Tourist stay, please

Y ahora iniciemos un viaje. Les ruego que me acompañen.

Con pasitos cortos y decididos nos situamos al borde del trampolín. Tres saltos acompasados sobre la flexible tabla y nos dejamos caer. De cabeza y en picado. Durante unos instantes caemos, solo caemos. Uniformemente acelerados, caemos. De pronto, deprisa. Sentimos el chasquido del agua contra nuestros parietales. Ruido: el último que oiremos. Frio. Seguimos descendiendo. Nos hundimos, como una flecha, cabezabajo.

A partir de aquí el Tiempo parece detenido, se pierden las referencias, se apagan los colores y vamos dejando atrás la luz. Cada vez más y más profundidad. Ya no vemos nada. El Sol jamás alcanzó estos parajes. Una gélida oscuridad nos ha envuelto pero no estamos solos. Extrañas criaturas habitan allí. Notamos su presencia, sentimos sus movimientos alrededor. Se presienten amorfas, grotescas, hijas deformes de enloquecidas pesadillas febriles.

Hemos llegado. Estamos en la España Profunda. Podríamos seguir bajando hasta la Extremadura Profunda, pero creo que ya es suficiente para lo que pretendo decir. Un inciso para no ser tachado de anti chovinista:” la profundidad” no solo se da en nuestra piel de toro, que conste, también existen una Francia, una Alemania, incluso una USA, profundas. Todos los países tienen sus páginas negras, faltaría más. Pero sigamos, si pudiéramos ver, cosa que no podemos porque os recuerdo que estos abismos son de los de eternas penumbras, veríamos, digo, que aquí hay especímenes varios. Están los del tipo “hermanos Izquierdo” de Puerto Hurraco, agresores, serios y dramáticos, son los más conocidos por los telediarios, pero también está aquel pobre desgraciado al que llamaban Manuel, el de la casa de barro y caña, que cantaba Serrat y que pertenece a la clase de las víctimas, menos conocida, e, incluso, yo añadiría una curiosa clasificación más; a ella pertenecerían aquellas dos tías mías, hermanas, que vivían a 500 metros la una de la otra y estuvieron 50 años sin verse. A esta subclase la llamaríamos “la de los tontos del culo”. Me dirán que esta clase existe también en la superficie, no es privativa de las profundidades. Sí, acuerdo, pero yo me refiero al tonto oscuro, del tipo Siglo de Oro, Murillano, o, para ser más internacional aunque posterior, más Dickenianos, negros y zulús tontos del culo. Les aseguro que, aunque parezcan inofensivos, la peligrosidad de estos engendros cuando les da por joder no es nada desdeñable, y es a ellos a los que pienso referirme.

Todos, sin distinción de clases, tienen además la capacidad de emerger, no sé con cuántas paradas de descompresión, y presentarse, unicejos, ojijuntos, es decir, con su estúpida cara, en nuestros bares, en nuestras oficinas o en nuestro Corte Inglés, en una palabra, en nuestras vidas y dar la nota.

Un ejemplo de ello lo tenemos últimamente en las calles de Badajoz. Un auténtico y genuino elemento incontrolado perteneciente a la tercera clase de que les hablaba, la de los bobos, ha debido burlar las redes anti moluscos abismales y se dedica a escribir en las paredes “Tourist Go Home”.

Si la pintada en cuestión estuviera hecha con torpe mano y humilde tiza, sería más honrosa, menos preocupante. Podríamos pensar que se trata de la ocurrencia de un mozalbete barbilampiño y pajillero, pero no. La depurada técnica del spray y el molde; el meditado logotipo: una silueta que a veces me parece la del Corcovado y, otras, la del toro de Osborne, de frente. Todo ello nos obliga a concluir que corresponde a un grupo organizado, seguramente, no uno, sino dos imberbes masturbadores, con un ideario sólido, largamente gestado durante dos minutos al amparo de un documental de Green Peace y eructando garrafón. No dicen si el enemigo es el turismo en general, o el de dinero o el turismo basura (si es que alguno lo es). Donde no se distingue, no cabe distinguir. No seré yo quien ahonde en el asunto. Dios me libre.

Ahora en serio. Es triste. Semejante ocurrencia, por muy original que pretenda ser, por mucho spray en mochila de marca y por mucho activismo progre, no deja de ser un rancio exabrupto de su licantropía, anclado en el más ancestral impulso animal de mearse en los rincones para marcar el territorio, puro miedo a que otro macho se acerque y le levante la hembra y, lo que es peor, complejo evidentemente justificado de que alguien de allende las fronteras pueda servir de referencia en un “a ver quién la tiene más grande”. La preparación intelectual, me refiero, naturalmente.

En fin, como limpia los excrementos del día después de cualquiera de nuestras fiestas o fines de semana, bien haría nuestro Ayuntamiento en apresurarse en limpiar estas pintadas que ya llevan ahí varios meses, no sea que afectivamente los pocos turistas que nos visitan se vayan a su casa, aunque solo sea por no aguantar la pestilencia ideológica de estos seres emergidos de la España Profunda, putrefactos, físicamente catatónicos, mentalmente cadáveres, que han aparecido, aplastados, como una flor seca entre las páginas de un libro, sobre nuestra playa.