De los fluidos corporales y otras historias galantes.

 

 

Me parece que no existían aún los pañuelos desechables, pero podría jurar que ya conocíamos los constipados, los mocos y las lágrimas. Y es que hace tanto tiempo de esto que apenas sé si ocurrió en esta vida o en alguna anterior.

 

Mi madre, me planchaba con mimo los pañuelos de fino algodón e iniciales bordadas,  les daba una forma en pico muy característica, los colocaba en una enorme bandeja de mimbre y, siempre, cuando me disponía a salir a la calle, me hacía llevar uno en el bolsillo.

 

– ¿Pero por qué, Mamá ?…No estoy constipado y no lo necesito… -Me revelaba yo.

 

– Hijo, -me respondía complaciente- en el bolsillo de un caballero jamás debe faltar un pañuelo pues, aunque no lo necesite, debe tenerlo limpio y dispuesto para ofrecerlo a una dama que pueda precisar, en un momento dado, por ejemplo, para enjugar sus lágrimas.

 

¿Paradójico machismo femenino? No creo. Tal vez, sólo un poco de influencia de Corín Tellado.

 

Actualmente me plancho yo los pañuelos, sin mimo y sin iniciales, pero mantengo la curiosa forma en pico y jamás, durante toda mi vida, siguiendo la recomendación de mi madre, faltó en mi bolsillo. Es más, en primavera por la cosa de la alergia o cuando estoy acatarrado, llevo también un paquete de kleenex para mantener impoluto el de tela, por si acaso.

 

En estos años, es verdad que algunas veces se ha dado la esperada escena galante y, presto, he acudido pañuelo en ristre a la llamada tácita de la dama que me acompañaba y cuyos ojos achicaban lágrimas como, agua, aquellas barcas de los 60´s en el Guadiana. O, también he acudido raudo, en otras ocasiones, por motivos más prosaicos, como un simple golpe de tos o un nebuloso estornudo de mi pareja.  Siempre que se dio la ocasión he cedido con donaire mi pañuelo, como dice la copla, aunque sólo sea porque después de cargar toda mi vida con semejante bulto en mi bolsillo, no es cuestión de hacerse de rogar en cuanto se presenta la menor oportunidad.

 

Las distintas respuestas de las damas emocionadas y/o mocosas (con perdón) que lo han recibido, también ha cambiado a lo largo de este tiempo. La bonita, la que uno espera, es que ella no te lo devuelva en ese momento, sino al cabo de unos días, ya limpio, planchado e impregnado de su perfume. Claro, que también hay excepciones pues, en según qué casos, guardar el pañuelo con el preciado botín de sus lágrimas y algo de rímel, es algo que no tiene precio. Aún guardo como un tesoro, alguno de estos nostálgicos ejemplares que, por supuesto, nunca volvieron a pasar por la lavadora.

 

Sin embargo, otras veces, se impone un inmisericorde programa completo de lavado, desde el pre al centrifugado, porque la damisela en cuestión, se suena la nariz y, tal cual, te lo devuelve, y tú, con la idílica escena galante hecha unos zorros, te metes aquel húmedo rebujo de trapo en el bolsillo junto con sus fluidos corporales que, por muy femeninos que sean, no dejan de ser mocos.

 

Lo más probable en que yo sea un amante que pasó de moda, un seductor de la chaisselongue por recurrir de nuevo a la copla; en otras palabras: más antiguo que los polvorones, pero debo reconocer que el llanto de una mujer, cuando fue por mí y no por culpa mía, bien compensó toda una vida de planchar pañuelos en pico y llevarlos en el bolsillo, aunque no estuviera constipado y por si acaso. Porque, si alguna vez tuve la capacidad de provocar una lágrima en una mujer, ¿qué más puedo pedir que, además, conservar tan romántico testigo? ¿Cómo podría abandonar la prueba de tan sublime momento en una miserable celulosa de usar y tirar?

 

Gracias, mamá.

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