La puta más cara

 

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.

Eduardo Galeano

Badajoz, España

Primer encuentro

No recuerdo bien qué hora era. Quizá, las nueve o las diez de la noche, aunque en esa época del año, verano, decir “noche” es mucho decir porque, en esos momentos, en realidad la noche y el día se enredan en discutir cuál de ellos tiñe el cielo y da fe de lo que aquí abajo pasa.

Y lo que pasa allí, mientras los “Poetas Cabezones” contemplan el lento y melancólico discurrir del Guadiana, es que comienza el mercadeo diario propio de la zona, una zona que atravieso frecuentemente en coche por estar de camino a mi casa, donde chicas venidas del nuevo mundo, o de más allá del viejo telón de acero, o más acá del cuerno de África, ofrecen “un completo” por 50 pavos.

Yo no iba de putas, es más, no es por nada, nunca he ido de putas, pero no pude evitar fijarme en una mujer que estaba sentada en el murete que separa el jardín de la acera. Deslumbraba. Con un vestido blanco y unos zapatos de salón, balanceaba al aire sus piernas cruzadas. Si bien, algo atrevido y llamativo, o mejor dicho, atrayente, su look sin embargo no era el de una furcia de carretera. Estaba tan bonita que, por mirarla, transgredí todas las normas de tráfico, a las que di tanta importancia como a los claxon que sonaron reprochándome mi embelesamiento. Verla y desearla fue todo una misma cosa, y todo ocurriendo al mismo tiempo. Si grande era el deseo que de golpe brotó de mi cuerpo de hombre, no menos especial era un sentimiento puro e infantil que ya había olvidado desde que con 6 años me enamoré del la reina del bosque, June Thorburn, en la película El Pequeño Gigante. Me di cuenta de que el proceso, en el fondo, estaba siendo muy simple: Tuve la sensación de haber esperado toda la vida a esa mujer, que digo toda la vida, toda la eternidad, a través de todas mis vidas, si es que tuve varias, y ahora, estaba allí. Yo la esperaba y la reconocí. Fue así de sencillo.

Las otras prostitutas tonteaban y negociaban con posibles clientes. Era el juego del hermano bastardo del amor; ella, sin embargo, la más hermosa de todas, estaba sola. Quizá por esa razón me atreví y giré 360º en la rotonda. Volví sobre mis pasos o, mejor, sobre mis rodadas y, al llegar de nuevo a su altura, me detuve. Bajé del coche y fui hacia ella como un penitente. Por primera vez, formé parte de aquel peregrinar en busca del sucedáneo de la ternura. Me planté delante, mudo y absorto.  Entonces me miró. ¡Dios, como me miró! Si existe un soplo que, como dicen, un momento determinado es capaz de dar o devolver una vida a un cuerpo inanimado, ese soplo lo tenía su mirada.

– Y tú, ¿qué quieres? –me dijo, descarada.

De mi zozobra y desconcierto se me escapó una voz que apenas reconocí como mía y le respondí con un inusitado aplomo:

– Un completo

Ante mi reacción fuera de control, decidí echarle imaginación y seguirme a mi mismo la corriente:

– …Quiero decir… absolutamente completo. Que lo quiero todo de ti: Todo tu cuerpo, todo tu tiempo, toda tu vida, toda tú… por toda la eternidad…  – Resuelto, fui a por faena.

Creo que salí airoso del lance pero, cuidado, sólo era el principio.

Sonrió. Su sonrisa, ¡ay, su sonrisa¡, me hizo conocer en aquel momento la razón del equilibrio del Universo y ella era el Centro.

Evidentemente no se trataba de la primera vez que ella escuchaba aquello. No se inmutó. Me di cuenta que yo era una especie de aspirante a entrar en el Paraíso, uno más, y se disponía a hacerme la prueba de selección.

Así que… quieres que sea tuya toda, para siempre…y por qué? –me preguntó

Balbuceé, tartamudeé. No porque no estuviera muy seguro, sino porque era incapaz de explicarlo.

– No lo sé. –respondí finalmente.

Pensé que había quedado como el culo; me habría gustado una respuesta más ingeniosa, pero curiosamente después me pareció que, por el contrario, era ésa precisamente la respuesta que ella esperaba.

– A mí también me gustaría irme contigo para siempre –me dijo, aunque me sonaba como si me hablara un ángel, mientras me galopaba el corazón– Pero, mira a todas estas chicas, pues que sepas que yo soy la más cara de todas ellas, la más cara de todas las putas. Me voy con cualquiera pero siempre que pueda pagarme y suelo resultar inalcanzable para la mayoría de los que pretenden meterme en su cama. Mejor que desistas ahora para no sentir frustración después. Sé que me quieres y me deseas, que te vuelvo loco, pero no puedes pagarme.

¡Coño!. Me había tocado mi orgullo. ¿Qué se creía la guarra ésta?. Reconozco que pensé.

