No es lo que tengo, es lo que soy.

Personalmente, lo que no le perdono al proceso evolutivo del Hombre es aquel eslabón en el que surgió el homo erectus, me refiero, para más señas, a aquel episodio en el cual el homínido se levantó sobre sus patas posteriores. Dicen que la razón para ello fue la necesidad que tenía el animal de alcanzar los frutos de los arboles pero yo no me lo creo, conociendo como conozco a la especie, me parece que se trató de pura chulería y esnobismo lo de aquel antepasado mono que, de pronto, se puso a caminar erguido mientras que todos los demás iban a cuatro patas. Maldita la falta que hacía.

Y es que, si semejante simio imbécil, no hubiera montado aquel numerito para congraciarse ante las monas, ahora seguiríamos utilizando los brazos para apoyarnos en el suelo al andar y, por tanto, las extremidades anteriores, no se nos hubieran atrofiado y acortado a lo largo de los siglos y hoy aún seguiríamos gateando, como es mi caso.

Siguiendo con esta línea argumental, podíamos llegar al descubrimiento de que si yo necesito muletas para desplazarme, no es por un problema de las piernas, sino de brazos, porque me empeño en ser erecto y, como mis manos no me llegan al piso por culpa de aquel culo pelado, no tengo otro remedio que suplementarlas. En una palabra: yo no soy cojo, sino un “homo de contradictoria evolución“. Suena bien, eh?

En fin, espero que me disculpen por asaltarles con tamaña majadería, pero quiero con ella reivindicar mi derecho a que se me califique así, como soy, simplemente: cojo. A ver, entiéndaseme, no es que esté pidiendo que los sistemas de megafonía se refieran a mí como: “el cojo“, en lugar de mi nombre, no. Lo que quiero decir es que, cuando no haya más remedio que referirse a mí, no me llamen disminuido, ni discapacitado, ni minusválido, ni otros circunloquios horteras, cursis y, lo que es peor, inexactos. Cojo, eso es lo que soy, así de rotundo, así de sonoro y, sobre todo, así de cabal. Soy cojo, sí, pero nada más.

Cojo, manco, ciego, tuerto, o viejo, son palabras que a menudo se obvian por su aparente dureza pero, sin embargo, tienen la virtud de que son exactas. A mí me encantan esos términos contundentes. Jesucristo se ayudaba de historias para hacer entender conceptos complicados con palabras sencillas; tras 2.000 años, lo hacemos justo al revés: hemos inventado la anti-parábola, ha costado mucho tiempo pero al final lo hemos conseguido, tras un largo recorrido, hemos alcanzado la memez.

No hay que tener miedo a las palabras, sobre todo cuando por huir de ellas, se cae en algo peor como la bobería, la ridiculez y la injusticia, pues me parece mucho más agraviante que se nos achaque una disminución, una tercera edad o clase, una menor capacidad o una rebaja del valor, todo con carácter general, cuando cada uno, solamente en cuestiones puntuales de nuestra merma somos inferiores pero, en el resto, podemos ser iguales o incluso a veces superiores. Supongo que a estos repollos con lazo del idioma, que andan haciendo estúpidas cabriolas lingüísticas con tal de no llamar al pan, pan y al vino, vino, si les pusiéramos enfrente a Beethoven y a, mismamente, Leonardo Dantés o Yurena (la del No Cambié), dirían que el de menos valor, de tercera o disminuido sería el músico vienés porque era sordo. Puaf!

Deberíamos atacar de frente a los problemas y por su nombre, proporcionar tratamientos sanitarios gratis para las enfermedades que los provocan, ayudas económicas y personales para los que los padecen, accesos arquitectónicos adaptados y, en fin, evitar o paliar en lo posible la desigualdad a la que conducen. Ponernos calificativos light y moñas a los tarados y tullidos no va a resolver nada, excepto, si acaso, proteger la candidez de algunos oídos y, además, se corre el riesgo de que lleguemos a formular una teoría según la cual, de la misma forma que yo nunca llegué a alcanzar la condición de hombre erecto y abandonar la cuatro-patía, para otros, el eslabón perdido de la evolución, es el del mismísimo homo sapiens.

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