Las razones de un Blog. A modo de escusa.

 

Ahora que este Blog tiene más seguidores de los que puedo contar con los dedos de una mano (perdónenme los 5 primeros), creo llegado el momento de intentar justificar el atrevimiento de publicarlo.

Como la mente no es virgen, las ideas, salvo concepción inmaculada, pocas veces son propias, al menos, no totalmente propias. Uno, las va recomponiendo con retazos que, en mayor o menor medida, les van proporcionando los demás: Puliendo, remendando o empalmando, según sea de menester. Después, el “ideólogo” se convierte en mero usufructuario del concepto resultante que, en justicia, debe ser devuelto al mundo con cuya influencia se engendró.

Lo que pasa es que mi mente es una hembra promiscua, siempre en celo y abierta de patas a cualquier polinización exterior. Tiene a su servicio, además, a todos mis sentidos que, como amantes despechados, utiliza a modo de alcahuetes para captar estímulos de alrededor que, como  espermas, satisfagan su insaciable vicio maternal. Siendo así que, preñada de mil leches, esta parturienta recalcitrante, me llena de hijos ilegítimos de azarosa fortuna. Algunos, la mayoría, resultan grotescos abortos, híbridos incompatibles con la vida misma, que carecen incluso de la gracia necesaria para ser aprovechados como una típica parida; nacen muertos. Otros, son prematuros que han de ser devueltos al claustro materno para su maduración y, otras veces, quizá las menos, salen ideas que me miran con ojillos brillantes y yo les aliso el pelo con la mano mojada en saliva, las visto como de primera comunión y, qué quieren que les diga, será que se me despierta el instinto paternal, pero me parecen bastante apañadas. A partir de ese momento, me esperan en el zaguán, impacientes por que las saque a la calle.

Diré finalmente en mi descargo que si, para que mis engendros vieran la luz, precisaran por mi parte algo más del trabajo que ahora me supone, y me obligara siquiera a poner un sello de correos y tener que desplazarme al buzón más próximo, como antaño, probablemente jamás pasarían de la condición de nonatos. Pero, mira por donde, las nuevas tecnologías, me han facilitado la tarea, hasta el punto de que, con poco más que apretar un botón, puedo exponerlos en este Blog que, por si fuera poco, es tan voluntario en su escritura como en su lectura, dejándome apenas sin excusas, si acaso, un poco de pudor y algo de miedo escénico cada vez que escribo algo.

Una de piratas.

 

Cuando Samuel Colt inventó el revólver de repetición de seis tiros, la cosa cambió bastante; tanto, que comenzó a correr por las praderas del Lejano Oeste, un refrán que venía a decir: “Dios creó al Hombre y Colt los hizo a todos iguales”.

No cabe duda de que las armas, independientemente de otras consideraciones, tienen la “virtud” (entre comillas) de igualar o, incluso, potenciar posiciones a priori de desventaja.  Fíjense, si no, en aquel famoso enfrentamiento bíblico. No sé por qué sorprende tanto que el encanijado David venciera al gigante Goliat, habida cuenta que el pequeño cabrón iba armado con una honda con la que arreó una pedrada de aquinotemenées al fofo y patoso grandullón. Me asombra, que el desenlace de este histórico quítame-allá–esas-pajas, haya pasado a lo largo de los siglos como el paradigma de la victoria del débil sobre el fuerte, porque la idea generalizada, de quién era allí cada cual, no la comparto en absoluto. Cabe preguntarse, como es que el “paquete” Goliat no tenía también su propia honda, lo cual habría abundado en la supuesta hazaña del enclenque David, yo creo que la razón es que, simplemente, al gordo no le habían concedido la licencia de armas.

Válgame esta última tontería para enlazar con lo que quiero realmente decir.

