Feliz navidad, no obstante.

 

Ahora que has vuelto de nuevo, navidad, voy a decirte algo que desde hace tiempo me callo. Y me callaba más que nada por mis hijos; pero ahora son ya mayores, tienen suficiente edad para oírlo todo y, yo, más que suficiente, para decirlo. Así, entre tú y yo.

Ya estás aquí con toda la alharaca que te caracteriza. Un brochazo de gris al cielo, unas bombillas de balcón a balcón, y una calle que canta villancicos en playback. Y ya está. Alehop! El boj del escaparate de la tienda de barrio, que en primavera fue naranjo perfumado de azahar y, el resto del año, adorna la humilde puerta, hoy, con unas bolas de colores, se ha despertado pino de Laponia. Eso se cree él. Eso quiere que creamos. La televisión golpea con sus programas rodados y enlatados en Agosto. Confeti y matasuegras. Que juerga! Es tiempo de ser bueno y feliz. Que lo dice el calendario. Típico cuento de navidad. Los anuncios, a lo suyo, convirtiendo las ilusiones en necesidades con cargo a la Visa. Un gordo vestido de rojo, con pinta de borrachín y con sus armas de destrucción masiva de la inocencia. Un abeto ecológico, es decir también de mentira, eso sí, al lado de la ventana, que el espíritu navideño, como la felicidad, cunde más si los demás lo ven. A partir de una tercera planta, Paz en las Alturas y, a ras de Tierra, paz a los hombres. A los hombres que ama el señor.

En fin, ya estás aquí, navidad, con tu típico decorado barato de teatro ambulante, en el que el mismo balcón sirve para que Romeo encele a la joven Julieta, o para que el crápula Tenorio, tras llamar al cielo que no le oye, salte al Guadalquivir. Es el mismo balcón y las mismas manchas que le manchan. Hoy son de la sangre de Mercutio, mañana de la del Comendador. Función continua.

Mentiras, todo mentiras. Te repites cada año, con poca imaginación y perdiendo el compás como los músicos viejos. Al menos, te podías esforzar un poco más para consumar el engaño. Crees que soy idiota. Pero no. Tú no eres La Navidad. A mí no puedes engañarme porque, hace tiempo, yo conocí la Navidad. La del brasero de picón oliendo a romero,  y la camiseta de invierno a su vera, cogiendo aroma, secándose. La del Nacimiento de eterno cielo azul por metros, pegado a la pared. Azul, de la librería Zapata. Ríos de espejo, muñequitos de barro, dunas de serrín. Rocas de moco de fragua. A Belén, pastores. Mi madre, de rodillas, junto a una bañera de hierro con patas de león. Mares tibios. El Amor en remojo, como el pan para las migas. El niño, limpito y oliendo a jabón. Mientras, en la gran radio Marconi que solo entendía mi padre, se escuchaba la música de El Tercer Hombre. Mi madre. Mi padre. Entonces estábamos todos. ¿Cómo vas a ser la misma, si perdí todas las estrellas que recortamos en la plata del chocolate?

En el enorme patio donde ya había enmustecido la parra, la Navidad, aquella de la que hablo, no es que fuera blanca, porque, la verdad, nunca fuimos de mucho nevar, pero para blanca y helada ya tenía la mano de Mari Carmen. A las 6, en el mármol del zaguán, pálido y frio, también. El vaho amortiguando las miradas. Los ojos se estrellan en los labios, y rebotan, y caen al regazo. Serán besos mañana. Niños. Que el umbral de esta puerta, solo Dios lo traspasa. Dijo el poeta. El patio. La densa pradera tenía un dueño absoluto: Un vaquero en un caballo blanco y negro, persiguiendo a un pavo al que teníamos prohibido tomarle cariño. Después, se iba el pavo y venían los Reyes. Ah! Los Reyes. Aquellos sí eran Magos de verdad. Fíjate si eran Magos que, a mi casa venían Tres, y, cuando llegaban, éramos Cuatro. Abracadabra! Conmigo siempre se portaron muy bien, aunque nunca entendí por qué no eran igualmente generosos con los niños pobres, si ellos se lo merecían tanto como yo y, total, solo tenían que hacer un poco más de magia. Pero yo estaba muy ocupado con mis juguetes como para preocuparme por aquello. Venían por los arenales casi con dedicación exclusiva a mí, porque nací tarde y muy alejado de la primogenitura. Mis hermanos eran algo mayores para hacerme la competencia. Mis hermanos. Crecieron muy pronto y yo, como en las películas, era un vaquero un poco solitario. Sin embargo, por aquel entonces, existían los amigos de la calle, de tu propia calle y, dentro de ellos, algunos, eran amigos cómplices. Felipe. Entonces estábamos todos, repito. ¿Te das cuenta de que no puedes ser la misma?

Habría que pedirte las hojas de reclamación porque, jodida navidad, eres un fraude, una impostora, un maldito engañabobos. Eres como el viento que apaga los pequeños caprichos y aviva las grandes ausencias. Con una mano repartes ilusión infantil y, con la otra, te llevas firmado de los críos un pagaré a fecha cierta e ineludible. El tiempo pasa. Entonces se satisfacen las deudas y a mí ahora me toca pasar por caja. A tu salud, cowboy.

No insistas, navidad. Pueden los grandes almacenes pintarrajear sus fachadas con cara de furcia; puede el Comercio proxeneta ponerte al punto como una vulgar ramera para que nosotros podamos echar a volar la fantasía, que yo casi que prefiero un acto solitario, la zambomba de toda la vida, de barro y pellica de conejo, que con la de plástico de los chinos, se seca el cerebro. Puedes, en fin, venir todos los años pero nunca volverás a ser mi Navidad. Que la mía se quedó atrás, se desvió en cualquier cruce del camino, en un caballo blanco y negro, a la grupa de un niño vestido de vaquero.