Dio un gracioso saltito para bajar del poyete en que se había sentado y comenzó a pasear lentamente. No andaba, no, era más bien como si sus pies acariciaran el suelo. Yo la seguí. La miré de nuevo a los ojos. Nunca me había perdido tanto y, a la vez, nunca deseé tanto no encontrarme. Decidí que lo daría todo por ella. Tiraría de mis ahorros, pediría un préstamo … lo que hiciera falta. En ese momento supe que, efectivamente, me había vuelto loco.

– ¿Cuánto? –pregunté airado y resuelto, pero como un pardillo.

– Si preguntas cuánto es porque, efectivamente, no puedes pagarme. –eso me dijo, así, con un par.

– Si es cuestión de dinero, estoy dispuesto a venderlo todo. –insistí

– Más que de precio, es cuestión de valor. – sentenció – Despréndete todo, absolutamente de todo, y cuando creas que ya no tienes nada más, vuelve. Entonces veremos.

– Pero … de qué? –desconcertado- el coche, la casa….todo?

– Todo. –dijo tajante.

– Bien… Lo haré. – afirmé convencido- Como te encontraré entonces? Me das tu teléfono?…

– En ese momento, yo te encontraré a ti. Ahora vete.

– Pero…bueno…vale… – estaba haciendo el bobo. Me rendí

Y me fui. Pero aquel que subió al coche y se marchó ya no era el mismo.

En los meses que siguieron fui un autómata que obsesivamente intentaba convertir en dinero todo lo que tenía. Pasaré deprisa por este apartado aburrido y poco interesante. Decir, en resumen, que con mayor o menor fortuna, liquidé efectivamente la casa, el coche y alguna que otra cosa menos importante. Es preciso que recordemos en este punto que me había vuelto loco porque solo así se entiende; solo así lo entiendo yo, cuando lo recuerdo hoy. Me quedé sin nada. Como con una obsesión febril, metí en el banco todo el dinero obtenido y, por no gastar, me fui a vivir a una pensión de mala muerte y peor vida; no salía a la calle, casi no comía para no mermar mi pequeño capital. Paralelamente busqué trabajos extras cuyo producto guardaba celosamente. Muchas veces pensé que había llegado ya el momento de ir a buscarla, pero siempre a continuación se me ocurría algo más que hacer para incrementar mi efectivo. No quería por nada del mundo volver a postrarme ante ella y que de nuevo me rechazara.

Me estaba convirtiendo en un tipo desagradable, huraño y taciturno. Me recluía en mi pequeña habitación leyendo libros que la gente tiraba a la basura y recogía en mis paseos nocturnos. Sí, hemos llegado al punto que me hizo reaccionar: Me descubrí a mí mismo rebuscando en los contenedores de basura. ¿Qué clase de hombre llegaría a ser de seguir así? No me serviría de nada haber reunido algún dinero para ella, si ella, no me aceptaba con aquel aspecto miserable, avejentado, de hombre de las cavernas, tan distinto a aquel que conoció y, lo peor, sin una vida que ofrecerle. Ese fue el revulsivo. Me dije: Ha llegado el momento. Estoy preparado.

Ahora solo tenia que buscarla o, mejor dicho, dejar que ella me encontrara pero, no obstante, durante varios días frecuenté el lugar donde la vi por primera vez, pero sin ningún resultado.

Segundo encuentro

Recuerdo que me gustaba, cuando economizar no era tan importante para mí, sentarme a desayunar en la terraza de una cafetería, pertrechado con un libro para leer, ver pasar a la gente que va a sus cosas y echar unos minutos en esa agradable temperatura de las mañanas de primavera. Y, es que, no lo había dicho, pero el tiempo había pasado: Estábamos nuevamente en primavera, casi un año después de verla por primera vez. Decidí darme un respiro y desayunar como lo hacía antes. Empezaba ya a preocuparme por no encontrarla. Ideas tormentosas comenzaban a acudir a mi cabeza: Si todo había sido una broma o, algo peor, si todo lo había imaginado.

Tenía su imagen grabada, la imagen de aquel día, sus ojos, su boca, sus piernas… Mi cuerpo y mi alma echaban a paladas sus respectivos requerimientos sobre mi mente. A veces dudaba si al verla de nuevo llegaría a reconocerla porque, lo mismo, había idealizado a una cualquiera de esas cualquieras en una noche febril. Además, después de todo, nuestra entrevista había durado solamente unos minutos.

Pronto salí de dudas. Levanté la mirada. Al otro lado de la calle, bajo unos soportales, estaba parada mirándome. Era ella sin duda y aun más bella de lo que la recordaba. Mi estomago se plegó como una capota eléctrica de esas de los coches convertibles. De un chispazo. Eléctricamente.

Más que mirarme, me contemplaba sonriente, así que inmediatamente me levanté y corrí hacia ella, no sin antes darle 5 euros por el desayuno al camarero que me encontré al paso.

