Renato

Cuando uno empieza a marear las hojas de “su libro”, se encuentra con páginas que, si no son del todo negras, sí tiran a un tono parduzco y que, tal vez, solo tal vez, de tener la posibilidad, le gustaría reescribirlas. Pero ahí están, tal cual; y no tienen remedio. Por eso, reconozco y asumo que, en aquel tiempo, finales de los 80, yo tenía ganas de comerme el mundo. Qué quieren que les diga. A esa edad, lo miras, al mundo, y te parece una perita en dulce; abierta de patas, esperando a que le hinques el diente. Después, el mundo, resulta que no es pera que espera, sino un hueso duro de roer  y en el empeño te dejas un par de incisivos. Así, se le quitan a uno las ganas. Como ya dije, anónimamente, alguna vez, ¿De qué le sirve a un hombre comerse el mundo si, en el intento, pierde los piños? Pero esa, es otra historia.

Sea como fuere, allí estaba yo, en la mesa del restaurante, sentado frente a Renato, intentando saber qué quería aquel tipo de mí y cómo habíamos llegado hasta allí.

El “cómo” se descubrió enseguida. Parece ser que un amigo mío, empleado de un banco, con el que trabajaba aquel hombre, le indicó que yo podía ser la persona que andaba buscando y le dio mis datos para que se pusiera en contacto conmigo. Prefiero no pensar en las razones que indujeron a este amigo común a considerar que yo podría estar interesado en la propuesta de aquel hombre.

Renato era portugués, alto y de aspecto distinguido. Socarrón; su acento le daba una gracia especial a lo que decía. Hablaba con desparpajo y, por si fuera poco, era mayor que yo. En estas condiciones, si tratas de negocios, has de asegurarte bien por dónde te pueden venir los tiros. Pero, a medida que avanzaba la conversación, debo admitir que yo iba ganando confianza en él; nos entendíamos bien, pero más que nada, porque lo que me relataba era demasiado increíble, o, cuando menos, demasiado curioso, como para ser inventado. No me cabía en la cabeza que alguien pudiera presentarse a un extraño, como era yo para él en aquel momento, y plantearle algo como lo que estaba a punto de escuchar.

Me contó que se dedicaba a actividades muy variadas. Desde representar a una marca de lencería femenina muy sugerente, cuyo muestrario anduvo rodando hasta hace poco por mi casa para general divertimento, hasta ser el delegado comercial de una fábrica, sita en Coímbra, que se dedicaba a hacer cadenas de todo tipo: para bicicletas, para distribución de motores, etc.; pasando por llevar en su cartera un sinfín de artículos de lo más variopinto que intentaba colocar en todos los países el Mundo. En una palabra, Renato era, al menos en mi apreciación hasta ese momento, lo que aquí llamaríamos en plan coloquial y cariñoso: Un enredador; vivía a la que iba saltando, aunque, parecía ser, que de esa forma tan pintoresca y tan poco especializada, se ganaba holgadamente la vida. El caso es que estaba buscando un socio o colaborador, me dijo, con el que repartir ese ajetreo  de continuos viajes que, a su edad, ya comenzaba a pesarle.  Y eso era precisamente lo que pintaba yo en aquella reunión.

Desde un punto de vista estrictamente comercial y práctico, y si solo hubiera sido esto, probablemente me habría negado a participar en sus etéreas actividades, bastante tenía yo en aquel momento con mi trabajo real y tangible, como para embarcarme en  semejante retahíla de insustancialidades. Sin embargo, lo que yo sabía hasta ese instante, era solo una parte, es más, era la parte menos importante de su propuesta. Lo que realmente me cautivó fue la profesión principal de Renato, aquella que le permitía vivir del modo que quería y, aparentemente, muy bien; precisamente aquella cuyo relato había dejado para el final. A mí, una vez más, mi mente laboriosa e incansable, me iba a jugar una mala pasada.

