Madre, he ahí a tu hijo.

“Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad.”
Inscripción en el Cementerio Alemán de Yuste.

En Cuacos de Yuste, de camino al Monasterio de Carlos V, te sale al paso y te sorprende un pequeño y solitario cementerio donde están enterrados casi doscientos soldados alemanes, caídos en territorio español durante la primera y segunda guerras mundiales.

Consiste en una pequeña meseta, donde las tumbas se alinean en perfecta y germánica formación militar y, en su cabecera, estilizadas cruces de granito gris que llevan inscritos en alemán los nombres, rangos y fechas de los moradores, parecen haber sido colocadas con tiralíneas y, supongo que no es casual que, en sí mismas y vistas en perspectiva, recuerden a un ejército desfilando con aire marcial.

Todo el recinto está muy bien cuidado e, incluso, diría que es bonito y coquetón, si no fuera porque, tratándose de lo que estoy hablando, sería una frivolidad. No es que el lugar tenga una atmósfera especial, lo que pasa es que, no sé por qué, el aire se espesa, se apelmaza. El gorrión tarda más en ir de un olivo a otro, porque le cuesta más batir las alas. Hasta respirar parece que cunde más y, unas cuantas bocanadas, dan para todo el día; debe ser que allí, los vivos, tocan a porciones mayores de oxigeno. Incluso, el Sol, parece también remolonear y va, con desgana, a ocultarse tras el monte que hay a la espalda, es como si se recreara en modelar las casi imperceptibles sombras que proyectan los tenues bultos que conforman cada tumba, como si se empeñara en magnificarlas.

Allí estaba yo, haciendo unas fotos, una espléndida mañana, entre las hileras de enterramientos, observando cuanto acabo de contarles, cuando escuché:

-Oiga, por favor, perdone…

Miré a mi alrededor y no vi a nadie.

Noté que, bajo las suelas de mis zapatos, la tierra se ondulaba, provocando en mis tobillos un leve vaivén lateral. Instintivamente di un paso atrás. Miré al suelo y pude ver que, lo que quiera que hubiera debajo, se movía. Siempre pensé que revolverse en su tumba sería algo más violento, más convulsivo, sin embargo, aquello era muy suave, como cuando uno busca la postura en la cama sin querer molestar a su pareja.

No había duda, de allí procedía la voz que había escuchado: Me estaba hablando el muerto. Ustedes pensarán que aquello era para asustarse y salir corriendo, y yo, en condiciones normales, también, pero ya dije que era una mañana soleada, no una noche espantosa, de esas de película de terror y, además, la voz sonaba muy familiar, muy amigable. Era una voz joven, de habla muy extremeña, quizá con una pizca de acento extranjero casi imperceptible; podía sonar tan cercana como la de un repartidor de pizzas, por ejemplo. El caso es que, fuera por lo que fuera, y aunque no soy nada valiente, no sentí pánico y decidí responderle, no sin antes volver a mirar a los cuatro costados, esta vez, más que nada, para asegurarme de que nadie me escuchaba hablar, en el mejor de los casos, solo.

-Sí….Es a mí? Quién es? Dígame? – Pregunté tímidamente, deseando no obtener respuesta. Pero…

-Soy el que está enterrado en esta tumba, verá, es que está Ud. a punto de pisar una florecilla, y daría mucha pena pues cada vez me cuesta más abonarla con lo poco de sustancia que me va quedando. Comprende?

Miré hacia abajo. Efectivamente, muy cerca de mi pie derecho había una pequeña flor, creo que de esas que llaman “del pan y queso”, así que me disculpé por mi torpeza, asegurándole que tendría mucho cuidado de no pisarla. Me dispuse a irme y terminar con aquella surrealista situación, sin embargo,  él me siguió hablando y me retuvo.

-Gracias. Perdone, podría pedirle otro favor?

