Indiana Jones y el mítico túnel bajo el Guadiana. (I)

Hoy he dado un puñetazo en la mesa y me he ido. He dejado atrás todas mis verdades como puños; han resbalado entre los dedos de mi mano rota. He querido, además, que mi marcha fuese una auténtica escapada, una huida desesperada, por eso no utilicé la puerta, sino que me descolgué por el balcón.

Y es que estoy harto ya de ser el sujeto pasivo, la víctima propiciatoria, el daño colateral admisible de toda esa camada de la Belén nosequé, del Paquirrín, de la Patiño, del Pajares y similares, así como de sus respectivas señoras madres, concubinas y demás adláteres, palmeros y mamporreros, en género masculino, o femenino o del otro, que a ritmo del chiki chiki martirizan mis pobres entendederas. No aguanto más.

Intentando dar algún sentido a mi vida y quizá influenciado por la última entrega del famoso aventurero, he decidido que me iré a desentrañar algún misterio histórico pero en plan humilde, como estamos en crisis y no tengo el respaldo de ninguna universidad o mecenas que financie mi viaje, me tendré que conformar con algo cercano, así que he pensado que mi objetivo bien podría ser el mítico túnel que, según la leyenda, atraviesa el Guadiana por debajo y que permitía escapar de la Alcazaba, o quizá del Fuerte de San Cristóbal, a los asediados. A por él voy.

Una vez en la calle, noté que era perseguido por mis fantasmas de siempre, como siempre, y corrí, pero hoy he pensado que para esta épica misión debo desembarazarme de ciertos lastres y éste es uno de ellos. Así que, cuando más deprisa iba, me he parado en seco sobre la húmeda acera y he dejado que me alcancen; como me imaginaba no eran nada, ni siquiera me perseguían, sólo buscaban, tan perdidos como yo, a dónde ir y creyeron que yo lo sabía. Me miraron, les miré, me adelantaron y como eran humo, se esfumaron. Otra vez sólo, naturalmente. A otra cosa.

He reunido todos mis papeles, mis letras protestadas en papel del estado y las que están por escribir en papel del estado blanco, mis éxitos pendientes de cobrar a 90 días y las más cabales cartas de pago de mis fracasos, lo he llevado todo al tanatorio de las penas ignífugas para incinerarlos. No me han cobrado nada, es más, me han dado dos duros.

Del árbol del ahorcado he descolgado mi corbata italiana (de capullos) de seda y, junto con mi colonia Loewe y mi bolígrafo de oro, la metí en una caja. No encontré la de Pandora y me tuve que conformar con una de Pan Bimbo. La enterré al pie de una palmera en el Parque de Castelar, muy profundo, como si fuera la del inquietante juego de Jumanji. Después compré una bolsa de gusanitos y di de comer a los patos.

Ahora sí; ya soy libre y puedo iniciar mi aventura. He subido a la Alcazaba y me he bebido los vientos del pueblo. He rodado herido por la ladera abajo, unas veces por las bombas que tiran los fanfarrones, otras por la bayoneta portuguesa y, otras, por jugar con Wellington al escondite inglés. Siempre el muro de por medio: asaltarlo para entrar o saltarlo para salir. Matar o morir, this was always the question.

No hubo remedio, el precio de una ciudad fronteriza es la sangre y bien que la di. Con las mil leches que corren por mis venas, he dibujado un gran grafiti en la muralla. Si el moro perdió Badajoz, también Badajoz perdió al moro y, ambos, en solitario, lloraron como hombres lo que no supieron defender juntos. Inch’Allah!

Por fin, tras esa sinfonía de golpes y revolcones a que nos vemos sometidos los arqueólogos de Spielberg, y más a estas edades, he caído exhausto en el Pico por si hay que morir, al menos, morir con el Rivillas y, con mi penúltimo aliento, soplé los juncos que al mecerse han dejado ver una rana, ajena a todo, que tomaba el sol plácidamente sobre la hoja de un nenúfar. El momento, no obstante lo dramático, tenía algo mágico y me dejé llevar: La he besado y se ha convertido en una presentadora del telediario. Debo de estar perdiendo facultades, en otro tiempo, un beso mío hubiera conseguido deshacer el maleficio por completo. Me quedé a un paso.

Fue mi postrer acto consciente. Mi cara golpeó pesadamente el lodo. El chasquido de mis dientes contra los cantos rodados fue lo último que escuché.

(To be continued)

Extractos de otras Publicaciones:

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…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

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