Fresh Banking contra la Crisis

Serrat tenía un canario amarillo que sólo trinaba su pena, y yo tengo una radio mañanera que únicamente hincha nubes negras y las deja volar en el cielo del horizonte, contándome cada día, machaconamente, lo mal que está la Economía. Es como cuando, de pequeños, en Navidad, construíamos el Nacimiento y apañábamos el Cielo con una cartulina azul, siempre azul, al que pegábamos estrellas brillantes, recortadas del papel de plata que envuelve el chocolate. Ahora se monta el belén igual, pero con el cielo gris y con nubarrones duplex adosados. Con rayos y con centellas.

La Crisis. Escucho la exposición de las largas retahílas de casos  de ciudadanos que llaman a la emisora y cuentan sus  situaciones personales y familiares desesperadas, las opiniones de los contertulios y, a veces,  sus recetas más o menos mágicas para solucionarlas. Efectivamente, las opiniones son como los culos, que todo el mundo tiene el suyo. Parece fácil y, sin embargo, qué mal está todo, no lo entiendo, habiendo tanta gente y pro-gente con la solución en bandolera.

Luego salgo de casa. Llevo en los bolsillos tres o cuatro ideas de las escuchadas que solucionarían por sí solas esta situación. Cómo me gustaría pregonarlas! Ojala, que alguien me las preguntara!  Mi primogenitura por una entrevista callejera de una televisión local! Pero, no. No tengo audiencia.

Luego llego a un bar y pido una caña. El camarero, tras la barra, me atiende e intenta darme conversación. Es la víctima propiciatoria. El tema de la crisis es muy recurrente y yo lo saco a relucir. Le doy mi charla magistral, mechada con las tres ideas recién aprendidas  y, él, asiente, al fin y al cabo, soportarme es parte de su trabajo. Hay otros clientes alrededor, así que yo hablo deliberadamente en voz alta. Todos parecen admirar mi erudición. Solamente espero que no hayan oído la radio esta mañana.

El buen hombre, a sus cosas, se da media vuelta y se adentra en la cocina. Levanto la vista y, en un espejo publicitario de la pared, veo mi cara reflejada, retorciéndose entre las letras de Sprite. Hablar como Emilio Botín mientras, de reojo, te contemplas en un anuncio de un refresco. ¿Será esto lo que llaman Fresh Banking? Podría ser. Me observo a mi mismo con una pizca, sólo un punto, de pudor. Después de todo, tal vez no merezca pertenecer al selecto grupo de los tertulianos radiofónicos pero, recuerdo las elucubraciones de Bécquer y pienso: ¿Acaso opinan ellos como opino yo?

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