El Profesional

Badajoz. Agosto. Tres de la tarde. Todos los grados centígrados (y además los Fahrenheit) del mundo sobre el techo de mi coche, para más inri negro, aparcado en la calle Mayor. Cuando me dispongo a montarme para irme a casa, descubro (oh, Cielos!!) que la rueda derecha delantera está pinchada.Me refugio a la sombra de los soportales como tomando aliento y ánimo para lo que se me venía encima y, por qué no decirlo, también para echar en voz baja algunas maldiciones.En fin, mejor no pensarlo, vamos a ello -me dije- A por el gato y la llave. Aún no había comenzado y ya eran notorias en mis axilas dos enormes manchas de sudor. La carrocería parecía esperarme, haciendo ondas impacientes y la boca, aguas. Parecía decirme: “Ven. Ven, que te vas a enterar!”. Paso atrás. ¿Qué tal un taxi?…y esta noche, con la fresca…En estas y otras consideraciones más irreproducibles, veo acercarse a un “gorrilla”, uno de esos habituales aparcacoches de la zona, que me pregunta que si quiero ayuda y, ciertamente, no lo pensé. Acepté sin dudarlo. Al fin y al cabo, consideré que por una vez iba a estar bien dada y bien recibida la acostumbrada propina.Dicho y hecho. Mi héroe se puso manos a la obra. Intenté ayudar en la faena, pero la verdad es que me di cuenta de que solamente estorbaba a aquel incombustible chico que, con un dominio increíble de la teoría y de la práctica, antes de que yo pudiera ni siquiera mancharme las manos, tenía ya hasta la rueda pinchada metida en el maletero. Evidentemente, no era la primera rueda que cambiaba. Fue visto y no visto.Yo estaba contento, muy contento, y había llegado el momento de demostrárselo con una buena propina. Pero las sorpresas no habían acabado para mí. Cuando le di las gracias y le tendí la mano con un billete que no dejaba dudas de mi ánimo, me dijo: “No, gracias. – y aclaró – Yo, soy aparcacoches. Esto ha sido un favor y los favores no se cobran.” Se dio media vuelta y se marchó.No le he vuelto a ver pero, allá donde esté, le deseo toda clase de éxitos en su profesión porque me enseñó que no importa el trabajo que se tenga, sino la dignidad con que se haga. Claro que el fairplay de este hombre superaba incluso las razones que le habían llevado a vivir en la calle.
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