Estaba vestida normal, más recatada; es decir, para entendernos: No llevaba el uniforme de puta. De no ser tan hermosa, habría pasado una mujer cualquiera y no por una cualquiera. No sé si me explico. Una prisa enorme por quedar zanjado el asunto se apoderó de mí. Estaba seguro de haber hecho bien las tareas con todo mi esfuerzo y tenía urgencia por obtener mi nota. Sin beso, sin saludo, ni más dilación,  le dije ilusionado:

– Te llevo buscando varios días….. Ya lo hice: Lo vendí todo…

Ya dije que yo te encontraría…-dijo indiferente.

¡Aleluya, al menos se acordaba de mí!

– Mira – proseguí – He juntado algún dinero. Vendí la casa, el coche y he vivido estos meses como un monje. He reunido….

Creo que no me entendiste bien –me interrumpió- Te dije que te desprendieras de todo. El dinero es importante pero, además del dinero, te quiero todo para mí … debes desprenderte de todo lo que te ata para entregarte a mí en cuerpo y alma. Lo quiero todo, como tú dijiste, yo también lo quiero todo de ti.

La verdad es que no entendí muy bien a qué se refería. ¿Era una chiflada? O, ¿pretendía captarme para una especie de secta? No comprendía nada, pero ¡dios, qué buena estaba!. Su voz era dulce; hablaba y me acunaba, no podía evitar mirar sus labios; lo que hubiera dado por besar aquellos labios y descansar sobre sus pechos. Eché a volar la imaginación. ¿Y si le pidiera un beso?, pensé. Un beso como un pequeño anticipo a cuenta. Dicen que las putas no besan en la boca. No sé. Pero le habría dado todo el dinero que había obtenido y todo el del mundo sólo por un beso. Pareció leerme el pensamiento y continuó diciéndome:

– A mí no se me puede tener por partes. O soy toda tuya y tú todo mío, o no somos nada. No puedo convivir con tus obligaciones conyugales, paternales, sociales…ni de ningún tipo. Creíste que sólo se trataba de dinero; te equivocaste. Lo exijo todo…

Bueno, no sé si te lo dije, pero soy divorciado, -le expliqué- no tengo obligaciones conyugales. Mis hijos son mayores…

Estarías dispuesto, por ejemplo, a no volver a ver a tus hijos por mí? –hizo una terrible e incomprensible pregunta capciosa que me quedó helado– ¿Serías capaz de eso por mí?..

Naturalmente que no! –salté como con un resorte- Pero…¿Por qué no podría volver a ver a mis hijos por estar contigo?

Imagina que se me antoja que nos vayamos a vivir, tú y yo juntos, al lugar más apartado de la Tierra –insistió- y eso hiciera imposible que volvieras a verles…

No existe ese lugar, les vería alguna vez, vendría cada vez que pudiera –Me cargué de razones.

Y… si nos fuéramos a otro planeta? – me dijo un instante antes de desear matarla por tomarme el pelo.

Mira, no creo en los viajes interestelares, ni en los ovnis, ni en la madre que me parió… –perdí la compostura, estaba convencido de que se burlaba y yo tenía que desarmar ese argumento- Así que a ver si hablamos en serio porque, para mí, esto es muy serio.

Bajó los ojos y un plomizo halo de tristeza atravesó su cara. Lo peor de todo es que me di cuenta de que me estaba hablando en serio.

–  Te convences de que no estás dispuesto a darlo todo por mí? –concluyó.

–  Pero…¿Qué clase de mujer es la que le pide a un hombre que se olvide de todo, hasta de su familia?… -dije enfadado.

La más cara. Creí que eso ya había quedado claro….-me interrumpió- ahora estás entendiendo la magnitud de tu sueño, porque yo soy tu sueño…

Yo estaba cabreado, muy cabreado. Le espeté:

–  ¿Cara? Eso no es ser cara, es ser inalcanzable. Con ese precio no me extrañaría que fueras virgen… -bordee, de puro enfado

Casi… -me contestó, con un gesto de pena.

De nuevo su hermosura le echó un cable que, junto con el hecho que haberme desahogado un poco, me reblandeció nuevamente.

Y…digo yo…no podrías hacerme una rebaja? –continué en tono más relajado, conciliador y sumiso-  Yo te lo daría todo, aunque hubiera cosas a las que lógicamente no podría renunciar, como a mis hijos, pero creo que podrían ser compatibles tú y ellos…

Llegaría el momento en que tendrías que elegir, créeme, siempre llega, lo sé de sobras –me dijo rotunda.

Me quedé pensativo. Yo jamás podría olvidar a mi hijos, eso estaba claro, pero ella tenía un poder sobre mí que yo no podía controlar. Decidí mentir. Después de todo, cabía la posibilidad, según ella remota, de que nunca se presentara la disyuntiva y, si llegaba, ya veríamos.

– De acuerdo –resolví- lo tendrás todo. Renunciaré a todo; quiero que te quedes conmigo.

En nuestro encuentro anterior, como se ha visto, no acabaste de entender la magnitud de mis requerimientos, –me dijo- ahora lo has comprendido, ya sabes el alto precio que habrás de pagar por mí, un precio que casi nadie puede pagar, por tanto, te daré un poco de tiempo más para meditarlo. Fijaremos un tercer y último encuentro, tú me dirás entonces tu decisión. Ahora vete, nos volveremos a ver pronto.

