El móvil. (y) Capítulo II. (Del Pasado Biodegradable)

Como continuación de lo que les decía, llegué a casa con mi flamante móvil, me senté cómodamente y esparcí el contenido de la caja por la mesa. Escudriñé cablecitos, papelitos y demás cositas, mientras encendía el aparato con la poca carga de batería que tenía.

Poco a poco, me iba desinflando, desanimando, entristeciendo, frustrando. A medida que manejaba aquello, me daba cuenta de que me había equivocado; demasiadas funciones que jamás usaría, demasiado tamaño para contener todas esas funciones que la nanotecnología punta no había sabido resolver, mucha sopa de letras para un analfabeto, en fin, un fracaso.

Entonces, apareció por allí mi hijo. Tomó el teléfono con curiosidad y comenzó a relatarme entusiasmado las cualidades que poseía. Me sonaban, ya las había oído, pero él parecía que, además, sabía de qué se trataba. Me di cuenta inmediatamente de que ambos hablaban el mismo idioma y de pronto me sentí la escopeta de aquel incipiente idilio. Presentí que muy pronto recibiría una propuesta: efectivamente, al rato, mi hijo estaba como loco con su nuevo juguete y yo, con el móvil viejo de mi hijo. El viejo para el viejo, debió pensar, y yo, debo reconocer que no le costó mucho convencerme, es más, me sentí muy aliviado.

Él, manejando los dos teléfonos, se afanaba por pasar de uno a otro su agenda de contactos y demás datos. Consiguió recuperar todo, excepto, unos 100 mensajes que tenía guardados y que eran el testimonio del inicio de la relación con su actual novia. Los primeros escarceos. Todo un tesoro, lo comprendo. Lo intentó una y otra vez, pero sin éxito. Al final, me dijo: quédate con él pero, bajo ningún concepto, borres esos mensajes. ¿Él salía ganando en el trueque y encima ponía condiciones? Pues sí, como se los cuento, ya conocen a la gente joven. Yo acepté. Mi capacidad negociadora estaba bajo mínimos y él lo sabía. Su viejo cacharro era más sencillo, más amigable, cómo les diría, más humano. Y el acuerdo quedó sellado.

La historia me hizo pensar en el rumbo que están tomando las relaciones de estos hombres y mujeres de los albores del Siglo XXI. Nosotros guardábamos las pruebas de un romance, en una cajita o entre las páginas de un manoseado libro. Una flor seca, una foto, un mechón de cabello (como en la canción de Adamo), un colgante o una entrada rota de cine para la película donde, por primera vez, besamos aquellos labios con sabor a chicle Bazooka. Esas cosas, sobrevivientes inanimados de momentos mágicos, que tienen el poder de decir a un recuerdo: levántate y anda, eran algo físico, tangible que incluso a veces se podía oler, eso sí, podían ponerse amarillentos por el paso del tiempo y ser motivo de burla si caían en manos extrañas pero su integridad no estaba sometida al albur de un campo magnético o las juguetonas veleidades informáticas.

Ahora, cuando se rompe una pareja y todos los vestigios de un tiempo en que, uno, fue el centro del Universo para el otro, descansan en el fondo de un Nokia o de un Motorola, no se podrán decir aquello de Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás. Se dirán algo así como: Bórrame de la tarjeta SIM y quédate con la memoria del teléfono.

No sé, pero hay algo que me produce cierta tristeza en un Pasado tan frágil, tan etéreo, tan biodegradable.

 

 

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