En España, hasta ahora, la concesión de licencias de armas cortas, responde a un insondable criterio muy restrictivo de la Guardia Civil. Es una especie de concesión graciosa, que se otorga a algunos privilegiados ciudadanos, en base a unas consideraciones no muy claras e inapelables. Esta consuetudinaria memez, choca ahora frontalmente y se pone en cuestión, con la noticia de que nuestros pesqueros podrán llevar armamento militar para  defenderse de los piratas. Está muy bien que tengan derecho a autodefenderse los pescadores, pero el resto, también.

Este agravio comparativo de los mares, me deja con demasiadas lagunas de agua dulce. ¿Se les va a dar también a cada uno de los marineros la licencia para llevar pistola? ¿Por qué no? Voto por ello, pues sería paradójico que un tío que va en el barco manejando un cañón, baje a tierra somalí, y se convierta en carne de cañón, es decir, con el culo al aire y a disposición de cualquier pirata o agresor común,  en una palabra, exactamente igual que todos nosotros, con la diferencia de que a nosotros no se nos permite tampoco defender nuestro negocio ni nuestra casa que, no serán un barco en aguas de Barba Roja, pero en muchos casos y respectivamente, ha sido atracado 5 veces en dos meses o han entrado con oscuras intenciones, mientras dormíamos. Será que los artículos que conforman nuestro medio de vida en tierra firme o nuestras familias, no valen tanto como unos kilos de atún.

Está claro que, en ese caso de barco fuertemente armado y marinero en tierra con los pantalones bajados, la opción sería clara para los corsarios, en lugar de secuestrar la nave, comenzarían por sus ocupantes indefensos en tierra y, después, se apoderarían igualmente de la embarcación que, de regalo, llevaría  unas preciosas ametralladoras de 20 mm. A sensu contrario, si se permite una 9 mm. en la sobaquera de los pescadores, como es lógico que se haga, la pregunta es: ¿Por qué no se autoriza igualmente al agricultor extremeño que le están robando las aceitunas, por ejemplo?

Las dudas sobre el asunto, me vienen en cascada. ¿Ofrecerán las agencias de viaje safaris a los ricos para enrolarse en los pesqueros y jugar al pin-pan-pum, ya que en aquellas lejanas aguas se levantó la veda de piratas?  Y a la recíproca, ¿Y si el familiar del bucanero que resulte muerto, quiere vengarse?..Pues, solo tiene que venir y resarcirse cazándonos como a conejos, porque, en España, todo el año es temporada de españolito desarmado, eso sí, para que le salga a cuenta, tiene que venir en patera y sin papeles.

Además, ¿Qué pasa cuando el barco de Robocop surca aguas territoriales españolas? Porque, digo yo, que alguna vez tendrá que salir y entrar de los puertos vascos. ¿Dará problemas el lobo en un mundo de borregos, se endiosará el tuerto en el país de los ciegos o será difícil la convivencia del gran Gulliver en la diminuta Liliput? ¿Y, una vez en el puerto, que pasa con el armamento? ¿Más costosa vigilancia, o el patrón tendrá que llevarse a su casa la ametralladora y meterla en una caja fuerte junto a su famélica repetidora de caza? ¿O, por la noche, cuando esté anclado, será fácil objetivo de traficantes o de la ETA y además de estar atracado, será atracado?

Otra cosa preocupante es la formación en el manejo del armamento, que merece tratamiento aparte. Esto no es una escopeta de la feria. Con una cadencia de disparo de 900 tiros/minuto/cañón, si no se le ha dado la suficiente preparación y entrenamiento oportunos al Popeye que la maneja, cuando aquello empiece a escupir fuego, allí peligran los delfines, el polizón subsahariano que iba escondido en el mascarón de proa y su verga mayor (la del barco).

Imaginen una escena o, mejor, un sketch algo así:

Pesquero vasco “Atún al txuntxún”. Aguas internacionales. Calma chicha. Hora del bocata. Marineros sesteando y pensando en la parienta. De pronto suena:

-RATATATATATATÁ.!!!! –(onomatopéyico que significa una ráfaga de ametralladora)

-Cagónlaostia, Iñaki, nos están disparando ¡! –Dice uno

La torre de control, el Patxi y el rosario de su madre, saltan por los aires

-Tranquilo, es “fuego-amigo” –grita otro que tenía el pecho tatuado con un nombre de mujer

-¿Fuego amigo? Qué coño amigo, que éste viene a por daños colaterales –dirían algunos.