-Claro. Dígame –Estaba hablando con un muerto, pensé, así que ya puestos, seamos corteses

-Puede decirme cómo me llamo? –me preguntó

-Umm..?-dudé

-Sí, mire, ahí en mi cruz pondrá mi nombre…puede leérmelo?, es que desde aquí no puedo verlo

Qué marrón!. Yo ya sabía lo que ponía en su lápida, había deparado en ello momentos antes aunque no sé alemán, pero no hubiera querido nunca tener que ser yo el que se lo dijera. Ni siquiera podía pedir que me tragara la tierra, porque entonces me encontraría cara a cara con él. Dudé, titubeé.

-Ah…bueno…verá…es que está en alemán…y…

-Bueno, pero los nombres son iguales en todos los idiomas, y, si no, deletréemelo -insistió

No me quedó otra opción. Se lo dije.

-Pues verá, aquí dice que es Ud. un “soldado desconocido”…

Se hizo un silencio, nunca mejor dicho, sepulcral.

-Pero, oiga, no sabe Ud. su propio nombre? –le pregunté

-No lo recuerdo. Debe ser que el olvido es contagioso –Supuse una lágrima corriendo por su calavera, lo terrible fue imaginar sus ojos, cuencas y lacrimales.

Acababa de darle una mala noticia. Me senté a su lado, en la tierra, dispuesto a darle un rato de conversación y compañía.

-Entonces que recuerdas de tu vida? –decidí tutearle

-Poco –respondió- Fueron 19 años, nada más. Mi madre, mi padre, mis hermanos, mi novia.. Después la guerra y después: esto. Llevo tanto tiempo aquí que he aprendido a hablar español solo de oírlo…

-Háblame de ellos, de tu familia –le dije por descargar la tensión

-Recuerdo un pueblo. Casas blancas y altos tejados. Mi familia…pero no puedo recordar sus caras. Mi novia, morena y alta. Cuando me movilizaron, alquilamos una pensión y todas las tardes nos juntábamos allí hasta que embarqué. Ella quería quedarse embarazada para conservar algo de mí, estábamos muy enamorados. Desde la ventana se veía la torre de una iglesia y en una emisora de radio inglesa y clandestina se escuchaba continuamente la música de Glenn Miller. Tarde a tarde, amándonos a la desesperada. Después me fui, con unas cuantas consignas de por qué matar y por qué morir. Y un día: Calor y luego frío, mucho frío. Ahora el sueño eterno, o mejor, la pesadilla interminable, aquí. Por cierto, ¿dónde estoy?

-En Extremadura, al oeste de España -le aclaré

-¿Por qué?

-No sé. –contesté.

-Quizá de esta forma se evita devolvernos en bolsas de plástico a la patria –dijo mientras yo imaginaba su descarnada boca haciendo la mueca de una triste sonrisa- La patria pidió mi vida y se la di, sin regateos. Después, ya ves, la madre patria me olvida en el último rincón del mundo, no te ofendas, y ni siquiera sabe mi nombre.

El no esperaba comentario alguno de mí, y continuó

-He oído que aquí en España estáis teniendo también algunas bajas, ¿con qué país estáis en guerra?

-Con ninguno –respondí- Nuestros soldados mueren en misiones de paz.

-Ya. ¿Sabes qué es peor que morir? –prosiguió impasible- Morir engañado, morir por una mentira, por nada.

-Sí. Supongo que sí. –contesté- ¿Qué mentiras te dijeron a ti?

Se rió. Le noté cansado.

-Nos convencieron de que éramos superiores y, sin embargo, la Gran Alemania estaba siendo arruinada y humillada por los Aliados que nos habían sumido en la depresión y el desempleo; nos dijeron que fuimos espoliados en el Tratado de Versalles y nos inculcaron el miedo a supuestos planes expansionistas de la URSS…, en fin, para qué seguir. Se nos dijo que la única salida era la guerra y que la única posibilidad que se contemplaba de este gran pueblo era la victoria.

