Llamando a la Puerta del Cielo.

 

En Sevilla solamente hay un cementerio. Sé que el caso no es único, pero me llama la atención que, en tan populosa ciudad, todo el que se muere, tenga que irse por la misma puerta.

Sea como fuere, allí estaba yo hace unos días con motivo del fallecimiento de un familiar, esperando los trámites de la incineración, y no pude, por menos, que fijarme en el incesante trasiego  de cortejos fúnebres que cruzaban aquella puerta.

El muerto va delante, en su caja, pero aunque no se le vea ni se le haya conocido, uno puede hacerse una idea aproximada de quién o cómo era, observando  algunos detalles que indican su posición social y económica. Por ejemplo: la calidad y cantidad de las coronas de flores, adosadas como si fueran salvavidas al postrero coche del finado. Por otra parte, los epitafios inscritos en cintas lila, nos hablan de su carácter. Horteras, cursis, artísticos, macabros y, a veces, aceptables, no me atrevo a llamarles de otra forma.

Pero lo más significativo es la gente que le sigue. Dime quién y cómo te entierran y te diré quien fuiste. Señoritos de pelo engominado y zapatos brillantes con camisas hechas a medida; señoras encopetadas, lavado y marcado al efecto, en unos casos. En otros, de igual pinta que los anteriores pero, esta vez, ricos de verdad. Ancianas con abrigos de garras de astracán, oliendo a naftalina y señores de distinguidos trajes, pasados de moda y con un lamparón en la manga. Otras veces, personas de muy modesta apariencia y en, más aún, modesta cantidad. Por allí pasan gitanos, inmigrantes y, por fin, gente de todo tipo e, incluso, sin sujeción a tipo. De todo, porque en Sevilla, como en cualquier lugar, nadie se priva de cruzar esa puerta. Los que durmieron en altas cunas y los que soñaron en bajas camas. Los unos y los otros, todos, con su dolor a cuestas.

En la entrada hay una plazoleta rodeada de edificaciones destinadas a servicios al óbito y, a la sombra de una cuidada pérgola, unos bancos de granito gris, alrededor de una fuente de mármol blanco.  Allí van a parar todos los familiares y deudos que esperan las distintas gestiones  del último trámite. En la pequeña plaza, un tanto apiñados, se produce un efecto minipimer: todos se entrecruzan y, sin llegar a la aleación, se mezclan.  Si se pudiera seccionar con un cuchillo aquella masa de gente, se podría estudiar en el corte la composición de la Sociedad misma, como se hace con los estratos de la corteza terrestre.

De pronto, una lágrima corre de arriba abajo y sin distinciones, lo mismo una mejilla sonrosada por el maquillaje, que otra pálida por una noche en vela. Es la pena que iguala.

Si das una vuelta por el interior del campo santo, se puede observar la obsesión de los vivos por distinguir a sus muertos de otros muertos, más allá del umbral de aquella puerta. A base de dinero, o de dedicación, con dudoso gusto o, incluso a veces, con arte, montan sobre el polvo toda una manifestación forzosamente efímera. Después, el polvo se venga y queda encima, las cubre. Tarde o temprano llega el olvido, que también iguala; sin embargo, éste, se hace más plomizo, más patente en los grandes mausoleos que en las diminutas tumbas, y son las elaboradas estatuas las que reciben las cagadas de los pájaros. Tus hijos no te olvidan, reza alguna lápida olvidada y paradójica. Sin embargo, observando las impresionantes esculturas de los toreros, de las folklóricas o el Jardín de los Poetas, te das cuenta que, si algo de las personas queda a esta parte de la puerta, son sus Obras, las grandes y las de diario, y eso consuela.

Miro a las chimeneas de los crematorios que acompasadamente, como tubos de un órgano catedralicio, expulsan bocanadas de humo grisáceo con olor a goma quemada. Es el fin de todo lo accesorio. El cuerpo, ese primario vehículo, de salón del automóvil o de desguace. Los caros implantes de silicona o la pata de palo. El féretro de finas maderas o el recurrente ataúd de Seguros El Ocaso. Todo se funde.

Finalmente, en la alegórica plaza, se despide el duelo. Cada mochuelo a su olivo. La zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal. Cada cual a  seguir empeñándose en distinguir lo accesorio,  hasta que sean ellos los que crucen la puerta en cabeza. Hasta que la muerte los iguale. Hasta luego.

 

Extractos de otras Publicaciones:

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…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

5 thoughts on “Llamando a la Puerta del Cielo.

  1. ¿para que has ido al entierro de tu tia? No te falta detalle . Viva er beti ,Que bien me ejcribe er niño oleeee. no vemos en la feria en ve de en el cementerio

  2. Por desgracia o verdad de la vida, segun mire, tambien he estado alli, en esa posicion y con tu detallado escrito lo he revivido, fielmente.
    Como siempre,……., no me sale palabra, seguro que se incinero.

  3. No me habías mandado este último relato, ni siquiera sabía que tu tía había muerto….
    Comparto contigo esas observaciones, yo también las he hecho, en menor medida, ya que el cementerio de mi pueblo,que visito muy frecuentemente es mucho más sencillo. A mí me gusta cuidarlo, allí se respira paz y “silencio”…nadie te molesta, ja, ja…. En lugar de coronas, un sencillo ramito de flores, y alguna vela. Yo tengo ya mi sitio. Cuando lo ocupe y esté allí de quieto, no sé si irá alguien a hacer lo que yo hago ahora, pero me gustaría.

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