Y se marchó de nuevo. No pude hacer nada. Yo amaba a aquella mujer tan segura, tan sobrada y tan magnética. Bailaba al son que ella tocaba y no me importaba porque, no lo dije hasta ahora, pero en esta vida había descubierto dos felicidades, una, casi irreal: Tenerla a ella; otra, en su defecto, buscarla, seguirla de cerca.

Aquella noche me sentía extraño. Tenía razón para ello, aunque yo no lo sabía aún, era el final de una etapa de mi vida. A partir de entonces iban a cambiar mis ideas sobre algunos conceptos de esos llamados fundamentales. No quería comenzar a pensar todavía en todo lo ocurrido, quería encontrar espacios y momentos más apropiados para ponerme a la búsqueda de una respuesta que habría de ser definitiva. Ya no tenía la ansiedad de la primera vez, podía tomarlo con más sosiego. Ahora, mirando hacia atrás, pienso si es que acaso ya entonces, sin saberlo, ambos conocíamos mi respuesta.

Efectivamente, decidí cambiar de aires. Como disponía de un buen dinero que ahora ya no era tan importante, me tomé unas pequeñas y modestas vacaciones. Alquilé una casita de pescadores en la costa portuguesa y me marché. Aquello tenía todos los aditamentos precisos, según mi idea, de lo que es un periodo de meditación y reflexión profundas. La soledad en un lugar extraño, frente al mar, sin conocer a nadie, sin teléfono y sin internet. Solo conmigo mismo. Los primeros días, paseaba por los alrededores, o mejor, deambulaba. Era como preparar la mente y el espíritu para el esfuerzo que se avecinaba.

Tras varios días de holgazanear física y mentalmente, en los que la mayor parte del tiempo lo pasé dedicado a descartar deliberadamente los intentos de mi cabeza por entrar la cuestión, decidí que había llegado el momento de meterme en materia.

Comencé por considerar la conveniencia, ya apuntada, de dejarme llevar, decirle que sí a todo, que me olvidaría efectivamente de mi familia, de los amigos, de todo y, después, llegado el momento, si llegaba, ya veríamos. En una palabra: Mentir. Era una opción atractiva, conveniente para mí, pero tenía un gran riesgo. Ella no sería fácil de engañar. En todas las ocasiones se mostro muy sagaz, siempre parecía adelantarse a mi pensamiento e, incluso, adivinarlo. Además, no me gustaba la idea del engaño y por tanto busqué una formula para “negociar” sin renunciar a mis seres queridos y a la vez ser honesto. Tal vez existía alguna forma de acuerdo, pues si yo tenía mucho interés, ella, a juzgar por el tiempo que me había dedicado, también parecía acariciar la idea de una vida juntos.

Pero eso ya lo pensaría mañana, estaba cansado y decidí irme a la cama.

Nazaré, Portugal

Tercer y último encuentro

Arriba, en el acantilado en que se halla faro de Nazaré, en Portugal, el viento del Atlántico sopla decidido; abajo, le siguen enormes olas de labios blancos que va untando sobre la superficie verduzca, hasta que se abrazan a las rocas. No es, la verdad, el lugar ideal para ponerse a pensar, pero, no sé por qué, al llegar allí, me vino a la cabeza de pronto algo que, en mis consideraciones del día anterior, había pasado por alto.

Todos los planteamientos que me hice, como negociar o engañarla, tenían siempre un elemento común que subyacía y quedaba a salvo: No renunciar a mis hijos, ni a la gente que quiero. Era lógico, un precio demasiado alto y, por otra parte, tampoco llegué nunca a tener muy claro el alcance y el por qué de tal exigencia. No iba a prescindir de ellos por nada, ni siquiera por ella. Esa era la respuesta que, tras tanto tiempo de búsqueda, se me presentó de pronto y de forma nítida. Era como si hubiera recuperado de golpe la cordura. Ya estaba, la decisión estaba tomada.

Pero la respuesta no venía sola, traía una carga de tristeza infinita porque significaba también renunciar para siempre a aquella extraña y deseada mujer, a aquel sueño obsesivo en el que se había convertido.

De pronto.

Hola – su voz (¡dios, su voz, otra vez!) sonó a mi espalda y me volví como disparado. Era ella.

Tu?…pero qué haces….como sabías que yo…? –demasiadas preguntas que no importaban. Estaba descolocado totalmente.

Parece ser que ya tienes una respuesta –habló tranquila y dominando la situación como siempre- Bien, hablemos de eso…

Estaba claro que cuando yo iba, ella volvía. No sé como lo hacía, pero mi única opción era explicar la verdad que ella ya parecía conocer. De algún lugar debí sacar el valor y la capacidad de aceptar una vida sin ella y me dispuse a comunicarle mi decisión. Esta vez, agradecía que me leyera el pensamiento, porque mi pensamiento era muy difícil de convertir en palabras. Efectivamente, tuve que hablar poco.

