Dame un silbidito

 

Si no fuera porque soy tan inconstante, tan buen constructor y tan mal mantenedor, justo como el Ayuntamiento; si no fuera porque cada día me enamoro de una nueva idea y, al siguiente, le pongo los cuernos con otra y la abandono manoseada y envejecida, y, por si fuera poco, mi mente las pare a borbotones, ignorantes de su efímera existencia. Si no fuera, en fin, como soy (sino mejor) y, si la Paciencia fuera (que no lo es) una de mis virtudes (si es que tengo alguna), me pondría hoy mismo manos a la obra.

Me gustaría crear una ONG, pero no para salvar negritos de África, que está muy bien, pero para eso ya hay muchas, sino para ayudar a la gente que pasa por mi calle: esos bultos sospechosos que veo desde mi ventana, enfundados en sus abrigos grises por las grises aceras. Grises. Como ratones por un sendero de ceniza. O, a mí, me lo parece. Doblan la esquina y aparecen de nuevo por la otra bocacalle, con otra cara pero con el mismo personaje a cuestas, que va y que viene, que entra y que sale de la escena. Se repiten como en un reparto de bajo presupuesto. Son figurantes de una incomprensible “comedia de puertas”, sin guion ni diálogos, como una película de cine mudo. Acaso no lo saben, pero rellenan espacio como gente y sólo son personas, cuyos papeles repartidos al azar le otorgan a cada cual una razón o una coartada que le mustia la figura y le encorva la sombra. Son una presa fácil y el virus de La Soledad, ese efecto pernicioso de una sociedad perfecta,  acecha en los portales y ataca.

Mi ONG se llamaría “Dame un silbidito”, como la canción de la película de Pinocho, y acudiríamos inmediatamente  al S.O.S. de esos náufragos a la deriva, aferrados al mástil  de sus paraguas, coronado por el fuego de San Telmo del neón de los escaparates y a merced del agua que baja por los canalones:

-El silbido sonaría: Mayday, mayday, mayday…!!!

Y nosotros, como en Telepizza (hay quién pide comida a domicilio sólo por recibir alguna visita), responderíamos:

-Damunsilbidito, dígame?

-Por favor, una porción de Primavera, con doble de Esperanza e ingrediente extra de Compañía. O mejor, que sean dos raciones, por si la Soledad come, que se me ha presentado sin avisar y sin invitación, cuando caía la noche y llegaban los fríos.

-Enseguida vamos. Le enviaremos también nuestra promoción especial: Taza de Fe, que entona como un caldo de gallina.

Y “Dame un silbidito” se pondría en marcha. Tendría unos repartidores-cooperantes vestidos por Ágata Ruiz, como arlequines, y en lugar de Vespino, llevarían un pousse-pousse , esos carritos a modo de taxi de algunos países orientales, tuneados, con más colorines que el payaso de Micolor que ya, por sí solos, con su iryvenir, salpimentarían  las negruzcas calles. A toda prisa, llegaríamos al lugar, subiríamos a la grupa al apadrinado y le pasearíamos por toda la ciudad. Nuestro Pepito Grillo, al tiempo, iniciaría la terapia (siempre supervisada por expertos, claro): le contaría historias, cuentos breves, anécdotas, parábolas… ¡yo que sé, no soy experto!, lo que se haga en esos casos. Terminada la sesión y el paseo,  cuando la okupa gorrona e inoportuna se hubiera marchado, le dejaríamos plácidamente en su casa y nos despediríamos con nuestra frase que pronto se haría famosa: “Y, ya sabes, si me necesitas, silba”.

 

La Virgen de todos

Hacía muy poco tiempo que había muerto mi padre, cuando un día pasó por mi casa el cobrador de los recibos de la Hermandad de la Virgen de la Soledad, de la cual él había sido Hermano desde hacía muchos años.

Yo nunca he sido especialmente religioso y confieso que tampoco le había prestado demasiada atención a las actividades de ésta u otra cofradía. Así que, al principio, mi primera intención, fue explicarle a aquel buen hombre lo sucedido y pedirle que, ante tan triste circunstancia, diera de baja su afiliación. La verdad es que, de entrada, no me planteé ninguna otra posibilidad, sin embargo, de pronto, como en un flashback, me vino a la mente la imagen de mi padre besando una pequeña medalla de la Virgen que siempre llevaba colgada al cuello. Era una acción muy habitual en él. A cada cuanto, inopinadamente, según se encontraba la medallita o la cadena en el camino de su mano, o a veces como un simple acto reflejo, se la llevaba a los labios y, a continuación, la volvía a depositar delicadamente sobre su pecho.