Por lo que siguió exponiéndome en la conversación, a través de sus aventuras y desventuras con las que fácilmente se hubiera podido componer una novela, que me contaba de una forma y  con un lujo de detalles que en absoluto podían ser inventados, yo, un tanto boquiabierto escuchándole, llegué a la conclusión de que Renato era, fundamentalmente, una especie de Señor de la Guerra. No traficaba con armas, sino que, a través de fabricantes o de su propio almacén en Estoril, proveía a todos los conflictos bélicos del mundo de vehículos todoterreno y de sus correspondientes piezas de recambio, concretamente los Jeep Willys, que andan en esos menesteres desde la Segunda Gran Guerra. Al parecer, no había escaramuza, guerrilla o tirón de verga armado en el mundo que Renato no visitara con su cartera, tanto a un bando como a otro, lo cual no dejaba de tener sus riesgos.

Unas cosas con otras, me pareció una idea tan aventurera, tan romántica y peliculera, que acepté su propuesta. Ya me veía yo por aquellos remotos países en conflicto, viviendo cada día una apasionante historia de acción. Además, no tenía que hacer ningún desembolso previo, lo cual alejó de mi toda posible sospecha de que se pudiera tratar de un timo o de una estafa.

Durante las semanas siguientes, nos reuníamos a menudo para sentar las bases de nuestro acuerdo y programar nuestra actuación conjunta. Para mi sorpresa e inyección de ánimos, a los pocos días, ya nos encontrábamos trabajando en Coímbra en un prototipo de cadena de distribución para ser homologada por Seat, tras mis conversaciones con los responsables de la fábrica de Martorell y con la posibilidad de convertirnos así en proveedor oficial de la marca.

Aquello empezaba a marchar y era solo el principio. Después vendría, pensaba yo, lo que más me ilusionaba y atraía, el plato fuerte: los viajes a todas las zonas calientes del planeta. Pero yo no podía imaginar que el destino estaba planeando hacer de las suyas.

En el siguiente encuentro con Renato, en la que, sin saberlo, sería nuestra última entrevista, no le noté especialmente preocupado o más triste que otras veces. Su actitud era la misma. Un poco distante, un poco pasota, en fin, como siempre. Sin embargo, después de tratar los asuntos habituales del negocio, me comentó que había estado en el médico para que le informara sobre una analítica que le habían hecho días atrás y, con su habitual sorna, me soltó impasible:

Me ha dicho el doctor que ha visto resultados de análisis a cadáveres, mucho mejores que los míos…

Después de aquello, desapareció; como si le hubiera tragado la tierra… o la guerra. A pesar de mis intentos, no conseguí localizarle. No sé si realmente su salud era tan mala o si, pudo tener unos dimes y diretes con un fusil AK-47, el caso es que allí acabó sin haber empezado mi aventura porque ya no volví a ver a Renato.

Extractos de otras Publicaciones:

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…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

5 thoughts on “Renato

  1. Triste y descorazonador como la vida misma en tantas y tantas ocasiones…comienzas a ver la luz y de pronto…completa oscuridad…gracias por compartir tus palabras tan bien usadas y que son parte de ti mismo.

  2. Un mntón de ilusiones y proyectos, que sin duda, y culpa de aquella juventud a la que refieres, se esfumaron sin ni siquiera palparlas. Pobre Renato !!!. Gracias Quini, por compartir sentimientos, reales o no…. son sentimientos con una forma muy peculiar tuya. Enhorabuena !!!!

  3. Lo siento por el pobre Renato, que seria de él ?. A ti te estuvo bien empleado por confiado, aprovechado, imaginero,…etc., cuando te ibas a ver en otra. Desde luego imaginacion si que tienes y nos convences. Felicidades.

  4. Nos deleitas lo mismo con tus escritos intimistas y poeticos que cyuandocomo ahora tiene un tono mas narrativo y periodistico como este. Gracias

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