Verás…estuve, como sabes, pensando en todo esto y…bueno…creo que…

Que no vas a renunciar a todo por mí. –me cortó- Ya lo sabía. Es la vieja historia. Todos me desean, pero nadie me tiene, nadie puede tenerme, soy demasiado cara.

Noté cierta amargura en sus palabras. Yo había perdido la partida, eso estaba claro, pero ya sin ninguna otra pretensión ni presión, podíamos hablar como viejos amigos.

Entonces, qué sentido tiene? –le dije- Qué sentido tienes tú? Parece ser que no te comes una rosca –bromeé– Alguna vez alguien te ha tenido?

En sueños, solamente en sueños. – me contestó enigmática- Los hombres y las mujeres me desean… sí también las mujeres, -dijo al comprobar mi cara de asombro- no olvides que soy una puta, no hago distinciones. Coquetean conmigo pero en el camino se dan cuenta que tienen demasiados intereses, responsabilidades y cargas; también tienen vicios, comodidades y miedo, sobre todo, miedo a dejarlo todo. Eso por no hablar de sus prejuicios, reglas y leyes.  Demasiadas ataduras…

Te darás cuenta de que con esos requerimientos, abandonar a la familia, a los amigos…cualquier persona que se acerque a ti está condenada a quedarse solo, solo contigo… -intenté convencerla y reafirmarme en mi decisión- ¿Eres consciente de la soledad que llevas aparejada?

Mi pregunta quedó sin respuesta y me di cuenta de que estaba haciendo sangre. La conversación había subido de nivel, demasiado etérea e imaginativa, por todo ello, quise descenderla a un tono más mundano.

Pero… por qué no bajas un poco el listón? Si te hicieras algo más asequible sería bueno para el negocio, para tu negocio…

No es posible. –dijo convencida– dejaría de ser yo. Sabes para qué sirve una utopía? Pues, como es inalcanzable por definición, una utopía no sirve para nada, sólo para ir tras ella.

Eres tú una utopía? –pregunté

Miró al suelo. Aun hoy no sé si aquello de su rostro fue una sonrisa o el más terrible mohín de dolor, pero no se me olvida, no lo olvidaré nunca.

Mujer enigmática, inconcebible y bella por encima de todo y de todas, bella como las cosas inalcanzables. Nació para que el hombre corriera tras de ella sin alcanzarla y, ella que no quiere ataduras, está atada a la soledad, esa soledad que salpica y, si uno se acerca demasiado, hace suya. Mujer que sólo en el sueño se justifica. Una puta tan cara que está condenada a la virginidad. No podré tenerla, pero la voy a perseguir toda la vida porque es la razón de la mía. Pensé.

Era el final. Se me escapaba de las manos y yo lo sabía. Me dio la espalda y comenzó a andar. Y yo tras ella, como siempre fue, como siempre será.

Por favor, antes de irte –le supliqué- dime, al menos, tu nombre..

Me llamo Libertad.

El valle del humo.

En Portugal, un tanto al sur, está la cuidad de Monsaraz que, para mí, guarda secretos de tiempos muy lejanos. Yo no sé si son cosas mías pero, cerca de allí, hay un gran pantano que se desparrama por el valle, nerviándolo con sus lenguas de agua, y en aquellos mundos de légamo y juncos, cuando cae la noche, las ranas no parecen croar sino que entonen un cántico ancestral, sólo inteligible para batracios iniciados.

Aún a riesgo de equivocarme y por abundar más en lo que digo, no me parece tampoco casual que sea también allí, en los rastrojos próximos, que se arremolinan a la sombra del elevado montículo en que se halla Monsaraz, que el hombre prehistórico apuntara al cielo, no sabemos por qué, con sus mastodónticos falos de piedra, acercando su bálano a las estrellas, en un alarde machista a cualquier gigantesca criatura que, eso sí, se me antoja femenina. Y, para terminar, por si fuera poco lo dicho anteriormente ya sea en favor de mi razón o de mi locura, si observas fotografías de satélites, se pueden apreciar extraños y caprichosos dibujos en los campos aledaños. El por qué allí y no en otro lugar, tal cúmulo de acontecimientos que escapan a la comprensión, es algo que ignoro, pero el caso es que en aquella población, por sus callejuelas, al pie de la picota junto a la iglesia o en su recinto donde se celebraban los torneos medievales y hoy reconvertido en plaza de toros, los hechos que, referidos a otro lugar podrían parecer propios de una mente perdida, si los sitúas allí, en aquel ambiente, las cosas más increíbles se visten con un traje de diario, se disfrazan de normalidad y uno las asume y, lo que es más arriesgado aún, pasado el tiempo, se atreve, como voy a hacer yo, a contarlas sin el más mínimo pudor. Como siempre digo en estos casos, si bien es verdad que no todo es verdad, porque pudiera haber algún detalle que no recuerde bien o que, incluso, haya olvidado por completo y, aun reconociendo que a veces retoco algún pasaje de los hechos para hacerlos más amigables y más fácilmente narrables, también es cierto que hay muchas partes que sí se ajustan cabalmente a lo ocurrido y, con esas, ya sólo con esas si queréis, bastaría para haceros pensar un poco, como me hacen pensar a mí.