-Y tus compañeros, estos que descansan junto a ti, las otras bajas, como tú dices, qué opinan? –le pregunté

-Lo mismo que yo. Pero, te equivocas, aquí no se descansa, hay desolación y miedo

-Miedo? A qué podéis tener miedo ya? –le pedí que me aclarara

-A la injusticia de la Memoria o, lo que es peor, el olvido. A que nuestro sacrifico no haya servido para nada. -contestó- Mira, por aquí pasa gente y hace comentarios sobre los nazis que te puedes imaginar, opinan que debía meterse una excavadora y arrojar nuestros despojos a un vertedero y acabar así con todo. Ya ves, yo, es poco lo que tengo que perder, una tumba anónima en un lugar que nunca conocí, pero hasta eso se me quiere arrebatar, por un odio que va más allá de la muerte, porque el odio no muere, los que morimos somos nosotros. Morimos por un ideal, verdadero o falso, malo o bueno, pero dimos por él lo más preciado, la vida. ¿No crees que nos hemos ganado un poco de respeto? ¿El derecho a descansar en paz y que nuestra muerte no haya sido en vano?

-Verás, -me dispuse a darle una charla- me vas a perdonar, pero yo no fui llamado por el camino del patriotismo y quizá no esperas que te diga lo que te voy a decir: Tú no eres un nazi que está alimentando una flor del pan y queso en la lejana Extremadura. No, amigo, no te confundas. Tampoco aquellos a los tú posiblemente mataste, son rusos bajo el hielo de Stalingrado o franceses confundidos con las raíces de los árboles de las Ardenas. De la misma manera, en España, no hay rojos en las miserables cunetas, ni azules en las hipócritas iglesias. No hay americanos en las playas de Normandía, ni en los arrozales de Vietnam…Bajo la tierra no hay buenos ni malos, ni invasores ni invadidos, ni vencedores ni vencidos…. ¿Sabes lo que hay?: Muertos, únicamente muertos, cadáveres putrefactos; dejasteis de ser todo lo demás, todo lo que fuisteis, el mismo día que la metralla reventó vuestras entrañas. Después, vuestros huesos y vuestra memoria, siguen siendo utilizados según el color de los enterradores; les dan sepultura en un lugar privilegiado o los arrojan a las cloacas y, si hace falta, los desentierran. Dicen que la primera víctima de la guerra es la verdad, pues lo que te acabo de decir, es su última mentira.

Pero, consuélate, -quise dejarle algo de esperanza- no creo que tu muerte haya sido en vano, porque, desde la tumba, me estás hablando, estás gritando y tu grito, y el grito de tantos millones, se dirige a las nuevas generaciones, a los mandatarios, a los vivos y acabará escuchándose, y, algún día, se entenderá que los que nos gritan desde debajo de la tierra son solo víctimas, víctimas de la guerra.

Me había quedado tan bonito el inútil discurso que, para no añadir nada más que pudiera estropearlo, me dispuse a irme.

-Un último favor: cuéntale esto a la gente –me pidió

-Lo haré, lo pondré en mi blog. No dejes nunca de hablarle a los pasan por aquí, como has hecho conmigo, ya verás como vuestra voz acaba calando en los vivos.

Le mentí. Una mentira más. Pero es que no fui capaz de decirle que no servirá de nada, son demasiados siglos ya en que los vivos andan muy entretenidos enarbolando banderas, pinchándoles medallas póstumas y llamando locos a los que escuchamos a los muertos en la guerra.

El Sol alcanzó por fin la montaña. Una leve brisa dio un revolcón a las hojas secas del suelo y, con su chicharreo, huyeron a saltos. El gorrión pivotó sobre la corriente de aire y zigzagueó entre los olivos. Subí al coche y me fui. En la radio sonaba “Moonlight Serenade” de Glenn Miller.

La flor del pan y el queso comenzó a marchitarse.

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7 thoughts on “Madre, he ahí a tu hijo.

  1. lo leí temprano, con las prisas, y a medida que iba avanzando, me dí cuenta de que no es lectura para prisas….Muy bueno, Quini, para pensar…ahora lo he releído y que te puedo comentar? Sigue escribiendo, ¿para cuándo la novela?…
    Felicidades
    Un abrazo.

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