Octubre, el generoso. Relativamente.

 

Se va el largo Octubre. Como sin querer irse, sin ganas. Pero antes, él siempre tan atento, nos deja el mejor de los regalos: Tiempo. Una hora más para que hagan la maleta las hojas pardas de los árboles, para recuperar del armario los amorosos pantalones de pana, para que se arrullen las ballenas azules. En fin, 60 minutos más para remolonear antes de que llegue Noviembre con el Día de los Muertos.

Hoy, desde que me desperté con arreglo a mi adelantado reloj biológico, ando un poco desubicado, con una especie de “jetlag”, pensando en qué invertir rentablemente esta hora canaria que, como el día de reyes, nos cae por la noche a los pies de la cama. Y, por pensar, pienso. Es lo que pasa, lo que me pasa.

Lo que el salvaje que, con torpe mano, hace de un tronco a su capricho un dios y luego ante su obra se arrodilla, eso hemos hecho nosotros con el reloj y nos hemos convertido en sus esclavos.

A lo mejor estoy desvariando y mis matemáticas sólo son primas de las que nunca fallan, pero me pregunto si no sería posible que, por nuestra cuenta, hiciéramos esto todos los días y, al cabo de 25, un mes apenas, habríamos ganado una jornada completa. Y así sucesivamente, como hábiles trileros, engañar al Tiempo. Tal vez se podría parar la noria, bajarse del tiovivo. No dar todo por sentado, saltarse las normas, dar la espantada, hacer un acto obsceno al conformismo y cagarse en todos los rincones del redil.

No sé, pero a veces me parece que damos demasiadas cosas por supuestas, admitimos facilmente que son así porque deben ser así, nos resignamos y, sin embargo, hay algo que me dice, como a Einstein, que todo es relativo.