El Mingascrito

 

Si alguien hace algo con soltura, con facilidad y va sobrado de facultades para la tarea que está realizando, se dice (siempre que el que lo diga sea un poco malhablado) que “lo hace con la minga”. Me apresuro a dejar clara una notable diferencia: No es lo mismo, a pesar de su proximidad anatómica, hacer las cosas con la minga que hacerlas con el culo. Es más, son expresiones antagónicas. El resultado de las primeras, a las que voy a referirme hoy, ha de ser encomiable y satisfactorio, casi perfecto; mientras que las se derivan de las segundas, como todo producto anal, apestan. 

En estas profundas consideraciones estaba yo el otro día, recreándome en esta manía que tengo de complicar lo sencillo y buscarle un problema a cada solución, cuando me puse a pensar en los escritores clásicos, incluso, los no tan lejanos. Fíjense, sólo hace falta remontarse 20 o 30 años para darse cuenta de las penosas condiciones en que tenían que desarrollar su trabajo, en comparación con los actuales. 

Me podrán decir, no sin razón, que peor sería arar un campo de trigo en a la hora de la siesta, cierto, pero, no quieran llevarme por ese camino fácil, cada cosa tiene su tiempo y hoy quiero referirme a los escritores.  

Por ejemplo, por no ir más lejos, no podemos decir que Don Miguel de Cervantes escribiera El Quijote con la minga, ni siquiera obligado por su condición de manco, ya que las condiciones en las que lo hizo, debieron ser lamentables. Con una pluma de una gallina, mojando en un tintero a cada poco, a la luz de una vela y cargando a todas partes con el pesado manuscrito, que no mingascrito, en que se habría convertido la genial novela en nada que llevara unos cuantos capítulos terminados. En aquellas condiciones, aún asistido por una genialidad más que probada, a Don Miguel no le sería nada fácil concluir su obra magna. 

Alguien me dirá que, al fin y al cabo, El Manco de Lepanto desarrollaba su trabajo cómodamente sentado a la mesa, en una venta manchega, rodeado de ricas viandas y buen vino, atendido por la lozana posadera y de posaderas lozanas (perdón, no me resistí al facilón juego de palabras), mientras que en el campo, se me volverá a decir, el pobre jornalero…tal y tal. ¡Otra vez salió el demagogo con la reforma agraria! Que sí, que sí, que también es cierto, pero, como decía Jordi Pujol: Eso, hoy, no toca.  

Sigo. Nada que ver con las facilidades que tienen los escritores actualmente. En nuestros dias, el más obtuso junta-letras, como yo, te escribe un voluminoso tratado que cabe (y no pesa) en cualquier ordenador portátil. No voy a detallar aquí las innumerables ventajas del Word o cualquier otro tratamiento de textos moderno, pero esto y, lo que es más, la facilidad de consultar cualquier duda sobre la marcha, en Internet, pongamos por ejemplo, el periplo del galeón San Diego antes de hundirse, sin necesidad de irte al Archivo de Indias, es algo que hemos aprendido concienzudamente a no valorar. Supongo que lo único que se ha mantenido a lo largo de los siglos es el acojono que produce el “blanco vacío” (que es un color muy literario), cuando te sitúas frente al pergamino, a la hoja de papel o al monitor. Eso no ha cambiado. 

Admito que la romántica imagen de Quevedo, con su lechuguilla al cuello y su pluma de oca, es impagable, pero no puedo evitar pensar que unos cuantos PC’s, con las baterías bien cargadas, pues tampoco había dónde enchufarlos, repartidos estratégicamente en el Siglo de Oro, habrían multiplicado por cinco la cantidad, que no la calidad, de nuestras Letras. 

Pero, en fin, ya por terminar de la forma más honrosa posible toda esta inútil reflexión, solo se me ocurre decir que las cosas son como son y, probablemente, la razón de ello, es que deben ser así. Cervantes, sin mano y sin portátil, escribió una novela que aún hoy, con todos estos adelantos de que hablo, no ha sido superada. 

Y, si ustedes me preguntan que qué he querido decir con todo esto, tendría que improvisar una excusa, del tipo de sacar de ello una Moraleja: El Genio no puede comprarse en el Corte Inglés. Mismamente. Pero, si no se conforman con esa explicación e insisten, me vería obligado a admitir que, francamente, no lo sé.

 

Extractos de otras Publicaciones:

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…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

3 thoughts on “El Mingascrito

  1. Tú mismo lo has dicho, las cosas son como son.
    Seguro que Don Miguel, sentado en una venta con un plato de comida y buen vino, no necesitaba mucho más. Carecía de portátil, y hasta de una mano, pero tendría tiempo para pensar e imaginar, y además…. no tenía que pagar la factura de la luz ni la del teléfono.

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