En el nombre de un padre menor.

 

Abbeville, al norte de Francia, 1.766

 

Le sujetaron las muñecas con grilletes a una especie de tablón parduzco, pegajoso, cuyo pestilente olor destacaba en el ambiente ya de por sí nauseabundo que tenían aquellos calabozos. Era una especie de potro de saltos sobre dos trípodes, su altura de un metro aproximadamente, obligaba a su cuerpo a quedar encorvado sobre él, por tanto, el carcelero, sin mediar palabra, le propinó dos patadas en las corvas que más que patadas fueron dos pisotones continuados para conseguir que se arrodillara en el suelo Como consecuencia, el joven François, cayó pesadamente sobre el madero. Después, ya en posición genuflexa, le pasó una cadena por las axilas y por la nuca, tensándola en la espalda y aprisionando la madera contra su pecho, con el mentón apoyado firmemente en el tablón. La cabeza encajada entre dos asas metálicas, le impedían cualquier posible movimiento.

Una vez que se aseguró de que el muchacho había quedado fuertemente sujeto e inmóvil, el individuo  se dio media vuelta y se perdió por aquellas lúgubres galerías. Sus pasos al alejarse sonaban como cuando se camina con unas botas llenas de agua, sin embargo, su calzado eran unas sandalias que apenas alcanzaban a tapar unos pies con una costra blanquecina que parecía moverse entre los dedos. El resto, toda su vestimenta, consistía únicamente en un gran delantal de piel  que le cruzaba sobre el culo y sujeto con un ancho cinturón, iba untado con una especie de grasa oscura y brillante, en algunas zonas solidificada y cuarteada. Una nube de moscas y otros insectos que llevaba a veces posadas, u otras, revoloteando alrededor, se fueron con él. Quizá, pensó François por un momento para tranquilizarse, debajo de aquel cuerpo rechoncho, prescindiendo de la dentadura podrida y los restos de suciedad que era preferible no identificar, adheridos a sus brazos y hombros, tal vez, debajo de aquel tipo, salido de una pesadilla, había un campesino que marchó a la villa con la necesidad de ganarse la vida de aquella manera, de cualquier manera. Pero si eso era así, no cabía duda de que se había integrado perfectamente en el papel. No hay nada peor que un converso, pensó.

Un alguacil se acercó y le preguntó por sus últimas palabras. El chico, entre ingenuo y suplicante, dijo: «Je ne croyais pas qu’on pût faire mourir un gentilhomme pour si peu de chose », (“Yo no creo que deba morir un hombre por tan poco“)

François que hasta momentos antes no podía creer lo que le estaba pasando, comenzó por primera vez a sentir auténtico miedo. Los gemidos, primero desgarrados y, luego, más apagados, que procedían de varios lugares de aquellos pasadizos, le ayudaron a hacerse cargo de su situación real y comenzó a intuir lo que estaba a punto de sufrir.

Miró al suelo. Había allí trozos de algo que las ratas devoraban disputándoselos a los gusanos. Sintió algo caliente que recorría de arriba abajo su muslo ya entumecido. Poco importaba si, como creyó en un primer momento, aquellos bichos subían por su cuerpo, pero no eran las ratas, sino que sus esfínteres no habían aguantado. Una inexplicable relajación, sopor e, incluso, tranquilidad momentánea se apoderó de él, pero antes de darle tiempo a sacar conclusión alguna de aquello, vio aparecer al tipo que de nuevo que se dirigía hacia él y su corazón, otra vez, comenzó a cabalgar.

En la mano traía unas tenazas y un pequeño cuchillo curvo, como esos de mondar la fruta. François se derrumbó. Aquel energúmeno le tapó la nariz para conseguir que abriera la boca y, una vez conseguido, con un gancho de hierro al extremo de una cadena atada al tronco de madera, sujetó los incisivos inferiores y con otro gancho a modo de garfio que se clavó en el paladar, tiró hacia arriba desencajándole la boca, entonces introdujo forzadamente unos tacos de madera como cuñas entre sus muelas y retiro los ganchos, quedando las mandíbulas desmesuradamente abiertas.

Aun así, las tenazas que intentó introducirle en la boca, por su tamaño, tropezaban con los dientes. Por tanto, con unos golpes secos, fue rompiendo todos aquellos que le estorbaban. Antes de poder gritar, agarró su lengua y de un tirón brutal la arrancó, desgarrando las mucosas. Como aún no estaba desprendida totalmente, sin soltar, metió el cuchillo y cortó las últimas fibras que la unían a su lecho. Un chorro de sangre se disparó al delantal del verdugo, rebotando y salpicando los ojos del joven. El músculo cayó retorciéndose como con vida propia, igual el rabo de una lagartija. Al verlo fuera de su boca, le pareció desproporcionado, descomunalmente grande, incluso por un instante tuvo la impresión, naturalmente en su imaginación, de un sabor dulzón y agrio, al pensar que era su lengua que estaba degustando el suelo. Finalmente, alguien se dirigió a él y le preguntó por última vez algo sobre una confesión, pero ya no podía escuchar porque sus oídos estaban también sangrando y taponados.

