Morir con carácter retroactivo

 

Anoche tuve un sueño extraño, nebuloso y corto como un video de Youtube. Era una cena romántica. Frente a mí, en la pequeña mesa, al otro lado del mantel de cuadros rojos y blancos, una mujer morena, devoraba con auténtico entusiasmo un generoso plato de espagueti. Daba gusto verla. Yo hablaba y hablaba, y ella, muy de vez en cuando, levantaba la cabeza, me miraba y sonreía. Nada más, sólo comía y sonreía.

Masticaba deprisa pero acompasadamente, recreándose; sus mandíbulas eran como caderas al ritmo de una danza tribal; talles femeninos frenéticos y voluntades en trance. Al fondo alguien cantaba Torna a Surriento. Al fin, hizo una pausa, se recostó sobre el respaldo de la silla, relajada, al postrero regusto del queso parmesano y su cara dibujó un placer infinito. Aquellos ojos con denominación de origen, color vino tinto de la Toscana, me miraron complacidos. La noté serena, saciada, casi agradecida

La consabida vela que alumbra toda cena para dos, se desmelenaba sobre la botella de cristal verde que la sostenía. Esa luz equidistante entre dos almas, a tiro de aliento la una de la otra, y que siempre marca el centro del Universo de la pareja. Y no hay más. El Mundo acaba en la bastilla de las servilletas y la Vida, agazapada en los bajoplatos, acecha el momento en que las manos se encuentran y los dedos entablan un cuerpo a cuerpo, enroscándose entre sí y retozando sobre las migas de pan

De pronto, la atmósfera que revienta. Se abre la ventana de golpe y el viento del Adriático se lleva el sueño, el mantel de cuadros y apaga la tenue llama de la vela. Me despierto lo suficiente para darme cuenta que he perdido el hilo de mi historia, no tanto como para consolarme, demasiado para encontrar el camino de vuelta.

Es hora de levantarse, hacer la cama y revisar los conceptos de ayer. El acto supremo del Amor puede que ya no sea morir, morir de amor, sino matar por amor. Tal vez sea más difícil matar que morir aunque sea de forma aséptica, de hambre silenciosa o de puro unplugged. Tal vez. Chi lo sa?

Se llamaba Eluana Englaro, era italiana y tenía los ojos color vino tinto. Se llamaba Eluana y murió en 1.992, pero hasta ayer no se lo dijeron.

 

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