Yo hablo con las puertas.

Anoche, cuando llegaba a casa, me entretuve un rato hablando con la puerta de entrada de mi portal. Ella insistía en que yo era muy callejero y salía demasiado. Le argumenté que era normal en un tío que vive solo no estuviera todo día en casa y saliera de vez en cuando a tomar una cerveza. Ella, tozuda, me dio datos y me puso ejemplos para apoyar su aseveración. Que si el vecino del 3º, también sólo, sale tantas veces a semana, mientras que tú…que si esto, que si lo otro…

Le dije:

  • Mira, Puerta. Tú, cómo todas las puertas, excepto, si acaso, la del Cielo y la del Infierno, tienes una doble personalidad que te la pisas. Tú, como sabes, eres puerta de salida pero también, que no se te olvide, eres puerta de entrada. Es decir que si me ves salir mucho, también me ves “mucho entrar”…

Mi argumento era un subterfugio, ya lo sé, pero estábamos en plena campaña electoral y no se notó mucho. Yo lo que quería era acabar con aquella conversación para poder acostarme. Y así lo hice.

Y es que las puertas hablan.

A veces es un leve quejido lastimero que emite, al abrir o cerrar, como un lamento apenas perceptible, procedente de sus artríticas bisagras, gastadas ya de nuestro iryvenir. Nos suplican un poco de lubricante Tres-en-Uno.

Las puertas nos observan; llevan la cuenta de nuestras entradas y salidas. Son como vomitorios por donde los actores nos incorporamos al vodevil de la vida y, también, por donde hacemos los mutis.

Impenitentes, controlan y valoran cada travesía nuestra bajo de su dintel. Pero no solo nos hablan, os diré más: Las puertas también hablan de nosotros, de sus dueños, al viandante.

Hay puertas sencillas, como la mía, metálicas, que en los barrios antiguos sustituyeron en algún momento y a la fuerza al humilde portón de madera, que se vino abajo herido por el Tiempo y los zarpazos de la fregona. A veces no se acierta con la pintura del hierro, o con el color del aluminio o el tipo de PVC, y la puerta es a la casa lo que un par de pistolas a un Santo. Entonces la puerta habla y dice que su dueño es un hortera.

Otras puertas gritan su alta cuna. Anchas, como el ego del que la habita. Se engalanan con remaches y herrajes dorados. Aquí vive don Fulano de Tal; de los De Tal y Tal de toda la vida – grita la emperifollada puerta- Porque las puertas, al final, son como los perros falderos, que acaban pareciendose a sus dueños.

O, la de aquella dama del botox y la silicona. Se preciaba en las reuniones con sus amigas de no tener echada la llave a la puerta jamás y que “siempre estaba abierta para todos, y si alguna vez estaba cerrada –anunciaba rimbombante-, dejaba una llave en el macetón de la entrada…” La tiparraca vivía en una selecta urbanización, privada y con vigilantes jurados, cámaras de seguridad y alarmas conectadas a la policía. El cartero autorizado para entrar tenía que pasar todos los días por un escáner de córnea. Y se las daba de campechana, la hija de la gran puerta.

Las puertas, es verdad también, miran con un poco de recelo a los humanos, no les debemos resultar demasiados simpáticos. Por eso nos hablan un tanto cabreadas y bordes.

No deberíamos extrañarnos porque hemos de reconocer que la gente se caga en las puertas…se caga, y se mea, y echa la pota. No sé por qué, podían hacerlo en la pared igualmente, pero gusta más el quicio de la puerta. Quizá es que el recodo da más intimidad y protección. O, tal vez, es por aquello de que todo el mundo se plantea eso de si las paredes hablaran…Pero nadie dice nada de las puertas que, como estoy demostrando, son realmente las parlanchinas. Algunas puertas se han hecho famosas por soportar habituales evacuaciones de los transeúntes, por ejemplo, El Postigo de San Rafael. Pero ese es otro tema.

A mí las que me gustan más realmente son las puertas entreabiertas de mi niñez. Pasar en verano, con la calle a 45 grados, a la altura de un portal con la puerta entreabierta. El interior te acariciaba, te atraía, te engatusaba. Era un beso fresco, con labios de pizarra y aroma de jabón Lagarto y legía. Y, a medio día: A cocido.

Y, si recuerdo aquellas puertas entreabiertas, lo que no puedo olvidar son las puertas entrecerradas, que también las hay. Una puerta entrecerrada escondía, además, un misterio más allá de la penumbra del zaguán.

De uno de esos portales entrecerrados, concretamente en el número 12 de la misma calle en que yo vivía, brotaban todos los días unos ojos azules, unos rizos rubios que se acunaban en sus hombros y un uniforme también azul, azul clarito, de la Compañía de María. Y allí mismo, por la tarde, todo aquello volvía y desaparecía en dirección contraria. Yo me quedaba mirando cómo se iba, colgado de sus caderas, plantado en la acera con mis pantalones cortos y mis nalgas frías por haber estado sentado en el pulido umbral de mármol blanco, haciendo manitas.

Cuánto habría dado por haber cruzado aunque fuera una sola vez aquella puerta entrecerrada, la puerta entrecerrada de Mari Carmen. Pero no pudo ser porque todo en aquel portal era solemne. La placa dorada con el nombre de su padre y algo que no supe qué era: Alférez Provisional. Las aldabas, los goznes, el timbre. Todo rezumaba pomposidad, lejanía e imponía los límites de mi mundo de niño.

¿Pero qué podía haber tras aquella puerta que tanto me atraía?

Mientras rebañaba con avaricia los últimos efluvios que el perfume de las manos de Mari Carmen habían dejado en las mías, escuchaba hablar, como no podía ser de otra forma, a aquella puerta. Su voz era grave, afectada, como salida de la más profunda gruta jamás conocida que, como a Bécquer, me decía: ¡El umbral de esta casa solo dios lo traspasa!

Ahora sé que tras aquella puerta estaba yo, yo y adulto.

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