Supongo que el dolor, como el placer y como todo, no puede ser infinito pero, cerca de ello, en la cumbre del sufrimiento, ha de tener un punto de inflexión donde ya, atontados los sentidos y adormecidos los nervios, deja de doler. En ese estado estaba François, cuando sintió un golpe en su brazo, tiró instintivamente hacia atrás de él y notó que estaba liberado de la argolla que le sujetaba. La razón era que le habían cortado la mano de un hachazo. Pero ya, como digo, no dolía. Un grupo de aquellos roedores acudió rápidamente a mordisquear la extremidad que había rebotado en el suelo, disputándose entre ellas los trozos de carne que iban arrancando.

Apenas con un hilo de conocimiento, sin llegar a perderlo del todo, y no representando ya peligro alguno, fue soltado de todas sus sujeciones, cayendo al suelo en posición fetal sobre un charco de su propia sangre, orina y heces. Aunque le retiró los tacos que mantenían su boca abierta, ésta, fuera de sus goznes, se resistía a cerrarse, por tanto, el carcelero le agarró de los cabellos y levantó su cabeza unos centímetros del suelo, propinándole una patada en la mandíbula inferior que al fracturarse crujió como un palo seco que se rompiera, volviendo la boca a un estado más o menos normal. Al golpear la sien de nuevo con el piso, vomitó una mezcla de sangre, coágulos y bilis que al encontrar en su camino el obstáculo de una boca desarticulada y casi cerrada, salió también por la nariz. De todos los dolores, de todas las sensaciones, había una que curiosamente destacaba: su boca maltrecha se le antojaba como una nuez a la la que se le hubiera rebanado y rebañado el fruto. En aquella cavidad dolorida, ahora habia una extraña sensación de vacío, de frio. Finalmente, con la ayuda de dos presos, fue arrastrado hasta un pequeño patio interior.

Cuentan las crónicas que después, François-Jean Lefrebvre, de título Chevalier de la Barre, de 19 años, fue decapitado y su cuerpo quemado en la hoguera,  pero de aquello él no sintió ya nada, si acaso alivio, descanso, cuando lo último que escucho fue una especie de chirrido muy breve, como cuando se araña una pizarra, al rozar con el hueso la hoja de la guillotina que de un tajo seccionó sus cervicales.

 *********

Montmartre, al norte de Paris, actualmente

 

 Por las recoletas calles de la butte, deambulan nostálgicamente visitantes de todo el Mundo como queriendo recuperar e imbuirse de la vida bohemia, de las aventuras y desventuras de los grandes artistas que allí vivieron en Siglo XIX. En la Plaza del Tetre, se agolpan y se mezclan con pintores y oportunistas, que le dan colorido a las fotografías de recuerdo, a la vez que se sacan unos euros. Como dijo alguien: Aquí hay mucho pintor falso y mucho turista autentico.

 Subiendo hacia la Basílica del Sacre Coeur que corona el montículo, casi escondida, casi inadvertida, hay una estatua que, sin embargo, no sé por qué, llama la atención. Está dedicada al joven Chevalier de la Barre, cuya historia es de esas que revuelve las tripas y sientes que te navegan las venas buques cargados de rabia con demasiado calado.

 François-Jean Lefebvre, Caballero de la Barre, podría haber sido tu hijo, gratificante lector, o el mío, o el de cualquiera. Hoy día, sería un chico como otro: irreverente, deslenguado, cachondo, en fin, como todos o casi todos. Habría vivido como ellos, confundido en su grupo de amigos, dentro de cierto anonimato, como todos nosotros. Y, sobre todo, no habría sido asesinado. Pero quisieron las épocas agitadas y los hombres que las agitaron, que su historia haya llegado a nuestros días y yo le esté recordando en este momento, tanto tiempo después.

 En Francia, corrían los años previos a la Revolución, el poder absolutista de la monarquía y del clero tocaba a su fin, se respiraba en el ambiente,  y aquellos jerarcas se aculaban en los últimos rincones de poder, dando desesperados zarpazos que, como los de un animal herido y acorralado, suelen ser los más dañinos y peligrosos.