Pues bien, me encontraba en Monsaraz haciendo fotos cuando, entre clic y clic de mi Nikon, di unos pasos hacia atrás, sin mirar, para conseguir un buen encuadre del pórtico de la iglesia y muy poco me faltó para tropezar con un anciano que estaba sentado en un umbral, con las rodillas a la altura de la boca, casi en posición fetal; los ojos cerrados y una tenue sonrisa dibujada en la cara, parecía disfrutar plácidamente del tibio sol de aquella mañana de Abril. Me disculpé con él y, la verdad, al principio no le presté mayor atención. Después, a lo largo de la conversación que mantuve con él, deparé en que tenía una imagen un tanto peculiar, con una barba blanca de la que le colgaban un par de trencitas a la altura del mentón. Su rostro iba marcado por las huellas, quizá, de un largo viaje y, desde luego, por los muchos años que parecía tener. Su aspecto, por su vestimenta y algunos abalorios que colgaban de su cuello o se agolpaban en sus muñecas, no dejaba de ser, cuando menos, pintoresco e, incluso, gracioso; evidentemente, no parecía provenir de ningún lugar de los alrededores, sino de tierras mucho más lejanas. Pero, en un principio, consideré que no era el momento de dedicarle más tiempo a aquel viajero; era un día espléndido, aunque con algunas nubes en el cielo, ideal para la fotografía, y yo seguí a lo mío.

Al momento, tras dos o tres disparos de mi cámara, me di cuenta y me sorprendió que aquel hombre estuviera ya en pie, a mi lado, mirándome fijamente. Menudo y bajito, apenas su cabeza llegaba a la altura de mi hombro. Me quedé observándole unos instantes, yo esperaba quizá alguna pregunta, tal vez por una dirección o, quien sabe, pedirme alguna limosna; pero no, de pronto, me dijo con inesperada energía, casi gritando: ¡Champá, Shangri-La, champá! (que sonaba algo así como: Xampá, Shangrilá, xampá). Evidentemente yo no entendía lo que me estaba diciendo aunque me lo repitió varias veces: ¡Champá Shangri-La, champá! Me encogí de hombros y meneé la cabeza, que me parece algo así como un signo internacional de no tener ni puñetera idea de lo que me hablaba y, para subrayarlo, le dije en mi mal inglés: “I Don’t Know”. Entonces, él, metió la mano en un zurrón que llevaba colgado en bandolera y extrajo una pequeña bolsita de piel que, extendiendo el brazo, me ofreció. Al principio me negué a aceptarla porque pensé que me estaba queriendo colocar algún suvenir o artesanía y no están los tiempos para comprar sin ton ni son, pero el anciano tomó mi mano con extremada delicadeza y colocó en la palma la bolsita sin darme tiempo a negarme; visto lo cual, rebusqué alguna moneda en mis bolsillos para acabar de una vez por todas con aquella escena. Sin embargo, con voz dulce y clara, en perfecto castellano, me dijo: No, no tienes que pagarme nada. Es un regalo. Fue un alivio saber que podía entenderme con él y, además, su voz transmitía cierta confianza pero, más que nada, es que yo comenzaba a sentir alguna curiosidad por todo lo relativo a aquel extraño personaje, comenzaba a plantearme algunas dudas y la necesidad perentoria, un tanto incomprensible, de obtener respuestas. Después descubriría que esas sensaciones no habían hecho más que empezar porque se convirtieron en una constante a lo largo de todo aquel encuentro.

–Ah! Bien, gracias…pero… ¿Qué es esto? –le pregunté.

–¿Has oído hablar de Shangri-La? –me preguntó.

— ¿Shangri-La?… –hice un rápido recorrido por mi memoria y balbuceé la primera respuesta que encontré en ella– Creo que es… ¿una ciudad perdida… mítica?…Algo he leído e incluso…había una antigua película sobre ella… ¿no es eso?

— Ven, vamos a sentarnos aquí, tengo que contarte algo –me dijo, dirigiéndose hacia un banco de granito que había allí mismo. No me negué. Nos sentamos. La mañana era especialmente luminosa y la agradable temperatura hacía muy propicio aquel lugar para mantener una conversación. Para qué seguir engañándonos; lo cierto es que aquel individuo tenía cierto magnetismo y que, yo, quizá, soy demasiado curioso. Eso me pierde.

–La bolsa que acabo de darte –me dijo– contiene el estigma de la flor de Champá que son utilizados desde tiempos inmemoriales en mi país para preparar un incienso de asombrosas cualidades. Consérvala porque podrá ayudarte en algún momento de tu vida.