-Maricón el último! –dice el resto, lanzándose todos al agua.

-Hombre al agua, Hombre al agua!!  -se oyó por allí

-¿Un hombre en el agua? Por los cojones. –le contestaron- En el agua está toda la tripulación, excepto el joputa del Joseba que se está dando una vuelta en la ametralladora…

Cachondeos aparte, si todo esto se hace bien, como debe hacerse, los gastos que conllevaría, ya sean a cargo del Presupuesto o del armador (adivinen), serían tan elevados que habría que plantearse si no tendría más cuenta comprar atún Calvo en el Carrefour en lugar de ir a pescarlo a la Isla del Tesoro.

Todo este asunto vuelve a poner encima de la mesa el viejo debate del derecho a la autodefensa de las personas, cosa que siempre he apoyado. Sin embargo, la novedad en esta historia de piratas, es que supone el reconocimiento tácito de que el Estado no puede garantizar la seguridad de los individuos, cosa que, aquí y allá, a la vista de las noticias diarias, ya sabíamos, pero admitir el derecho a defenderse a los pescadores y no a otros, sería un grave error.

Un arma en sí mismo, como objeto inanimado que es, no es susceptible de bondad o maldad, ni de ninguna otra característica inherente al ser humano, son virtudes (ahora sin comillas) o defectos que corresponden exclusivamente a la persona que la empuña. Exactamente igual que un cuchillo de cocina, un destornillador o un ladrillo, cuyo uso no podemos prohibir, por más que en algunas manos se conviertan en armas temibles. No estoy abogando por la venta indiscriminada de los 44 Magnum en el Corte Inglés, pero sí una sencilla reforma de los criterios actuales de concesión, haciéndolos un poco, solo un poco, más permisivos. No es preciso reformar la Constitución, ni grandes movidas legislativas porque teóricamente el derecho a portar armas ya existe, lo que pasa es que se reconoce con cuenta-gotas, bastaría simplemente con una mayor apertura de miras, que permita a la gente de bien, a la buena gente, aunque sea bajo la lupa, tener alguna posibilidad frente a los malos que son los que están armados.

Ya es hora de superar los prejuicios de las guerras civiles ancladas en nuestro subconsciente, debemos ver en una persona armada, no a un potencial enemigo, sino a alguien que llegado el caso nos protegerá de los Hermanos Izquierdo de Puerto Hurraco, del loco de la matanza en el colegio, del toro escapado que siembra el terror en las calles y, por qué no, de los piratas.

Madre, he ahí a tu hijo.

“Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad.”
Inscripción en el Cementerio Alemán de Yuste.

En Cuacos de Yuste, de camino al Monasterio de Carlos V, te sale al paso y te sorprende un pequeño y solitario cementerio donde están enterrados casi doscientos soldados alemanes, caídos en territorio español durante la primera y segunda guerras mundiales.

Consiste en una pequeña meseta, donde las tumbas se alinean en perfecta y germánica formación militar y, en su cabecera, estilizadas cruces de granito gris que llevan inscritos en alemán los nombres, rangos y fechas de los moradores, parecen haber sido colocadas con tiralíneas y, supongo que no es casual que, en sí mismas y vistas en perspectiva, recuerden a un ejército desfilando con aire marcial.

