De reyes, corbatas y chancletas.

La monarquía es como una corbata.

Una corbata es algo que no llama la atención por habitual y acostumbrado pero, si nos paramos a pensar, nos daremos cuanta de que es absolutamente accesoria, superflua, si me apuráis, hasta ridícula. Te fijas, y la corbata no deja de ser una cinta de trapo que, en determinadas ocasiones, uno se ata al pescuezo. Allí queda, colgando, inútil, para nada; no abriga, no tapa y, por si fuera poco, subyuga, acogota y se mancha con gran facilidad.

Pero, claro, si en este mundo de convencionalismos, uno decide por el motivo que sea, colocarse algo tan absolutamente innecesario y prescindible como una corbata para decorar y ensalzar su aspecto, no tengo nada que objetar, pero, creo que en ese caso, lo mínimo que debe hacer es procurar que sea digna. Podrá ser bonita o fea, porque eso es algo que pertenece a ese universo tan ambiguo de los gustos personales de cada uno, como los colores, y cada cual, en su elección, puede acertar o no, pero, desde luego, una corbata, tiene que tener una condición sine qua non: Ha de ser buena; a saber y para entendernos, de seda natural y de reconocida marca. Es decir: Inevitablemente cara. Porque, ya me contarán, qué sentido tiene colocarse pendiendo del cuello un pingajo de barato tejido, arrugado y deshilachado, cuando, su objetivo, su único objetivo, es dar una buena imagen. Es obvio que para esas condiciones sería mejor ir despechugado como un legionario.

A mí: la Legión, diría yo, porque indudablemente lo prefiero.

Por tanto, el debate que a veces se plantea sobre el sueldo del rey y los de sus cortesanos, los gastos palaciegos, el boato de determinados actos y, en fin, si matar elefantes o perdices, me parece que es coger el rábano por las hojas, es decir, desviar la atención de lo fundamental a lo accesorio. Por otra parte, es ya una vieja costumbre lanzar, a veces con toda la intención, estas cortinas de humo para que perdamos el tiempo y el norte, enzarzándonos en una estéril discusión y así olvidar el meollo del asunto.

Esto no es exclusivo de la monarquía porque, dicho sea de paso, algo parecido ocurre también  con otras instituciones. Por ejemplo, con el Ejército o con el Senado, por no ir más lejos. En cuanto al primero, podemos echar una tarde opinando si debe haber tres tanques ó cuatro, si, ocho aviones ó cinco, por aquello de la rima, ó si, en fin, hay que dar más o menos tiros al agua. Y también, podemos sentar cátedra divagando sobre la carísima página web del Senado o sobre sus gastos de calefacción. Pero lo cierto es que todo eso es el chocolate del loro.

Lo que realmente habría que plantearse en todos estos casos no son sus gastos, sino su propia existencia y de, una vez y por todas, que se decida esa cuestión básica (y que se decida por todos y, por tanto, se acepte la decisión también por todos, que para eso jugamos a ser un país democrático) y entonces, solo entonces, lo que tengamos que tener, porque voluntariamente lo decidamos tener, que sea como el que se pone una corbata, es decir, en las mejores condiciones de funcionamiento, mantenimiento e, incluso, por qué no, de representatividad.

Ya se sabe que “España no es que sea diferente; es que es inverosímil”, como decía Amando de Miguel, pero no me gustaría tener unos soldados que usen balas compradas en un chino, o unos senadores tiritando de frio en sus escaños o un rey en la lista de espera de la S.S. para operarse la cadera. Para eso es preferible, y yo lo prefiero, repito, no tener Ejército, ni Senado, ni Rey, por aquello de que “para puta y chancletas, quieta”.

Extractos de otras Publicaciones:

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3 thoughts on “De reyes, corbatas y chancletas.

  1. No estoy de acuerdo contigo, Quini, porque las corbatas,caras o baratas, tapan el hoyito del cuello para que no entre el aire. De todas formas, sabes que me gusta tu pluma y ya la estaba echando de menos. Ten la decencia de avisarme como hacias antes.

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