La casa azul

 

Ella era puta. Pero no una de esas pobres mujeres de la esquina, o de la carretera o del descampado, intrusas laborales que, procedentes del Tercer Mundo y en busca del primero, se encuentran “los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón” que decía Machado, pero por vía intravenosa.

No. Ella era una señora puta. Una auténtica profesional del oficio, de clientela fija y casa propia. Una casa con la fachada azul.

Yo diariamente la observaba desde la ventana de mi pequeño estudio en el casco antiguo y, como nunca fui de putas, me llamaba la atención el orden y el protocolo de la recepción y atención al cliente que se formaba a su puerta. Era todo un ritual de la discreción. Tanto el que llegaba, como el que se iba; tanto que ella estuviera ocupada o libre, cada cual sabía en cada momento lo que tenía que hacer. Ya quisieran muchas grandes empresas tener su departamento postventa así de bien organizado.

Terminada la jornada laboral, se iba a hacer la compra, como cualquiera. A la vuelta, a veces nos cruzábamos en la calle mientras la bolsa de la Primavera del Corte Inglés penduleaba al ritmo de sus caderas. Tenía esa edad indefinible de las mujeres en la que la piel apenas sugiere unos pequeños surcos, que nunca sabes cuáles de ellos son recuerdos y cuáles, promesas. Quizá tarde para lo uno, quizá pronto para lo otro. Relieve o huecograbado. Del derecho y del revés. Respectivamente, o no. Yo intentaba siempre encontrarme su mirada, la habría saludado, era mi vecina, al menos le diría adiós, pero nunca me miró.

Al día siguiente, las sábanas blancas ondeaban en su azotea. ¡Ay, si pudieran hablar las sábanas…! O, acaso, no dirían nada porque las ropas de esas camas son también de una casta especial: Un poco de Ariel y un centrifugado, después, a sotavento en un alambre, y ya están recuperados el olvido y la virginidad, como por arte de mágia. Secreto lavado, secreto guardado.

Era hermosa, de eso no cabe duda. Demasiado hermosa para vestir santos, demasiado lista para desnudar borrachos. Si en estos tiempos, ella hubiera sido más joven y, sobre todo, si no hubiera tenido escrúpulos, podría estar en los platós de TV, por más dinero y casi tantos revolcones, pero ella era una persona seria.

Tampoco quiso hacer una buena boda, que también habría podido, pero siempre prefirió un acto corto para la puesta en escena del amor fingido y con pago al contado, que el culebrón por capítulos de una comedia vitalicia, a cambio del título de señora de tal y que el portero le saque la basura del ático. Si por la mañana te espera la libertad, la noche será más llevadera. Digo yo.

Pero el casco antiguo está cambiando y un día, de pronto, apenas sin darme cuenta, ella se fue. La casa azul se quedó vacía y en su azotea ya no se iza la bandera de 135×90 del amor furtivo. No he vuelto a verla. Quiero imaginarla en una playa del Caribe, con un daiquiri en la mano, viviendo un retiro dorado, como acaban las películas que acaban bien.

 

Extractos de otras Publicaciones:

…el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes. Continuar leyendo...

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…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

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