Todo el recinto está muy bien cuidado e, incluso, diría que es bonito y coquetón, si no fuera porque, tratándose de lo que estoy hablando, sería una frivolidad. No es que el lugar tenga una atmósfera especial, lo que pasa es que, no sé por qué, el aire se espesa, se apelmaza. El gorrión tarda más en ir de un olivo a otro, porque le cuesta más batir las alas. Hasta respirar parece que cunde más y, unas cuantas bocanadas, dan para todo el día; debe ser que allí, los vivos, tocan a porciones mayores de oxigeno. Incluso, el Sol, parece también remolonear y va, con desgana, a ocultarse tras el monte que hay a la espalda, es como si se recreara en modelar las casi imperceptibles sombras que proyectan los tenues bultos que conforman cada tumba, como si se empeñara en magnificarlas.

Allí estaba yo, haciendo unas fotos, una espléndida mañana, entre las hileras de enterramientos, observando cuanto acabo de contarles, cuando escuché:

-Oiga, por favor, perdone…

Miré a mi alrededor y no vi a nadie.

Noté que, bajo las suelas de mis zapatos, la tierra se ondulaba, provocando en mis tobillos un leve vaivén lateral. Instintivamente di un paso atrás. Miré al suelo y pude ver que, lo que quiera que hubiera debajo, se movía. Siempre pensé que revolverse en su tumba sería algo más violento, más convulsivo, sin embargo, aquello era muy suave, como cuando uno busca la postura en la cama sin querer molestar a su pareja.

No había duda, de allí procedía la voz que había escuchado: Me estaba hablando el muerto. Ustedes pensarán que aquello era para asustarse y salir corriendo, y yo, en condiciones normales, también, pero ya dije que era una mañana soleada, no una noche espantosa, de esas de película de terror y, además, la voz sonaba muy familiar, muy amigable. Era una voz joven, de habla muy extremeña, quizá con una pizca de acento extranjero casi imperceptible; podía sonar tan cercana como la de un repartidor de pizzas, por ejemplo. El caso es que, fuera por lo que fuera, y aunque no soy nada valiente, no sentí pánico y decidí responderle, no sin antes volver a mirar a los cuatro costados, esta vez, más que nada, para asegurarme de que nadie me escuchaba hablar, en el mejor de los casos, solo.

-Sí….Es a mí? Quién es? Dígame? – Pregunté tímidamente, deseando no obtener respuesta. Pero…

-Soy el que está enterrado en esta tumba, verá, es que está Ud. a punto de pisar una florecilla, y daría mucha pena pues cada vez me cuesta más abonarla con lo poco de sustancia que me va quedando. Comprende?

Miré hacia abajo. Efectivamente, muy cerca de mi pie derecho había una pequeña flor, creo que de esas que llaman “del pan y queso”, así que me disculpé por mi torpeza, asegurándole que tendría mucho cuidado de no pisarla. Me dispuse a irme y terminar con aquella surrealista situación, sin embargo,  él me siguió hablando y me retuvo.

-Gracias. Perdone, podría pedirle otro favor?

-Claro. Dígame –Estaba hablando con un muerto, pensé, así que ya puestos, seamos corteses

-Puede decirme cómo me llamo? –me preguntó

-Umm..?-dudé

-Sí, mire, ahí en mi cruz pondrá mi nombre…puede leérmelo?, es que desde aquí no puedo verlo

Qué marrón!. Yo ya sabía lo que ponía en su lápida, había deparado en ello momentos antes aunque no sé alemán, pero no hubiera querido nunca tener que ser yo el que se lo dijera. Ni siquiera podía pedir que me tragara la tierra, porque entonces me encontraría cara a cara con él. Dudé, titubeé.

-Ah…bueno…verá…es que está en alemán…y…

-Bueno, pero los nombres son iguales en todos los idiomas, y, si no, deletréemelo -insistió

No me quedó otra opción. Se lo dije.

-Pues verá, aquí dice que es Ud. un “soldado desconocido”…

Se hizo un silencio, nunca mejor dicho, sepulcral.

-Pero, oiga, no sabe Ud. su propio nombre? –le pregunté

-No lo recuerdo. Debe ser que el olvido es contagioso –Supuse una lágrima corriendo por su calavera, lo terrible fue imaginar sus ojos, cuencas y lacrimales.