–Esta flor, –prosiguió, sin darme tiempo a decir nada– aunque después se ha cultivado en otros lugares, es originaria del valle de Shangri-La, de dónde yo procedo y que, no es exactamente una “ciudad mítica” como tú dices. Realmente es un valle con varias ciudades y, además, efectivamente existe, no es producto de la fantasía pero, permíteme, que por razones que comprenderás cuando hayas escuchado lo que voy a contarte, no desvele su situación, además, realmente tampoco viene al caso. Shangri-La, es un lugar de muy difícil acceso, rodeado de altas montañas de nieves y brumas perpetuas. Curiosamente, las sendas que parecen conducir a él, por no se sabe qué razón, caprichosamente confunden al viajero, siendo lo normal que, creyéndose cerca del valle, en realidad, estén a muchas millas de él, en dirección opuesta o, incluso, en otro continente. Por otra parte, no figura en ningún mapa y un extraño fenómeno natural, quizá magnético, hace que allí las brújulas y los GPS enloquezcan e, incluso, sea invisible a los modernos sistemas de vigilancia y navegación, como los satélites. En fin, podríamos decir que, efectivamente, es un lugar perdido, el último reducto inexplorado de la Tierra. Sin embargo, a pesar de todo, a principios del Siglo XX, un aventurero inglés se extravió y llegó hasta allí por pura casualidad después de un accidentado viaje. El hombre, tras de muchos días de camino sin agua ni alimentos, estaba extenuado y en un estado de salud muy precario. Contrariamente a lo que se podría suponer por nuestro tradicional aislamiento, somos gente muy hospitalaria y le dimos atención y asilo. Tras varios meses de cuidados y descanso consiguió recuperarse totalmente y se integró en nuestra comunidad. Aprendió nuestras tradiciones y costumbres, convirtiéndose en uno más de nosotros. Sin embargo, algunos años después, cuando todos pensábamos ya que se quedaría definitivamente a vivir allí, desapareció sin más. Parece ser que regresó a Inglaterra donde la fortuna le dio la espalda y acabó contando su historia a cambio de unas monedas o, simplemente, de que le invitaran a beber.  Así, la aventura que casi le cuesta la vida y todo lo que vio y vivió en los años que estuvo con nosotros, fue corriendo de boca en boca, adulterándose y haciéndose una narración cada vez más fantástica, hasta llegar a oídos de un escritor que la utilizó para su novela que, después, fue llevada al cine. Debe ser esa la película a la que te refieres.

–El auténtico  Shangri-La –continuó– nada o muy poco tiene que ver con la imagen que de él se ha dado en tu mundo. Es cierto que somos una comunidad solidaria, pacífica y justa, con un alto grado de bienestar social y un eficaz sistema político basado en la sabiduría de los ancianos; tal vez, todo eso fue posible porque tenemos cuanto necesitamos y no existen otros bienes ni riquezas que ambicionar. También es verdad, que quizá debido al clima, a la alimentación o a las costumbres, nuestra edad media de esperanza de vida es muy alta, aunque, naturalmente, no somos ni mucho menos una sociedad perfecta, ni irremediablemente feliz ni, por supuesto, los habitantes de Shangri-La, somos inmortales, como se ha llegado a decir. El caso es que aquellas historias deformadas y fabulosas hicieron que muchos aventureros y buscadores de la eterna juventud se lanzaran en pos de aquella supuesta tierra de promisión; nos convertimos para nuestra desgracia en el nuevo El Dorado. Así que, mientras que otras ciudades, como la antigua Zhongdian, cambiaron sus nombres y adoptaron el de Shangri-La para atraer turistas, nosotros tuvimos que ocultar nuestro verdadero nombre para proteger nuestra forma de vida. Aun así, nos vemos continuamente amenazados, víctimas de una falsa leyenda que nos persigue como un perro rabioso…

En aquel punto de la conversación, ocurrió el primer golpe de teatro: El hombre se incorporó en su asiento, abandonando su relajada posición; entrelazó sus dedos y puso las manos, con las palmas hacia arriba, sobre su regazo. Cerró los ojos y musitó una retahíla de raras palabras que tenían cierta cadencia sonora, parecía una poesía o una oración que, por supuesto, no entendí. Cuando hubo terminado, me miró complaciente y me dijo: Perdona, estaba hablando con mi Maestro, le contaba mi encuentro contigo…

¿Sin teléfono móvil? ¿El tipo quería hacerme creer que estaba hablando telepáticamente con alguien? Pues no; lógicamente no me lo creí. Estaba claro que quería tomarme el pelo. Ya solo me faltaba localizar el emplazamiento de la cámara oculta, pensé. Mi cara debió reflejar toda la incredulidad y el estupor que yo sentía, incluso, comencé a sentirme molesto ante lo que consideraba una burla. Él debió darse cuenta y se apresuró a explicarme.

