Canción triste del cuco. (Blues)

Mi amigo Luis anda ya cerca de  los 70 años y fue boxeador en su juventud. Se sienta en un rincón del bar y, a quién se tercia, muestra sus fotos que guarda en el móvil: joven, calzón de raso y en guardia.

Hace unos años, apareció Nina, por un Guadiana navegable y en una carabela de retorno. A la altura de Badajoz, los chopos del embarcadero le recordaron a sus bosques incas y allí atracó, encendió el fuego y se quedó.

A una de esas citas que, sin saberlo, te emplazan irremediablemente y que el destino viste de casualidad o la casualidad disfraza de destino, llegó Luis, recientemente enviudado, que sacaba al sol al lagarto de la soledad,  mordiendo su costado, sin apretar más, pero sin soltar. Por protegerse, bajó la guardia, y a contrapié, Nina le mandó un certero gancho a las entrañas y él acusó el golpe, hincó la rodilla en la lona y exhaló un “te quiero”.

En el viejo mundo, el último autobús amanecía por occidente. Dejaron de caer las hojas otoñales del Marca y en la radio sólo se escuchaban canciones en francés. A las siete de la tarde, bollos de la Cubana y café con leche, y, de vez en cuando, un mal verso con faltas de ortografía, del lápiz de la oreja se desparramaba en una servilleta de papel.

Daba gusto verles por las calles, dirigiéndose las bocas y comiéndose las miradas, intentando perfeccionar en cada esquina el último beso pluscuamperfecto. No hubo portal sin abrazo, ni acera sin regueros de caricias caducadas. –“No me había dado cuenta, amor, de cuántos escaparates había en la calle Mayor hasta que empezaron a reflejarnos.”

Sus hijos le decían que aquella mujer sólo buscaba El Dorado de su pensión y su pequeña casita. Sus amigos, le previnieron: “Cuidado, Luis, que  el agujero negro de su entrepierna, en lugar de un túnel del tiempo a la juventud, puede ser  un oscuro pasadizo a la notaría y, como el pájaro cuco, traerá su prole a tu nido y os despojará de todo.”

Pero él no hizo caso. Para entonces, ya tenía hasta su propio corazón en precario; parceló su cama y, en la Muralla de la Alcazaba, inscribió registralmente con una barra de tiza, a nombre de Nina, todas las arrugas de su sábana  y de su piel. Aquella mujer fue nombrada virreina de las tierras y carnes conquistadas. A saber, poseía ya, en pleno dominio, las macetas de geranios que florecían en las ventanas, a la sombra de la Torre de Espantaperros, además de todo lo que las sustentaba y, en usufructo vitalicio, la distancia que va desde las medias suelas a la media calva, en total un metro sesenta, del pequeño Luis, aproximada y respectivamente.

Un día, quizá de tanto besarla, debió darle un beso maldado y Nina, se convirtió en rana. Los trenes comenzaron a llegar tarde a las estaciones equivocadas. Luis, por no ver cómo se balanceaban las perchas vacías en la barra del armario, ya sin el peso de su ropa, cerró de un portazo su casa y fue a comprobar si los escaparates reflejaban los recuerdos. Los amigos le preguntaban por ella, y él mentía para que la nariz de Pinocho no dejara ver sus ojos.

De esto hace un par de años, duermevela más, duermevela menos. Hoy, intenta reconocer a Nina en la mujer de la que hablan los papeles del juzgado. Va perdiendo a los puntos su combate con un vino que le ha salido peleón y que  le castiga duramente el hígado y, dicen que alguna vez, un cuco que frecuenta los tejados, desde la cornisa, le canta la cuenta de protección.