El euro, la peseta y otras rubias.

 

Apenas tenía yo 10 años pero ya quería ser aquella tibia ventolera, mezcla de aire y vapor de agua, que salía de la alcantarilla y levantaba la falda de su ingrávido vestido blanco. Ella, juguetona, sin querer queriendo, trataba torpemente de taparse. Yo quería abrazarme a sus piernas, trepar por ellas con la parsimonia de un perezoso; ensortijarme en sus pantorrillas y picar los hoyuelos de sus rodillas como un pájaro carpintero. Una vez allí, colocón de Channel nº 5, lo más seguro es que no hubiera sabido qué hacer, cómo continuar, porque a esa edad no es que no se tenga imaginación, es que se usa para otras cosas. Pero lo cierto es que Marilyn Monroe siempre despertó en mí sentimientos marcados con un pálpito de inconfesables, de esos que nacen en la frontera de la niñez, con la fuerza de un descubrimiento y la magia de lo prohibido. Ese barco que un día el niño aborda a espaldas de sus padres y, al poco, lo devuelve a la playa convertido en hombre, para mí, siempre lo capitaneó una rubia platino que echaba leña al fuego de las calderas. A sotavento, con su falda por velas.

Un día, Marilyn, se pintaba las uñas de los pies  y manchó su vestido. Blanco por rojo. Imagen congelada, rescoldo encendido. Ella se mantiene igual en las películas, en las fotos, en nuestra cabeza. A pesar de la Muerte, o mejor, gracias a la Muerte. Es la virtud que tiene morirse joven. ¿He dicho virtud? Bueno, dejémoslo estar. Digo que, a falta de testimonios, no sabemos si el más allá es bueno o malo. De lo que sí estamos seguros es que los muertos no envejecen nunca. Norma vital, norma para toda la eternidad. Norma Jean. Vestido blanco, rizos color rastrojo, muslos como la obra cumbre del maestro tornero. Y yo, un aprendiz de viento de alcantarilla en busca de Eldorado, más allá de las columnas de Hércules de sus piernas.

Y pensar…No, no  quiero pensar. No me da la gana creer. Me niego a caer en la cuenta. Pero no puedo evitarlo, si Marilyn viviera, si estuviera aún aquí, sería, más o menos, como la Duquesa de Alba. ¡Ah, subconsciente desmitificador!

Una señora está pagando en la caja del Carrefour. Tres cosas y media en su cesta, que la crisis no da para más. Son 30 euros. Ella piensa: ¡5.000 pesetas y no llevo nada!…Como tantos otros, compara las dos monedas. Pobre señora. Sin embargo es un espejismo también porque, de haber sobrevivido la peseta, tampoco llevaría nada en la cesta; 5.000 pesetas, los famosos mil duros de antes, sujetos a la natural depreciación, serían actualmente tan escasos como los 30 euros. Lo que pasa es que recordamos a la peseta, como a Marilyn, joven y valiosa, sin y haber pagado el precio del deprecio.

Nos quedamos sin Norma y sin peseta, ya ninguna de las dos rubias será duquesa pero seguirán siendo una referencia.