Acababa de darle una mala noticia. Me senté a su lado, en la tierra, dispuesto a darle un rato de conversación y compañía.

-Entonces que recuerdas de tu vida? –decidí tutearle

-Poco –respondió- Fueron 19 años, nada más. Mi madre, mi padre, mis hermanos, mi novia.. Después la guerra y después: esto. Llevo tanto tiempo aquí que he aprendido a hablar español solo de oírlo…

-Háblame de ellos, de tu familia –le dije por descargar la tensión

-Recuerdo un pueblo. Casas blancas y altos tejados. Mi familia…pero no puedo recordar sus caras. Mi novia, morena y alta. Cuando me movilizaron, alquilamos una pensión y todas las tardes nos juntábamos allí hasta que embarqué. Ella quería quedarse embarazada para conservar algo de mí, estábamos muy enamorados. Desde la ventana se veía la torre de una iglesia y en una emisora de radio inglesa y clandestina se escuchaba continuamente la música de Glenn Miller. Tarde a tarde, amándonos a la desesperada. Después me fui, con unas cuantas consignas de por qué matar y por qué morir. Y un día: Calor y luego frío, mucho frío. Ahora el sueño eterno, o mejor, la pesadilla interminable, aquí. Por cierto, ¿dónde estoy?

-En Extremadura, al oeste de España -le aclaré

-¿Por qué?

-No sé. –contesté.

-Quizá de esta forma se evita devolvernos en bolsas de plástico a la patria –dijo mientras yo imaginaba su descarnada boca haciendo la mueca de una triste sonrisa- La patria pidió mi vida y se la di, sin regateos. Después, ya ves, la madre patria me olvida en el último rincón del mundo, no te ofendas, y ni siquiera sabe mi nombre.

El no esperaba comentario alguno de mí, y continuó

-He oído que aquí en España estáis teniendo también algunas bajas, ¿con qué país estáis en guerra?

-Con ninguno –respondí- Nuestros soldados mueren en misiones de paz.

-Ya. ¿Sabes qué es peor que morir? –prosiguió impasible- Morir engañado, morir por una mentira, por nada.

-Sí. Supongo que sí. –contesté- ¿Qué mentiras te dijeron a ti?

Se rió. Le noté cansado.

-Nos convencieron de que éramos superiores y, sin embargo, la Gran Alemania estaba siendo arruinada y humillada por los Aliados que nos habían sumido en la depresión y el desempleo; nos dijeron que fuimos espoliados en el Tratado de Versalles y nos inculcaron el miedo a supuestos planes expansionistas de la URSS…, en fin, para qué seguir. Se nos dijo que la única salida era la guerra y que la única posibilidad que se contemplaba de este gran pueblo era la victoria.

-Y tus compañeros, estos que descansan junto a ti, las otras bajas, como tú dices, qué opinan? –le pregunté

-Lo mismo que yo. Pero, te equivocas, aquí no se descansa, hay desolación y miedo

-Miedo? A qué podéis tener miedo ya? –le pedí que me aclarara

-A la injusticia de la Memoria o, lo que es peor, el olvido. A que nuestro sacrifico no haya servido para nada. -contestó- Mira, por aquí pasa gente y hace comentarios sobre los nazis que te puedes imaginar, opinan que debía meterse una excavadora y arrojar nuestros despojos a un vertedero y acabar así con todo. Ya ves, yo, es poco lo que tengo que perder, una tumba anónima en un lugar que nunca conocí, pero hasta eso se me quiere arrebatar, por un odio que va más allá de la muerte, porque el odio no muere, los que morimos somos nosotros. Morimos por un ideal, verdadero o falso, malo o bueno, pero dimos por él lo más preciado, la vida. ¿No crees que nos hemos ganado un poco de respeto? ¿El derecho a descansar en paz y que nuestra muerte no haya sido en vano?

