plata pegadas sobre un papel azul. Eran también el consabido escondite cuando el que suscribe huía de José María, el practicante, que venía en su Vespa, con la jeringuilla del doloroso Farmapen en ristre y dispuesto a acabar con los catarros.
  • Que en la cocina había una mesa donde su madre se sentaba a apartar las piedritas de las lentejas, mientras en la radio escuchaba “Matilde, Perico y Periquín”.
  • Que, enfrente, estaba la casa de Felipe, su mejor amigo, dos años mayor y por tanto era una especie de chivato del futuro. Por beber, un día se bebió los Vientos y se fue con ellos.
  • Que al lado, vivía Mari Carmen. Tenía los ojos azules y un umbral de mármol que marcaba el límite de un mundo prohibido y donde las promesas tenían fijada la fecha de caducidad. También marcaba los muslos, a golpe de hora sentado en él con pantalones cortos.
  • Que por la tarde, a la vuelta de la Politécnica, un rato en La Plaza. Pan con chocolate; higos chumbos pret-a-porter, mondados sobre la marcha con magistral destreza por el vendedor, a la vista del cliente; palotrato de la Sra. Manuela.
  • Que a cada costado de La Plaza, de todas y cada una de las direcciones, salía una calle, p’arriba y p’abajo, al este y al oeste, todas libres para elegir, anchas y largas, todas por andar aún. Incitando. Presagiando.
  • Que en El Patio había una parra.
  • Que un día, sin saber por qué, tuvo que irse de La Casa y todo aquello acumulado durante años se quedó allí, entre aquellos muros, junto con los Reyes Magos, el Capitán Trueno, los zapatos Gorila y el olor a la masilla de los cristales.
  • Que el tiempo ha pasado, pese a las estrellas de plata del Nacimiento.
  • Que, finalmente, en estos días, ha vuelto por su antigua calle y que, si bien encontró La Casa en aceptable estado de conservación, le inquietó el hecho de que, alrededor de ella, otras casas de edad similar ya han sido derribadas y en su lugar se levantan bloques de modernos apartamentos y teme que ésta pudiera correr la misma suerte. Por todo ello,

Suplico a V.I.

  • Que visto lo visto, si el actual propietario de la finca decidiera derribarla y, como es preceptivo, solicita a V.I. o a la Comisión correspondiente, licencia de obras para ello, se sirva denegarla, pudiendo argumentar lo que sigue.
  • Que, de la misma forma, que existen edificios y fachadas protegidas, por cuestiones históricas, arquitectónicas, o de impacto medio ambiental, en este caso, su demolición podría provocar un impacto emocional, término éste cuyo uso se le cede a estos efectos.
  • Que El Patio y la parra sean declarados Patrimonio de la Humanidad.
  • Que, al igual que algunas sentencias judiciales, ocasionan alarma social, y dado que no andamos demasiado sobrados de elementos tangibles (no así, de apartamentos vendibles y pisos piloto) que sustenten la teoría de que antiguamente, al principio de la vida del hombre existía un periodo de inocencia, a cuyo término se iniciaba el envejecimiento, ya que, parece ser, que en las generaciones actuales esto ya no se da o, si se produce, dura un suspiro, y, en la nuestra, ocurrió hace tanto tiempo que ya quedan pocos vestigios que lo acrediten, la autorización para el derribo de La Casa, y de otras como esta, también provocaría en los de mi quinta una evidente alarma social e, incluso, pánico general. Fijo.
  • Que, en definitiva Sr. V.I., dicte la medidas oportunas para proteger a La Casa de las amenazantes trompetas de Jericó, porque quisiera que hubiera un adelante (en adelante, en adelante) para que podamos seguir hablando en adelante de La Casa, de aquella casa donde se nos quedó la presunta niñez.

Es gracia que espera alcanzar de V.I. cuya vida Dios guarde.

Extractos de otras Publicaciones:

…el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes. Continuar leyendo...

Hay días que entiendes perfectamente por qué Peter Pan no quería crecer.

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.