Las trompetas de Jericó

Anoche, a altas horas de la madrugada, comenzó a sonar un claxon en mi calle, intermitente y machacón hasta que consiguió despertarme. Me puse en pie con la rapidez propia de quien descubre la cama llena de escorpiones. Rascándome la cabeza (no sé por qué, cuando uno se levanta, se rasca el cuero cabelludo, con la cara retorcida, los ojos engurruñados, mirando alrededor como queriendo adaptarse a un mundo olvidado durante el sueño) fui a la ventana tambaleándome, aun tan dormido como para no mantener correctamente el equilibrio y ya tan despierto como para no caerme. En la calle no vi a nadie. El claxon seguía sonando. Tal vez, el coche culpable esté a la vuelta de la esquina, pensé. Sí; un cabrón a la vuelta de la esquina, a las cinco de la mañana, se había empeñado en hacer saber que lo era, a golpe de bocinazo, a toda la cuidad. Los cabrones a la vuelta de la esquina son iguales que los cabrones que van por la calle, solo que a la vuelta de la esquina aun pueden sorprenderte.

Nada. No vi a nadie.

Pasaron unos minutos de vigía en la ventana. Noté una corriente tibia por mis adentros; sin duda, la sangre volvía a correr por mis venas después de haber estado detenida a causa del sobresalto. Al reconfortante calor sanguíneo, fui recuperando mi categoría de mamífero y mi condición humana, lo uno trajo lo otro y, por tanto, vinieron a mi mente algunas ideas acerca de los familiares del conductor, ya fueran vivos o muertos, pero no reproduciré aquí semejantes obviedades. Al rato, de pie y descalzo, comencé a percibir  una especie de sensación placentera que sustituía al cabreo inicial. Creí que se debía al contacto de mis pies con el frio suelo en la calurosa noche. Pronto olvidé al cabrón.

Por fin, se hizo el silencio. Volví. Me desplomé en el margen de la desordenada cama y, allí, me quedé sentado, inmóvil, con la mirada fija en el romboide que la farola resaltaba en el suelo de la habitación. Ignoro cuánto tiempo pasé así: absorto, soñoliento, duermevela. Pero, lejos de estar indignado, como digo, me abandoné a lo que parecía ser una invasión en toda regla;  incomprensibles sensaciones, pálpitos, presencias…todos muy agradables. Creo que después, tal vez, me dormí.

El sol no ha faltado esta mañana a su cita diaria. Entremedio de algo parecido a esa nebulosa que envuelve siempre a los sueños trasnochados, he sabido que alguien, sobre aquellas horas, quería llamarme. Una mujer, lejos en la distancia, pero no lejana (que no es lo mismo), en su noche también en vela, puso en estado de sitio mi recuerdo y alimentó calderas; a toda máquina quiso desandar los espacios y revivir los tiempos; derribar las murallas de la Alcazaba y aporrear mi puerta. Asalto definitivo de esos que no hacen prisioneros y, si los hacen, que sean de los besos. Tú y yo somos de los que queman las naves en un combate cuerpo a cuerpo.

Pero finalmente no lo hizo, no se atrevió. Ay, no sé que da mas miedo de una llamada a altas horas de la madrugada: si recibirla o hacerla. Debió llamarme, ¡malditas sean las dudas!. Me habría rendido sin condiciones. Pero no lo hizo. ¿O sí?

¿Será verdad que con algunas personas somos como cuerdas de guitarra al mismo puente atadas? ¿Y que, al tiempo que una vibra y emite una nota, la otra, con la misma nota, vibra?

No lo sé. Lo que sí sé es que anoche la noche se convirtió en la pellica de un tambor. Que no fue un coche lo que, atrincherado tras la esquina, tocó el claxon que inundó mi calle y desveló mi sueño, sino que fue el eco de un recuerdo que hacía sonar las trompetas de Jericó.

“”Y cuando tocaren prolongadamente el cuerno de carnero, así que oyereis el sonido de la trompeta, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad (Jericó) caerá debajo de sí…””

Joshua, 6:5

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6 thoughts on “Las trompetas de Jericó

  1. Me ha encantado, preciosa maera de describir un sentimiento tan maravilloso capaz de hacernos vivir casi de forma real algo que en verdad no está ocurriendo mas que en nuestros “sueños”…espero puedas disfrutarlo mucho tiempo…

  2. Precioso relato Quini. En estos tiempos de recortes, no dejes de deleitarnos con tus escritos. Es un auténtico placer leerlos y releerlos. Gracias Quini. Auténtico.

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