Tres mujeres.

Cuántas  veces he observado la misma escena. Desde el rincón del bar, la veo llegar; debe de tener su casa cerca. La ropa ceñida al cuerpo que ya desborda. Habla resuelta, sin vergüenza.

Va siempre acompañada de su hija, a la que acomoda, delicadamente, sentada a una mesa. Patatas fritas y un refresco. Después, ella se va a la barra y, allí, un tanto discreta, negocia con cualquiera.

Una vez de acuerdo el acuerdo, un hombre y ella salen, mientras la niña, acostumbrada e indiferente, se queda a sus cosas. Habla sola, juguetea.

Al rato, pasado ese tiempo típico en que se despacha el amor que no se quita los calcetines, la madre vuelve, toma a la niña de la mano y ambas se marchan. Ya está asegurada la cena.

Pero hoy, el rímel de la mañana encima del de ayer, no había conseguido dar un soplo de vida a sus ojos y, su hija, la mirada perdida, no jugaba. No supe qué les pasaba, pero lo que fuera, lo compartían en silencio y a medias. El hielo se derretía en la abandonada coca-cola.

En un punto, ella me miró, como pensando, digo yo, si hacerme una oferta, pero no se atrevió. Debe ser que notó que yo nunca me acosté con los calcetines puestos. No sé, pero al verla así, me entraron ganas de pagar una cena. Hoy, esa mujer y yo, habríamos podido llegar a un acuerdo.

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Es la sombra de los tubos fluorescentes un poco antes del amanecer. Por los largos pasillos silenciosos y oliendo a Mr. Proper, se adivina una ex mujer de bandera, ahora, a media asta por los años. Cansada de parir hijos y hacer horas a deshoras en oficinas vacías, casi ha perdido las formas de mujer, y hace tiempo que le están entrando ganas de perder definitivamente las formas. A golpe de fregona espanta los pensamientos que no debe tener una mujer honrada y a través de las rendijas de sus rizos, ya mechados con alguna cana, se mira de reojo al espejo.

Cada mañana, cuando se despierta, mira al hombre que está en su cama y no le reconoce en aquel que, un momento antes, estaba en sus sueños. Recupera la sonrisa que la noche anterior dejó en un tarro vacio de mermelada, al lado de unas viejas fotonovelas, y se pone la bata de la contrata, que todo lo oculta y que todo lo sugiere.

Y es que puede cubrirse la montaña de nieves en invierno y, el cráter, convertirse en lago en primavera, pero nunca un volcán está totalmente apagado.

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Yo tenía diez años, eran las once de la noche cuando fui a abrir la intempestiva puerta. Frente a ella, inmóvil, una mujer que había trabajado en casa, lloraba. No decía nada, solo lloraba y dejaba que, al contemplarla, supiéramos su problema.

Noté que tenía el pelo revuelto y mojado. El líquido que lo empapaba, le daba brillo, como si fuera de charol. Pero no llovía. De pronto, de uno de sus mechones, resbaló una gota que fue a estrellarse en el suelo y, allí, sobre el mármol blanco, reveló su verdadero color: Aquella mujer estaba sangrando y yo, asustado, llamé a mi padre que estaba ya en pijama y que vino inmediatamente.

También llegó mi madre y con una toalla le secó la cabeza. Nadie hablaba, ni parecía sorprendido; eran como actores de una escena esperada en la que, cada cual, tenía su papel aprendido. Todos, menos yo, que era como un figurante espontaneo, aterrado y buscando los rincones de aquel escenario para esconderme. Me sentí, a la vez, maltratado y, sin embargo, cómplice.

Tras las primeras atenciones, mi padre, hombre de leyes, le dijo: Espera un momento, mujer, me voy a vestir y nos vamos al juzgado de guardia. Ese hijo de la gran puta, no te vuelve a tocar.

Pasados los años, supe que era público y notorio que el marido de aquella mujer, le pegaba. Pasados los años, supe que, al día siguiente, ella volvió y le pidió a mi padre que la acompañara de nuevo al juzgado a retirar la denuncia; dijo que su marido no era malo, solamente tenía mal vino.

Pasados los años, heredé la rabia de mi padre, pero no el oficio, y sigo buscando mi lugar en el escenario. Aun no me he aprendido el papel, pero la sangre de aquella mujer y las de otras, diariamente me grita desde el mármol blanco. Vuelvo a sentirme maltratado y, paradójicamente, cómplice.