El Juicio Final en tablas

 

Me siento joven y me encuentro bien de salud pero, por mi edad, ando ya por ese punto del camino en el que el horizonte se preña y comienza a divisarse, aún lejana, aún azulina, la Montaña que pone fin al recorrido y, en cuya falda, un oscuro túnel conduce al otro lado. Cruzarlo es morir.

En realidad, la vida, perdonen que me ponga trascendente pero comprenderán que, el momento al me estoy refiriendo, lo requiere; la vida, decía, no es un camino que recorremos, sino más bien, una especie de cinta de correr sobre la que vamos montado y que, con su ritmo monótono, nos deja creer que somos nosotros los que marcamos el paso, pero es mentira. Automática, indiferente, a su bola, la cinta pasa de ti o te arrastra, según que quieras ir más deprisa que ella o hacerte el remolón; de pronto, se para y llega el Final, de forma programada o, quizá, aleatoria, pero siempre imprevista y fuera de nuestro control. También es verdad que, a veces, la Dama Negra, caprichosa, trastoca su carné de baile y viene a por ti tomando un atajo, te tiende la mano y te invita a echar una pieza. Y, si tú le preguntas, ¿por qué yo?, ¿por qué tan pronto?, ella contesta: ¿Es que no ves que estoy enamorada?

Mujeres!

Dicen que, una vez allí, en el reverso de la vida y siendo tú, a la sazón, ya espíritu, vienen a juzgarte. Yo no me lo creo, pero, por si acaso, no pienso irme como decía Machado, ligero de equipaje y casi desnudo. No, no, de eso nada. Porque, digo yo, si nos despojan de lo que fuimos en vida, malo o bueno, no nos podrá juzgar ni dios. A ver, ¿quién sería yo sin mis cosas? Aquellas que conforman mi trinidad personal: el que creo que soy, el que creen los demás que soy y el que realmente soy; y, de los tres un único responsable: yo.  En fin, sin todas aquellas cosas que he conseguido o tirado por la borda mientras estuve a la grupa de la indolente cinta.

Así que, en una gran maleta meteré todos mis vicios, el más grande, el de vivir, en una mochila aparte. También, mis páginas negras, públicas o privadas. Mis pecados capitales y también los cometidos en pueblos, no debieron ser graves porque, la verdad, me siento muy orgulloso de todos ellos. Mis deudas protestadas y mis deudores perdonados, mi carpeta azul de proyectos inacabados y mis fracasos consolidados. Las heridas del amor, adentro, en las vísceras, y las cicatrices del odio en la piel; al haber y al debe, respectivamente. Mis defectos y mis errores, eso sí, dentro de contexto, ellos demostrarán que he vivido, que he sido una persona común y un hombre sencillo. Todos mis recuerdos, incluso los olvidados, unos ojos verdes y un poco de cerveza. Unos cuantos aciertos, aun por descubrir, envueltos en opacos papeles de celofán, como sorpresas de huevos Kinder. Y, por fin, mis virtudes, bueno, esas caben en mis bolsillos.

También me gustaría llevarme, no sé si será posible, el móvil; no para llamar a nadie, lo cual entiendo que sería un poco violento; más que nada para que, ya fuera de cobertura, registrara si alguien me llama a mí, si alguien me recuerda; enterarme si, al menos la primera noche, ella, marca mi número desesperadamente, mientras palpa las arrugas de la sábana, buscándome en mi cuota-parte de cama ya vacía y aún tibia.

Por fin, con todo eso a cuestas, me sentaré frente al presidente del tribunal e, intentando abstraerme de la solemnidad del momento, le diré: 

-Bien, echemos cuentas. Yo pagaré mis deudas, como siempre hice, pero creo que a mi también se me debe algo. Tal vez yo haya cometido errores, pero las circunstancias no las elegí yo, me las impusiste tú o alguien de esta Oficina. Seguro que vosotros no os habéis pasado la vida haciendo equilibrios, con un par de muletas, sobre una estúpida cinta que, el día menos pensado, se detiene y se funden los plomos; eso, si no viene la Parca anticipadamente, porque se ha encoñado contigo. Encima, nazco en la dictadura, me dais una carne débil para cubrir mis huesos y me ponéis al alcance unas escasas tentaciones que, por naturales, entiendo veniales. Admitiréis que vosotros tampoco habéis estado muy finos.

-¿A qué habéis venido, a juzgar o a jugar? -me pondré un poco borde, total ya…- Porque eso de ofrecer una manzana del bien y del mal, para luego poner las peras al cuarto, no me parece serio.

-Así que, mira campeón, -continuaré diciendo en mi turno de conclusiones finales- si venís a juzgar a los vivos y a los muertos, prefiero mostrarme de los primeros, aunque ya sea de los segundos. Propongo combate nulo y que me abráis las puertas celestiales y también las del infierno, que yo pueda ir y venir, ya arriba, ya abajo, ahora con los buenos, ahora con los malos, que yo siempre me relacioné con toda clase de gente; porque eso de estar por los siglos de los siglos en el mismo lugar, me parece aburrido hasta para el Paraíso. Si lo aceptas, aquí paz y después, si eso, Gloria…

………

Pues, sí. Después de todo, nadie me podrá culpar, si en la última partida, donde me juego la Eternidad, voy de farol.