Mi gran historia por los suelos.

 

En cualquier lugar de la inmensidad de una baldosa, dos hormigas se encuentran de frente. Mimetizadas, a lo largo de la línea oscura del ángulo que forma el rodapié con el suelo. Iban caminando, una hacia la otra, entre melancólicas brumas de pelusa. Durante un instante se paran, cara con cara, chocan, acarician sus rígidas y queratinosas antenas, pareciera que se ensortijan como si fueran rizos de cabellos entre los dedos. Tal vez, con sus movimientos de radar, captan una ancestral música animal, a cuyo son entablan una febril danza pagana de los palos. Casi en trance, sus cuerpos se alinean, se achatan. Si es verdad que existe un cuerpo en cada alma y que, cada alma, para fundirse con otra, necesita un cuerpo en el que encarnarse, algo divino tiene el Cuerpo cuando así puede convertir dos almas en una.

Se hace el silencio en el reino de las hormigas, al menos yo no escucho nada, los Suelos y los Cielos quedan en suspenso, a contemplar el milagro. En la bóveda celestial de escayola, los halógenos titilan como palmeros del prodigio. Todas, hasta la última de sus muchas patas, tiemblan al beso.

Si el encuentro ocurre al azar o por instinto, o si será el instinto del azar, que se empeña en que le llamemos de forma grandilocuente destino, es algo que ignoro, pero, de todos los diminutos habitantes del suelo y del subsuelo, de todos los átomos indivisibles que componen cada hipo de la aguja del reloj, y de todas las infinitas trayectorias posibles de que es capaz un metro cuadrado, las dos hormigas, tropiezan irremediablemente, como dóciles marionetas de una ineludible profecía, y finalmente se encuentran en ese concreto y relativo guiño del espacio al tiempo. Y allí, se entregan. Eso es lo cierto, eso es lo que me consta.

Quién sabe qué augurio, qué designio o maldición, o, simplemente, qué sentimiento las reúne y las une. Qué se dicen en ese sublime momento. Qué se dan; cual será el trueque eterno que firman con el néctar de su ácida saliva. Tal vez lo que se confían sea el camino cumplido de la una, a cambio de la ruta prometida de la otra y, hasta es posible que ese efímero e irrepetible contacto, constituya precisamente la línea divisoria entre dos mundos, esa frontera donde los proyectos se convierten en recuerdos. Pasado por Futuro, con reciprocidad y a la inversa. En fin, en una palabra, quizá sea ese pez dorado y escurridizo que llamamos Presente. No lo sé, tampoco lo sé. Pero, a continuación, los dos insectos se desenlazan y reanudan la marcha, sin mirar atrás. Algo me dice que en esa dimensión infinitesimal no hay segundas oportunidades y nunca más volverán a reunirse en el universo sin fin del terrazo o de la tarima flotante.

Así, tú y yo, nos encontramos. Tan pequeños como perdidos. Destilamos una historia tan grande que podía ser observada por un gigante. Nos la bebimos de un trago, hasta la última gota, y, después, nos dijimos adiós.

 

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5 thoughts on “Mi gran historia por los suelos.

  1. Querido amigo, porque siempre seras querido, a pesar de todo. Observo cierta melancolia, tristeza, mirar “patras”, me lias con tus pensamientos profundos pero me gustan. Sigue asi. Las hormigas se olieron, se conocieron, se hablaron y siguieron su camino.Haz tu igual, “patras, ni para impulsarse.

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