Esa mujer de hoy

 

He conocido a una mujer de hoy, de este Siglo XXI que se despereza; tuvo una niñez de estas de ahora: corta, y de eso ya hace bastante tiempo, bueno, no tanto. Sin esperarla, un día se le presentó la madurez y descubrió que venía con la intención de quedarse, así, que le dio dos cortes y se la colocó de montera. Para ella, el futuro está en un lugar muy lejano, más allá de las Columnas de Hércules de las costuras sus medias negras; viste de diario su presente en la semana fantástica del Corte Inglés y lleva a la espalda un pasado que es como las lentejas.

Es hermosa, muy hermosa, y ella lo sabe, y, para recordarlo, consulta compulsivamente su móvil y parece preguntarle: Espejito, espejito ¿quién recibe más eseemeeses? Después, consolada, lo devuelve al bolsito y lo mece con sus caderas.

No se parece en nada a aquellas mujeres que conocí, ni a las que recuerdo, ni a las que no olvidé, si acaso da un aire en el aire: ese olorcillo de los naranjos de la Avenida de Santa Marina a finales de Mayo. Cualquier otro parecido es pura coincidencia.

Cuando duerme sonríe; la abrazas y su femineidad se desborda, te rebosa los brazos y lo inunda todo. La besas y gime.

He conocido a una mujer de las de hoy. Vino en pleno invierno, a refrescar recuerdos y a recalentar la hoguera. A veces tarda, se hace esperar, pero nunca llega tarde la primavera.

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