 En un puente de la pequeña población de Abbeville, apareció mutilada la imagen de madera de un cristo, cosa que inmediatamente levantó las iras del pueblo y de la autoridad, iniciándose la correspondiente caza de brujas, no dudando, como era costumbre, solucionar rápidamente los problemas, obteniendo bajo tortura, confesiones que poco importaban si eran ciertas o falsas.

 El obispo de Amiens, amenazó con la excomunión a todo aquel que ocultara información que condujera a la detención del culpable. Fue entonces cuando intervino un juez local, cuyo nombre no me da la gana escribir, un malnacido de esos que hay en cualquier historia, que dijo haber visto a De la Barre asistir a una procesión sin arrodillarse y sin quitarse el sombrero, incluso alguien, de esos que tampoco faltan, dijo que se le había escuchado cantar canciones impías. Eso fue suficiente para que estos le achacaran los hechos y le condenaran a torturas y a muerte.

 El 4 de junio de 1766, fue decapitado y sus despojos quemados en la hoguera junto con libros prohibidos de Voltaire que dijeron haber encontrado en su casa. Antes le había sido arrancada la lengua y cortado una mano para que delatara a sus supuestos cómplices, cosa que naturalmente no podían conseguir.

 Y allí está la estatua del caballero, impenitente, cubierto eternamente con su sombrero. Su nombre y su historia han sido tomados como referencia por múltiples asociaciones de corte laico, sin embargo a mí me parece que su sacrificio va más allá del paradigma anticlerical y debe extrapolarse frente a toda manifestación de intolerancia, porque no puede haber una idea, ni un ideal, ni un concepto que valga una vida, y que todo aquello que nos exija dar o tomar sangre, dios, la patria o el rey, solo puede ser un invento del hombre.

 *********

 El Hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza. (Friedrich Nieztche)

…Y, en su intolerancia, le puso nombre para matar en su nombre. (Añado yo, con permiso de Nieztche)

 

Extractos de otras Publicaciones:

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

Lo peor de la traición es que nunca viene de un enemigo.

El papel vital de ese mequetrefe que da un paso al frente de la muchedumbre, unas veces para linchar y otras para hacer la ola a quién ni le va ni le viene… Continuar leyendo...

10 thoughts on “En el nombre de un padre menor.

  1. ¿ Verdad, mentir,ficcion ?. No me pega. Bien escrito, extructurado, argumento partido y vencido. No me gusta. A pesar de tu insolencia, escribes mejor cosas amables.
    Lo siento.

  2. Tremendo.
    Magnifico relaot que realemnte revielve las tripas el alma.con tus escritos ya me hiciste llorar y reir ahrora consigues tranmitirme tu rabia.Eres grande

  3. Tan bueno como siempre, pero me dejaste pensativa, y analizando la situación, supongo que con ese fin lo escribiste.
    Estos días no están siendo demasiado buenos para mi, creo que para compensar leeré uno de los ya escribiste anteriormente tan bonitos que me dejan una sonrisa en los labios.
    Sigue haciendonos pensar, reir, llorar… Gracias Quini.

  4. Qué miedo me da esta evolución. Pronto te vemos con una novela debajo del brazo, entre “El Perfume” y cualquiera histórica de Pérez Reverte.
    Está muy bien descrito. Estos relatos te hacen mayor, no como cuando estudias la vida de una libélula.

    Mira que si tengo que empezar a pagar para leerte…

  5. Vaya Quini…. con todos tus relatos, transmites perfectamente lo que sientes… Es perfecto tu último relato, y de veras has conseguido ponerme los pelos de punta, de rabia, de impotencia, de injusticia… Es todo un placer leerte… Gracias por compartir y por seguir exprimiendo tu afortunado intelecto para tu propia satisfacción y la nuestra.

  6. ME HAN GUSTADO MUCHO TUS RELATOS,PERO ESTE…PUF,DEMASIADO FUERTE,NO HE PODIDO ACABAR DE LEERLO,HE VOMITADO,ES DEMASIADO CRUEL..PODIAS AVISAR,DE QUE PUEDE HERIR LOS SENTIMIENTOS.
    PREFIERO COSAS MAS ALEGRES,O MENOS DESAGRABLES QUE ESTE RELATO…
    PERO SOBRE GUSTOS NO HAY COLORES.
    JOAQUIN,AHORA PARA VARIAR UN POCO CUENTANOS ALGO DIVERTIDO..
    UN BESO….ANA

  7. Quini: Muy bueno porque escribes muy bien, pero…¡qué barbaridad!…¡qué fuerte y cruel! ¿En qué estás pensando?
    Deléitanos con algo romántico para reponernos del bajón.
    La novela???
    A propósito, cuando tenga un rato te voy a pasar unas cosas que te pueden interesar.

Deja un comentario