A ratos perdidos.

 

A ratos perdidos una sombra oscura, de reojo me sobrevuela, como un murciélago negro y desorientado que se cuela por la ventana y claquetea las alas contra el techo de la habitación. Y vuelvo a perder.

Perdido. A ratos perdidos: Perdido. Perdiendo el hilo. Me inquieto, me acelero.  Se me resbala de los dedos. Y, en esto, casi sin darme cuenta, se me va un rato: Un rato perdido.

Es cómo querer hacer algo urgente, necesario, a renglón seguido. Y no sé qué. Como el impulso de todas mis vísceras por correr tras de alguien que me da la espalda. El sentimiento de la derrota en el último segundo. Un crochet definitivo al mentón, a punto de sonar la campana. Hinco la rodilla, huelo la lona. La estupidez de verter el agua en el desierto. El vómito de un famélico. Que se te caiga en un charco tu último cigarrillo, que amargue la última almendra, la torpeza de que se derrame el último trago de cerveza. Como no encontrar las palabras en la despedida, o que el postrero beso no lleve lengua. El vacío de la pérdida, la pérdida de lo que no fue, pero pudo ser.

Y eso me pasa, así, de cualquier manera, cuando más descuidado estoy. El desasosiego de sentirme tan desidioso, tan necio, cada vez que me permito, como si sobraran, el derroche de esos preciados instantes que componen un rato perdido.

En un acto de contrición admito que, a veces, he perdido el tiempo. Y me desespero. Me doy cuenta de que hubiera bastado un pensamiento sin pies ni cabeza, o un escrito de esos que acaban en la papelera o una rima gastada, cualquier cosa, para preñarlo, para matar el rato y que no se vaya vacío. Rato yermo, rato pasado y, lo peor de todo, rato que se ha ido por los siglos de los siglos.

Y es que yo soy como un amante celoso y prefiero matar el tiempo antes que verlo perdido. Lo maté, porque era mío.