El piano de mi calle.

 

Tan habitual en mi calle como el olor a cocido, tan diario como el cartero, mañana y tarde, por el balcón entreabierto de algún tercero, o quizá, por la rendija de la ventana de cualquier segundo, se escapan unas notas de piano. Nunca he sabido, ni he querido saber, exactamente de donde provienen. Ignoro también de quién es la mano enamorada que las arranca.

A veces, es una monótona escala, otras, una melodía entrecortada y, de pronto, Prelude de Chopin, que lame las aceras, se hace fuerte en los buzones y cunde como el aire de barrio en toda la calle. No sé quién es, repito. Desde que comenzó a tocar el piano he seguido anónimamente su aprendizaje. Al principio, apenas era un tecleo deshilvanado; hoy, pasados los años, se nota la soltura de sus dedos. Ha ido progresando a lo largo del tiempo en la música. Ha crecido como pianista y como mujer, porque yo siempre me la imaginé mujer; no pude evitarlo. Hermosa, lánguida y solitaria en su mundo de partituras que, acariciando las teclas, toca lo que sueña para que yo sueñe lo que toca. Camelado, absorto y encelado, tal que Ulises con el canto de las sirenas.

Ella y yo, además, hemos inventado un juego para jugarlo a medias, solo nuestro. Es algo así como chatear por internet sin palabras; comunicarnos a distancia sin ordenador, engatusarnos sin conocernos. A veces, en mi casa, pongo una canción a todo volumen y abro de par en par las ventanas para que llegue a sus oídos. Durante unos minutos la sonsaco, la cito y la incito. Después, apago, aguardo y escucho. Tras un momento de silencio, ella, fiel, contesta, me regala unos acordes de la misma canción que yo puse, pero en su piano. Y sonríe, juraría que sonríe.

En alguna ocasión, tras algún cristal, he confundido el vuelo de un visillo con el de una falda y el reflejo de las hojas de un geranio, con unos ojos verdes. Y he llegado a creer que anda prisionera de algún maleficio y que toca para contarme su desventura y sus secretos. Y hasta he querido abordar las azoteas. Para liberarla, para enamorarla, para traerla.

¿Que son todo imaginaciones mías? ¿Que, acaso, en lugar de una, son diez alumnos del Conservatorio que se turnan al piano? ¿O que, simplemente, es un tío? Ya lo sé. No hace falta que me lo digáis. ¿Que es así como se empieza, y se acaba en el manicomio? Tal vez. Pero es curioso cómo la mente crea fantasmas, a imagen y semejanza, de lo que le pide el alma y el cuerpo.

 

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7 thoughts on “El piano de mi calle.

  1. Tremenda envidia la que siento de “esa” pianista, envidia de ella porque te hace sentir cosas tan bonitas como las que nos dejas plasmadas en estas lineas, también tengo que de alguna manera darle las gracias por ser tu fuente de inspiración…y sobre todo agradecerte a ti que cada poco tiempo nos regales los sentidos con tus relatos. Gracias Qini!

  2. Que bonito Quini..mas cuando uno escucha el mismo piano … algo mas arriba , junto al descampado , cerca de La Santina , también tenemos un Violín..

  3. Me parece un relato, sutil, romántico, ingenioso, imaginativo… sin dejar de añadir ese toque sarcástico para rematar la faena “maestro”… Enhorabuena Quini, eres auténtico.

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