Aquello me hizo reconsiderar algo que siempre me llamó la atención: la devoción de mi padre por la Soledad, siendo un hombre también poco dado a cuestiones eclesiásticas, esta Virgen, sin embargo, siempre fue para él una referencia muy presente: la subasta del Ramo, las saetas de Porrina de Badajoz, entre otras, son historias que he escuchado a sus amigos contar en múltiples ocasiones durante toda mi vida y que, si bien me gusta mucho oír relatar, lo cierto es que ello siempre acrecentó mi crónica frustración por no haber podido compartir en vivo y en directo aquellas aventuras debido a la gran diferencia de edad que lamentablemente existió entre mi padre y yo.

Pero, a lo que iba. Sin ánimo alguno de hacer un sesudo estudio psico-sociológico para lo que no me asisten ni las ganas ni los conocimientos precisos, me parece que, de la misma manera que en el caso que les refiero, la devoción de los pacenses, en general, de todas las edades y condición social, política, e incluso, como digo, religiosa, por su Patrona, transciende y se desvincula de lo puramente místico.

La verdad es que, para mí, si prescindo de lo divino y de lo milagroso, y me quedo con lo estrictamente humano, incluso añadiendo una generosa, desacostumbrada y bien despachada dosis de espiritualidad, eso sí, humana también, me resulta difícil explicar porque mis pobres vísceras laicas se sienten constreñidas, como un jersey de lana caído en el trasfondo de un cajón del armario, mientras intento disimular un escozor conjuntivo, cuando la Soledad pasa por mi calle el Viernes Santo y su sombra ondula sobre las fachadas de las casas.

Esa noche, esa sombra, la sombra de su pena, nos salpica colándose por las rendijas de los balcones entreabiertos, tiñe las cornisas y a las gárgolas les pinta barba. Porque la pena tizna cuando estalla, que decía Miguel Hernández, y la pena de la Señora revienta y se desgrana todos los años y, a borbotones, fundida con la cera derretida de las velas, va dejando sobre los adoquines un manto de amargura. Ojos al Cielo perdido. Perdidos. Mirada lánguida. Y pena, sobre todas las cosas, pena. Senderos de pena en pos del Hijo muerto.

Unos pies descalzos dejan su molde en las blandas y tibias aceras y, sin tiempo de solidificarse, otros pies desvirtúan la anterior huella. No importa de quien sean, si cuidado tacón a la moda o plebeya alpargata mercadillera, todas son únicamente efímeras pisadas, que por esta noche son todas iguales y, acaso, como la gente en la calle de la vida, solo importa la marca que dejan. Pasan alumbrando, y alumbran Fe, parto al raso, y a la luz de una vela.

De pronto, la comitiva se para. La Saeta. Silencio. Dejad que cante. Al fondo, una voz anónima. Desgarrada. Con mejor o peor suerte, pero desgarrada. Que estas promesas son deudas que se pagan con cuarto y mitad del alma.

Mañana, el Sol derretirá la cera de las aceras; se arrastrará remolona hacia las alcantarillas y, por fin, el Guadiana se llevará las anónimas huellas. Volveremos a ser el pueblo peculiar, intramuros, que asaltó y desbordó desde dentro sus propias murallas; que engalana sus casas y vive en la calle. Alegre, extrovertido, que llama a sus hijas Dolores, Angustias, Socorro, Soledad…nombres de mujer, nombres de pena y necesita con unos Carnavales prepararse para la Cuaresma. Volveremos, en fin, a nuestros pellejos pero, en la noche mágica del Viernes Santo, cuando la Soledad inunda las calles con la pena por la muerte de su hijo, y precisamente esa pérdida tan deshumanizada y ese dolor tan inhumano, la hacen tan Humana, la Virgen se convierte en la Madre de todas nuestras orfandades. Sabiduría de este pueblo llano y fronterizo que se cobija bajo el manto de una Mujer de la que hasta Dios quiso nacer de sus entrañas.

Así que, volviendo al principio, al señor que cobraba los recibos de la Hermandad, cambié de idea y le pagué las cuotas. El caso es que, desde entonces yo, y ahora también mis hijos, somos Hermanos.