-Verás, -me dispuse a darle una charla- me vas a perdonar, pero yo no fui llamado por el camino del patriotismo y quizá no esperas que te diga lo que te voy a decir: Tú no eres un nazi que está alimentando una flor del pan y queso en la lejana Extremadura. No, amigo, no te confundas. Tampoco aquellos a los tú posiblemente mataste, son rusos bajo el hielo de Stalingrado o franceses confundidos con las raíces de los árboles de las Ardenas. De la misma manera, en España, no hay rojos en las miserables cunetas, ni azules en las hipócritas iglesias. No hay americanos en las playas de Normandía, ni en los arrozales de Vietnam…Bajo la tierra no hay buenos ni malos, ni invasores ni invadidos, ni vencedores ni vencidos…. ¿Sabes lo que hay?: Muertos, únicamente muertos, cadáveres putrefactos; dejasteis de ser todo lo demás, todo lo que fuisteis, el mismo día que la metralla reventó vuestras entrañas. Después, vuestros huesos y vuestra memoria, siguen siendo utilizados según el color de los enterradores; les dan sepultura en un lugar privilegiado o los arrojan a las cloacas y, si hace falta, los desentierran. Dicen que la primera víctima de la guerra es la verdad, pues lo que te acabo de decir, es su última mentira.

Pero, consuélate, -quise dejarle algo de esperanza- no creo que tu muerte haya sido en vano, porque, desde la tumba, me estás hablando, estás gritando y tu grito, y el grito de tantos millones, se dirige a las nuevas generaciones, a los mandatarios, a los vivos y acabará escuchándose, y, algún día, se entenderá que los que nos gritan desde debajo de la tierra son solo víctimas, víctimas de la guerra.

Me había quedado tan bonito el inútil discurso que, para no añadir nada más que pudiera estropearlo, me dispuse a irme.

-Un último favor: cuéntale esto a la gente –me pidió

-Lo haré, lo pondré en mi blog. No dejes nunca de hablarle a los pasan por aquí, como has hecho conmigo, ya verás como vuestra voz acaba calando en los vivos.

Le mentí. Una mentira más. Pero es que no fui capaz de decirle que no servirá de nada, son demasiados siglos ya en que los vivos andan muy entretenidos enarbolando banderas, pinchándoles medallas póstumas y llamando locos a los que escuchamos a los muertos en la guerra.

El Sol alcanzó por fin la montaña. Una leve brisa dio un revolcón a las hojas secas del suelo y, con su chicharreo, huyeron a saltos. El gorrión pivotó sobre la corriente de aire y zigzagueó entre los olivos. Subí al coche y me fui. En la radio sonaba “Moonlight Serenade” de Glenn Miller.

La flor del pan y el queso comenzó a marchitarse.

El Futuro de las aves nidífugas.

 

Llaman al telefonillo del portal:

-Quién es?

-Soy el Futuro

-Cómo dice?

-Soy el Futuro por labrar

-Ummm…Y qué quería?

-Vengo a por tu hija

-Perdone, no le entiendo?

-A ver: Tú no tienes una hija con 17 años?

-Sí…

-…Y tu hija no ha aprobado la Selectividad y tiene que irse a estudiar una carrera fuera de Badajoz para labrarse un futuro?

-…pues, sí, pero…

-Bueno, pues eso. Yo soy ese futuro y vengo a por ella para llevármela a hacer Derecho y que me labre. Abre la puerta!.

Y le abrí. Qué otra cosa podía hacer, si todos queremos un futuro para nuestros hijos? No?

