La pesadilla de una noche de verano

 

“Ni sé tampoco en tan terribles horas
en qué pensaba y qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.”

Gustavo A. Bécquer

Le noté tan silencioso que me llamó la atención. Mi corazón, con lo hiperactivo y ruidoso que es normalmente, no bombeaba sangre, al menos eso era lo que parecía. Sístoles como engrasadas con lubricante 3-en-uno y diástoles amortiguadas. El flujo sanguíneo, que di por supuesto, no era ya como otras veces, como una tromba de agua que recorre cañerías y bajantes en un aguacero, que arrastra cadáveres de insectos y hojas muertas desde los tejados. Al contrario, parecía un débil reguero que recorre una tenue pendiente. Como una meada calle abajo. Incluso, de haberme pinchado una vena con la punta de un compás, me da la impresión de que apenas habría sangrado. Me tomé el pulso en ambas muñecas; no noté nada, excepto que mis dedos comenzaban a temblar. Me miré el pecho. Todo aparentemente normal, excepto que mi teta izquierda no tenía el temblor acompasado habitual, a ritmo de titilar de estrella.

¿Qué me pasa? –me pregunté-. Que no tengo el corazón, que no está en su sitio; eso es lo que me pasa, me respondí.

Mi terror iba en aumento, de haberla tenido se me habría helado la sangre. Sentí pánico, de ese pánico que te amordaza y bloquea. Intenté tranquilizarme y pensar en alguna razón para el consuelo. Me dije: Hablo, sólo, pero hablo. Gesticulo, me muevo. Mira, ¿ves? Muevo los brazos, las piernas y las manos… Diríase por tanto que, dondequiera que se hallara, mi corazón, sin duda estaba enviando un mínimo y vital soplo a todos los rincones de mis arterias, porque, lo cierto, es que todo apuntaba a que estaba vivo. Quizá, mi fundamental órgano, enviaba la señal a través de Wifi.

Me quedé algo más sosegado. Pero de pronto, me inquietó algo nuevo, quizá más preocupante todavía. Me sentía extrañamente libre de esas emociones o sentimientos que dicen anidar allí, en el corazón. Las palabras de amor y el regusto de los besos que las subrayaban y que a duras penas recordaba, no me producían ya el más mínimo escalofrío. Aquellos ojos que venían a mi mente y que no acertaba a recomponer, ya no sabía de quién eran. Había nombres de mujer que me revoloteaban como polillas alrededor de una farola, pero ninguno tenía dueña, ni significaba nada. Habían hecho un Expediente de Regulación de Empleo en el álbum de fotos de mis amantes. Los Olores, tan aliados del Recuerdo, me resultaban irreconocibles, paradójicamente inodoros. Si acaso noté que me llegaba a tenues rachas el aroma casi imperceptible de una piel con una pizca de vainilla, sin embargo, esa piel no contorneaba un cuerpo de mujer, sino que se me antojaba como una extensión informe, como el hule de una mesa camilla. Por mis muertos! Alguna escena de amor tengo que recordar y que me emocione!  – me dije- Tiene que haber alguna hebra de mi cuerpo que responda a un sentimiento. Pero nada. No la encontré. Disco formateado. Tenía ya que rendirme a la evidencia. Mi vida sentimental, de suyo un “revolcadero de monos”, ahora había entrado en un estado catatónico, cuando menos.

A la desesperada busqué cualquier cosa  que pudiera ser o confundirse con un sentimiento humano, si no de amor, al menos, a la inversa, de odio, de rencor, de rabia, o de asco. Lo que fuera. Pero no. Archivo no encontrado. Por un momento consideré a mi favor de mi añorado sentimentalismo el hecho de tener miedo, porque la verdad era que a esas alturas tenía mucho miedo, pero lo tuve que desechar como consuelo porque, tal vez el miedo, como algo racional que es, se tiene pero no se siente y no reside en el corazón sino en la mente. Estaba claro, sentimientos, lo que se dice sentimientos, no tenía. No era capaz de sentir nada.

Imagínense el escenario: Un tipo aterrorizado, emocionalmente muerto, en busca de su corazón. Ante la desesperación, le eché imaginación y me consolé pensando que en realidad no me faltaba ningún órgano, sino que únicamente había descubierto un nuevo estado corporal: El “Stand by humano”. Una especie de situación de espera donde todas las funciones físicas y psíquicas se ralentizan, un estado latente, provocado por el estrés de un desengaño amoroso o similar y que se manifiesta por un rechazo o fobia a todo tipo de sentimiento.

Menuda patraña acababa de elucubrar, en el fondo lo sabía, sin embargo a algo tenía que aferrarme.

Pero, ay, que entonces, a través del espejo, miré mi espalda. Tenía un enorme agujero trapero que, lógicamente, no sangraba. Tampoco sentía dolor alguno (ya sabemos dónde habita el dolor físico). A traición, alguien me había arrancado y se me había llevado el corazón. Cruel y despiadadamente, de la manera más dolorosa: Por el método del butrón.

Extractos de otras Publicaciones:

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

Lo peor de la traición es que nunca viene de un enemigo.

El papel vital de ese mequetrefe que da un paso al frente de la muchedumbre, unas veces para linchar y otras para hacer la ola a quién ni le va ni le viene… Continuar leyendo...

2 thoughts on “La pesadilla de una noche de verano

  1. IM-pre-sio-nan-te. Demasiadas silabas para una sola palabra. Igual que tu duda existencial. Demasiado miedo para no perder nada. Sensacional escrito de un escritor no aprovechado. Un abrazo desde La Antilla.

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