Toneladas de amor azul.

 

Por esta época, no sé si en la primavera austral o en la nuestra, allá por las playas de la Tierra del Fuego, en las noches de luna, se dan cita miles de gentes, venidas de todas las partes del mundo, para asistir a un espectáculo fascinante: El apareamiento de las ballenas azules.

Un enorme cetáceo, surge como un proyectil que atraviesa la superficie del agua, de abajo a arriba, rompiendo las pequeñas cúpulas purpurinas de las tranquilas olas. Los rayos selenitas, ayudados por los de alguna estrella del Pez del Sur, han de esperar a que se recomponga el desgarrado velo, para volver a pintar sus crestas, coquetas y parpadeantes.

El macho se luce, se adorna. Su mastodóntico cuerpo sale del agua casi completamente con la agilidad de una ingrávida gacela y, allí, en el cenit de su recorrido ascendente, en un punto de inflexión, parece detenerse antes de caer. Incluso cayendo, es lento. Yo diría que tanto o más que las pompas salitres que le acompañan. Es como si quisiera ser un blanco perfecto,  eternamente en el aire, para que un Cupido terreno, que fue dotado de alas pero no de aletas, pueda acertarle a placer con la almibarada flecha. Infalible, en pleno corazón.

Mientras, otras ballenas jóvenes observan y jalean la escena de la pareja, que, lo que aquí, en la república humana, se consideraría voyerismo, allá, en el reino animal, no está mal visto. Cosas de la monarquía. En la noche de los océanos del sur, el lago patagónico se llena de los sonidos ininteligibles de los grandes mamíferos, como traviesas ninfas que susurran, cantan y ríen. Con todos sus ritmos y con todos sus ecos.

Después, aun en vuelo, se escora, y el enamorado Moby Dick, cae pesadamente, acunándose entre una cortina de espuma, para hundirse con su amada, apenas rozándole las enceladas barbas, en un frenético picado a las oscuras e ignotas simas del Atlántico, buscando un lecho de tibio fango.

De lo que ocurra allí,  en la quietud de los mundos de silencios y penumbras eternos, no me han llegado testimonios. Compréndase que no son las ballenas de esas guarras que cuentan sus intimidades en cualquier plató de TV. Tampoco he contado con el concurso de un caballito de mar correveidile, ni canto de sirena alguno. Que, por no tener, no tengo, ni rumor de caracola. Así que, lo que quiera que sea que, allí abajo, escandaliza a las madreperlas y adereza el plancton, solo ellos y, si acaso, Neptuno, lo saben. Pero podríamos aventurar que, una vez más, una nueva vida nace de un antiguo sortilegio.

Dejemos ya, pues, a los enamorados, a sus cosas, y perdóneseme si incurrí en despropósito científico alguno, pues fue mi intención contar una historia galante, apenas un cuento de amoríos, y no un documental de National Geographic.

Extractos de otras Publicaciones:

…el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes. Continuar leyendo...

Hay días que entiendes perfectamente por qué Peter Pan no quería crecer.

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

8 thoughts on “Toneladas de amor azul.

  1. Con que elegancia y ternura describes un acto tan natural, que contado de otra manera no seria mas que un serio y frío hecho. ¡Resulta tan ameno leerte! Gracias, es muy bonito.

  2. Inmenso como el mar que has descrito o el cielo azul que lo ilumina. Tierno como acunan los brazo de una madre o acaricia la cara de su bebe. Natural como la vida misma, sin retorica ni estridencias.
    Espero con impaciencia el siguiente. Gracias, amigo, por hacernos participar de tu sensibilidad y vision de las cosas.

  3. Mejorando cada dia concada escrityo y a cada linea, no hay que quedarse en la superfice como la ballena sino profundizar en tus escritos porque debajo de tanta belleza tambien hay una profunda critica. Como ya te he dicho es un lujo y un privilegio leerte.gracias y un abrazo

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