El Futuro llegó, era como una especie de avestruz. Negruzco y mal encarado. Se puso a picotear en el rellano de la escalera, como buscando granos del alimento que coma esta especie, lo cual ignoro y, en una de esas, pilló a mi hija, con su maleta azul, y se la echó a la grupa 

-Oiga! pero… Espere!. Es muy temprano, me coge en pijama y…además, yo no quiero que se vaya aún…

-Pero que me dices, maestro? -él era un poco pasota- ¿No te fuiste tú también un día a Cáceres a estudiar Derecho?…

-Sí…y, de alguna manera, ya nunca volví a casa…

Al ver mi tristeza, el Futuro quiso consolarme (todo un detalle por su parte) y me dijo:

-Ya verás, cuando acabe la carrera, lo orgulloso que vas a estar de tener una hija abogada…

-Ya hay muchos abogados -le contesté indiferente

-Bueno, pero piensa que, lo mismo, ella es una gran abogada que ganará mucho dinero…-respondió complaciente, mientras mi hija, sentada en el lomo del pájaro, asistía a la conversación un poco impaciente por emprender el vuelo, me temo

– Pero yo no quiero que sea una buena abogada –repliqué-, sino una abogada buena y, eso, en esta familia, económicamente no nos lo podemos permitir.

 El bicho, parduzco y antipático, perdió la paciencia conmigo. Hay que entender que, a últimos de Septiembre, debía de tener mucho trabajo.

-Eso es así, tronco, es Ley de Vida…- me dijo muy airado y dispuesto a iniciar la marcha. Luego, masculló: Ni que se fuera a la guerra!

Ahí ya me tocó las partes blandas.

-Mira, pajarraco: -le dije- yo me cago en la Vida y en la Ley y me convierto en tu peor pesadilla en forma de espantapájaros; agarro mi escopeta recortada de tapones superpuestos y te arreo un viaje que te labro de golpe. Si esa es la Ley, yo me hago maqui y me echo al monte, bandolero en Sierra Morena o el Lute en el Puerto de Santa María…me hago fuerte en este rellano y aquí no entra ni el espíritu santo en forma de caza-bombardero…

Maldije al cielo y lloré. Me encontré como en una estación desierta en donde había perdido todos los trenes. Estaba dispuesto a matar y a morir. ¿Cómo podría pasar por el pasillo y ver su habitación vacía, con su álbum de fotos abierto y su sesión del Facebook cerrada?. Su varilla de incienso Nag-Champa consumiéndose rapidamente, al tiempo de su niñez, y el silencio de la casa, huérfana de su móvil y el cuarto de baño ordenado? Demasiadas preguntas para hacerle al estúpido futuro.

Lo decidí. No había duda: Yo estaba loco. Me iba a cargar el futuro de mi hija y alegar enajenación mental. El, aunque seguramente acostumbrado a este tipo de escenas, detectó mi desesperación y, viéndome capaz de cualquier cosa, su cara dibujo una mueca de miedo. Es más, yo diría que el chulo plumífero, en ese momento, estaba acojonado. Con una acción rápida y precisa, agarré el brazo de la muchacha para bajarla de su montura.

De pronto, sentí un frio inmenso en la espalda; era como si una helada hoja de acero de Albacete me hubiera atravesado de arriba a abajo. La tremenda impresión me paralizó y enmudecí. Creo que hasta me mareé. El sobresalto hizo que mi cuerpo entero se quedara rígido, tieso, sin respiración, con los ojos abiertos como platos, las cejas como las de Zapatero y los dientes rechinando. Pensé que un rayo celestial me había castigado poniendo fin a mi deslenguada protesta y, por un instante, creí que estaba muerto. Pero no. Apenas pude reaccionar, noté como un reguero de líquido resbalaba por mi entrepierna, se enredaba en mis tobillos e inundaba el suelo. Lo di por hecho: la puñalada había hecho que se me relajaran los esfínteres. Pero tampoco.

Cuando conseguí volver la cabeza, lo entendí todo: Mi mujer, siempre cuerda y cabal, viéndome fuera de sí y a punto de fastidiar el porvenir de mi hija, cogió la jarra Jata de la nevera (esa que está siempre vacía cuando voy a beber, pero esta vez con agua) y me la había rociado por el cogote.

Aquellos momentos de desconcierto fueron aprovechados por el Futuro que salió por la ventana llevándose a mi hija.