La oreja.

 

Una oreja son sesenta minutejos.

Perdón por el viejo chiste pero hoy quería comenzar rompiendo el hielo, porque tengo que  hacer una dolorosa confesión. Acabo de cometer un acto de vergonzante vanidad, de narcisismo trasnochado: Me he depilado las orejas. Sí. Con cera. Yo. Solo. A mí mismo. A mi edad. Esto último no sé si vale como excusa o es un agravante.

Debo admitir, además, que no ha sido un acto espontaneo, fruto de un impulso o arrebato. No. Por el contrario, ha sido meditado y programado. Autoinfringirse semejante bricolaje metrosexual, requiere no solo obviar principios morales y éticos que uno abanderó toda su vida, sino que además se precisan elementos de venta en grandes almacenes, amén de contorsiones físicas nada desdeñables, por no hablar, de los espejos estratégicamente colocados, por tanto, no tengo más remedio que reconocer que lo planeé y lo ensayé concienzudamente.

El doloroso proceso, en la soledad de mi cuarto de baño, no me parece suficiente castigo a mi inefable acción y por eso le doy publicidad, como flagelación adicional y redentora. A pesar de todo, el resultado final es bastante aceptable, pero ahora un par de parabólicas brillantes y enrojecidas que parecen palpitar, me contemplan, entre satisfecho y avergonzado, como testigos mudos de mi hazaña.

Una oreja puede ser fea o más fea. Si no deparamos en la fealdad de una oreja es porque estamos acostumbrados a verla. Es un promontorio carnoso, un pegote estúpido, informe, lleno de recovecos; un laberinto cartilaginoso que no resiste el más mínimo análisis estético. Y, encima, tenemos dos iguales, una a cada lado, para no pasar desapercibida. Como pabellón auditivo que capta los sonidos para conducirlos al oído interno, puede ser una maravillosa obra de ingeniería, no digo que no, pero ¿a quién le apetece llevar una obra de ingeniería colgando a ambos lados de la cara? Y los sordos, ¿por qué no se les caen las orejas como ocurre con los dientes de leche? Si su única utilidad ya sería colgarse el sonotone, supongo que habría otras soluciones para poder prescindir de ellas. Pero no; las orejas se quedan en su sitio y nadie se las extirpa aunque sea más sordo  que una tapia. Esta reflexión, por si sola, pone en tela de juicio toda la supuesta utilidad auditiva de la oreja, claro, se me dirá, que una persona sin orejas nos parecería monstruosa, pero eso sería solo al principio porque después, como queda demostrado, nos acostumbraríamos a tal visión.

En mi caso concreto, mis orejas no son más feas ni más bonitas de lo común. No destacan por arriba ni por abajo. Al menos no recuerdo que nadie las destacara. A mí no me llamaban Dumbo en el colegio ni, por el contrario, jamás alguien me dijo: Qué bonitas orejas tienes. Creo que mis orejas son simplemente anodinas, del montón. Y, menos mal, porque hay algunos que además de tener orejas, ya feas per sé, éstas parecen tener vida propia y tienden a desprenderse de la cara, con lo que la cabeza del infortunado parece un Seat 600 con las puertas abiertas. Lo que les pasa a las mías, por lo demás, como digo, normalitas, es que les han crecido pelos y esto aun lo entiendo menos. No sé por qué los hombres, además de cargar toda la vida con semejantes adminículos, a la vejez se les llenan de pelos, cuando precisamente en la cabeza comienzan a perderlo. Otro misterio.

El caso es que tras hacerme todas estas consideraciones, llámeseme cobarde, no me atreví a practicarme una ablación de mis peludas orejas y opte por la cera, pues iba camino de tenerme que hacer un peinado tipo Anasagasti, con los orejudos capilares.

Recuerdo que cuando era niño, una amiga de mi madre, cada vez que me veía, me plantaba un sonoro beso en la oreja que me dejaba silbando el tímpano como una olla exprés a punto de explotar. Aquella mujer acertaba siempre, indefectiblemente en mi oreja. Realmente aun no sé si, la puntería de la que hacía gala era buena o mala, o simplemente, era mala leche. Claro que es verdad que hay besos en las orejas y besos en las orejas.  Cuando el beso, sin embargo, enmudece y se aterciopela, y cuando a la par arrastra apagados susurros, tenues chasquidos de labios y palabras a medio pronunciar, ella, la fea oreja que, en el espectáculo del beso, tiene butaca de primera fila, es un anfiteatro agradecido como ninguno. Porque la oreja, en aquellos mundos,  sotto voce, no solo siente el beso, sino que lo escucha e inmediatamente responde, entregándose a una danza febril con los átomos sonoros de la lengua. Beso de caramelo, a la vuelta de la esquina del ojo, en aquellos recodos forzosamente ciegos, a la puerta del cerebro pero que eriza la piel de todo el cuerpo. Beso que se siente protagonista y recorre la oreja en forma de viento; beso que tiene vocación de eco.

Acaso, esto sea lo que me reconcilia con la oreja, eso sí, siempre que no tenga pelos.