El día que se proscribió a Mateo el Evangelista

Algunos recordarán aquellos Ministros Sin Cartera de la Dictadura. El personaje en cuestión, o más bien su cargo, era de aurora boreal, sólo podía entenderse  e incluso parecer normal en aquel contexto, que tenía la desfachatez de autodenominarse Democracia Orgánica. El Ministro Sin Cartera era como un indefinible e indefinido operario de servicios múltiples en la reserva, que me perdonen estos trabajadores por la odiosa comparación. Es decir, era un jodido comodín de lujo. Siempre me pareció una desvergüenza, una más, de aquella época, porque, si no había cartera, es decir, si no existía asunto, materia u objeto para justificar un ministerio, por qué tenía que haber un enchufado digital, uno más también, para hacer las veces de ministro en el banquillo, por si aparecía, de pronto, un tema que no cuadraba en otros departamentos. Era ponerse el costoso parche antes que el grano.

Lo malo es que actualmente se siguen creando ministerios sin chicha ni limoná, se les pone un nombre muy social, de esos que gustan a todo el mundo porque aluden a derechos incuestionables, pero su cartera está igualmente tan vacía como la nevera de Carpanta. Y es que hoy, al igual que entonces, si algo es importante para un político, es que, una vez llegado al gobierno, tenga un buen ramillete de cargos que repartir entre sus acreedores de favores; y, además, es igualmente decisiva, la capacidad que tengan para sacárselos de la manga, en un vergonzante milagro de la multiplicación con cargo al Presupuesto. Eso, sí, ahora al menos, se molestan en llamarles de alguna manera, será porque lo de sin cartera estaba bien para tiempos en los que a cada cuatro años no tenían que llevar al huerto a la gente, además, si en algo tienen práctica estos tipos de nuestros días es en ponerles bonitos nombres al vacío, o lo que es lo mismo, en pintar un pedo de verde.

La consecuencia nociva e inmediata de estos prestidigitadores de cargos, no es ya la multiplicidad de las administraciones, sino el impresentable solapamiento de competencias. Ya me contarán que pintan, por ejemplo, las Diputaciones Provinciales en un estado de las autonomías, algunas de ellas, para más inri, uniprovinciales. Les daré una pista: la pintura es de color verde.

El caso de las diputaciones, me es especialmente doloroso por sangrante. Recuerdo que allá por los años 80, algunos partidos políticos en la oposición y sin previsiones ni esperanza, claro, de llegar a formar gobierno nunca, comenzaron a cuestionar la propia existencia de tales organismos.

Entonces, los máximos dirigentes, estos sí con responsabilidades gubernamentales, pensaron que había que llenar de contenido tan sustancioso y goloso continente para dotarlos de una justificativa razón de ser. Agotadas que estaban otras competencias públicas, ejercidas ya por distintas Administraciones, se pensó sin ningún pudor en actividades del campo privado. ¿No venden vajillas de acero inoxidable los Bancos, pues por qué no puede una diputación hacerlo? – Debieron pensar- Lo que pasa, consideraron a continuación, es que lo de las vajillas es muy popular y, lo mismo se les echaban encima la opinión pública, Magefesa y el Corte Inglés. 

Había que pensar en otro sector: un campo donde los profesionales fueran pocos y muy repartidos por el territorio nacional, no sea que pasara como con los empleados de Seat: miles y todos concentrados en Martorell, que cualquiera se atreve a toserles. En ese punto, llegó el lumbreras de turno y dijo: “Albricias!, ya lo tengo: Asumamos la Recaudación Municipal, puesto que Los Recaudadores y Agentes Ejecutivos son pocos, desperdigados e impopulares.” Entonces, se opuso el aguafiestas: “Yo no lo veo. Precisamente los Ayuntamientos prefieren que su Recaudador sea privado, por varias razones pero, más que nada, por efectividad ya que trabaja a comisión.” Tras unos momentos de duda, alguien, uno de esos cuyas legítimas suelas de cuero nunca tocan el suelo, se levantó y sentenció: “A ver, señores, pensemos. A qué tantos escrúpulos, tenemos a nuestra disposición un arma de destrucción masiva: El Poder Legislativo. –Yo tengo el Poder, que diría He-man- Hagamos ilegales a los Recaudadores existentes, exijamos que sean funcionarios…y habremos eliminado de un plumazo toda posible competencia…”

Y así se hizo y se consumó en un BOE del año 1.986. Miles de humildes Recaudadores y sus empleados fueron proscritos y a continuación económica y torticeramente hundidos con el dinero de sus propios impuestos.

Que nadie se moleste en hacer memoria de cuál era el partido que gobernaba entonces. Da igual. Después llegaron otros, de otro color, y no lo enmendaron porque esos cargos de diputados, como todos los demás, son muy importantes para todos ellos y sus compromisos.

Mateo, al igual que mi padre después, como muchos otros y yo, fuimos Recaudadores hace tiempo. Ahora soy un ex trabajador extinguido de ningún sector, un prejubilado sin cartera.