Alicatando la casita de chocolate.

 

Cuando me desperté esta mañana, un tanto sobresaltado, me senté apresuradamente en la cama tan rápido como pude, pero para entonces ya le faltaban piezas al puzle cuyo sueño acababa de soñar, no sé tampoco exactamente en qué punto de la noche fue. Y lo peor de todo es que, a pesar de mis esfuerzos, su recuerdo seguía desmoronándose a toda velocidad.

Tengo para estos casos un pequeño dictáfono, un  captura ideas como dicen los americanos, pero no estaba a mano, así que tomé un lápiz y un papel e intenté hacer un improvisado guion de lo que acababa de soñar. No supe por dónde empezar y, mientras buscaba las palabras, el sueño, se disolvía irremediablemente, fundiéndose, mimetizándose, haciéndose compatible a pasos agigantados con eso que llamamos realidad y a costa de su propia existencia. Es como si la playa no entendiera la ola mansa que le llega, y la envuelve en arena y espuma para hacerla suya, y lo hace, pero, en esa línea donde los mares y la tierra se confunden, la ola desaparece. 

A medida que el sueño se convertía en ensueño y se me hacía, ya despierto, más comprensible, más relatable, al precio, claro está, de adicionarle los ladrillos que le faltaban a la obra para que se sustentara en el terreno de la razón, justo cuando ya me creí haberlo conseguido, me di cuenta de que había alicatado la casita de chocolate; había creado una versión grotesca del sueño, que unicamente era una parodia que a la comprensión respondía, pero, como auténtica incursión que hacemos en las madrugadas en el oscuro pozo de nuestro subconsciente, unas veces en el jardín melancólico de los deseos a flor de piel, y otras, por contra, en el légamo de los temores que muerden las entrañas, aquella ilusión que se resistió a traspasar la frontera de lo real,  en fin, el sueño, como tal, se me había definitivamente escapado. 

Cuántas veces nos pasa esto. Gente que nos visita mientras dormimos, sin cara pero que sabemos, en aquel momento, quiénes son. O, escuchamos telepáticamente palabras que nunca se pronunciaron de un lenguaje aun no inventado, pero cuyo significado entendemos. Lugares nunca vistos que, sin embargo, identificamos. Aquella extraña dimensión debe tener alguna conexión con ésta, porque siento que siento sentimientos comunes ante situaciones extraordinarias. Lo sensorial manejando los hilos de lo palpable. El cuerpo responde. Sudamos, reímos, lloramos o eyaculamos. Por un instante, una noche, nos es dado soñar. ¿Somos lo que soñamos?  ó, ¿soñamos lo que somos? Yo no lo sé, y tampoco importa, porque ese mundo efímero y volátil en el que hasta las más locas elucubraciones encajan, donde pierde y encuentra sentido el sinsentido y viceversa, reclama la propiedad de los sueños y tienes que dejarlos, para bien o para mal, sobre la almohada cuando te levantas.