–Amigo mío, –me dijo en tono conciliador– en tu mundo optáis siempre por lo más difícil. Inventáis y fabricáis complicadas y maravillosas máquinas que os proporcionan bienestar y desarrollo. Gracias a ellas podéis desplazaros sin esfuerzo miles de kilómetros; podéis no sufrir el frío del crudo invierno, ni el calor en el duro estío; también, os es dado curar y protegeros de algunas enfermedades y, en fin, podéis comunicaros entre vosotros a mucha distancia. Son máquinas muy ingeniosas… pero que dan soluciones a problemas inexistentes. Estudiando y desarrollando, como hicimos nosotros, las poderosas facultades que están en la mente del Hombre, no las necesitaríais. Por ejemplo, acabas de asistir a mi conversación telepática con mi Maestro y tú te extrañas; sin embargo, si hubiera puesto en mi oreja un aparato de apenas unos centímetros, de esos que utilizáis todos vosotros, te habría parecido algo absolutamente normal. Pero, si lo piensas, lo realmente normal, es que yo utilice las posibilidades que me da mi mente, que están ahí y que, con sólo aprenderlas, desarrollarlas y controlarlas, puedo fácilmente comunicarme a distancia con otras personas que también dominan esa capacidad; además de hacer cosas que tú sólo concibes con la ayuda de las máquinas, puedo hacer otras que te asombrarían, porque, ni siquiera con tus artefactos, tú podrías conseguirlo. Tu civilización ha optado por el camino difícil, despreciando lo sencillo: los inmensos poderes de la mente humana.

Voy a hacer un inciso aquí. Me parece que debo preveniros sobre lo que os voy a relatar a continuación, porque, si lo que he contado hasta este punto, puede resultar un tanto sorprendente, lo que viene ahora, es aún más difícil de creer. Lo sé, pero tengo que hacerlo por fidelidad a la historia.

En aquel momento, el hombre, se dirigió a mí en un lenguaje absolutamente desconocido e incomprensible.  No se parecía absolutamente en nada a cualquier idioma que yo hubiera escuchado anteriormente. Dijo unas palabras, unas frases que no me atrevo a reproducir, a sabiendas de que yo no me estaba enterando de nada. Después, de nuevo en perfecto castellano, me dijo:

–Esto que acabas escuchar son unas palabras de salutación en mi lengua, la lengua que se habla en mi país. Así es como yo hablo siempre, quiero decir que, aunque me escuches ahora hablar tu idioma, no sé realmente hablar español. Yo viajo por todo el mundo y hablo a las gentes de cada lugar en su propia lengua, pero naturalmente yo no sé todos los idiomas; sin embargo, mi mente, debidamente adiestrada, es capaz de traducir simultáneamente mis palabras y hacer que mi boca se exprese en distintos idiomas que ni yo mismo entiendo. Perdóname por desconcertarte, podría haber silenciado este pequeño truco, pero he querido mostrarte otro ejemplo de las inmensas posibilidades del poder de que te hablaba.

Que cada cual piense a su antojo; yo no supe qué creer entonces, ni lo sé ahora, pero sinceramente tengo que admitir que, al menos en aquel momento, me pareció comprensible y hasta lógico su razonamiento. Asumo también, aunque alguien pudiera tacharme de ingenuo, que deseché la idea de que aquel hombre tuviera la intención de burlarse de mí. Sin embargo, ese acto de fe por mi parte no era gratuito; tenía un precio, pensé: Que me dijera ya, de una vez, a dónde quería llegar y por qué me contaba todo aquello.

Curiosamente, no tuve que decir nada porque él, pareció leerme el pensamiento, me dijo:

–No te impacientes. Ahora aclararé tus dudas. Verás: Hace muchos años, nosotros éramos una comunidad feliz en nuestro aislamiento del exterior, nuestra vida transcurría plácidamente con un modelo de convivencia que costó siglos perfeccionar, sin embargo las habladurías sobre Shangri-La provocaron un auténtico acoso a nuestra forma de vida y solamente nos ha protegido hasta ahora nuestro ignorado emplazamiento. Sin embargo, somos conscientes de que tarde o temprano se nos localizará y sufriremos la invasión indiscriminada de cuantos avariciosos pretendan obtener las riquezas y los prodigios que equivocadamente creen que atesoramos.

–Hace 50 años –prosiguió– el Consejo de Ancianos decidió que, antes de que eso ocurriera, deberíamos tomar las medidas oportunas para intentar evitarlo. Era una pretensión muy ambiciosa por nuestra parte, pero valía la pena. Se debatió largamente sobre las distintas posibilidades y finalmente se pensó que lo más conveniente sería ofrendar al mundo exterior alguno de nuestros secretos y, en definitiva, emprender acciones encaminadas a ayudar a las gentes de otras naciones para que fueran felices en los lugares donde viven y no tuvieran necesidad de ir, como Ulises tras los cantos de sirena, a buscar remedios milagrosos y utópicos a lugar alguno…

–¿Qué piensas del Amor? –Me soltó así, inesperadamente y a bocajarro. Naturalmente, yo estaba fuera de juego pero, por fortuna, era una pregunta retórica y continuó– ¿Cuando estás acompañado de una persona que para ti es el centro del Universo y observas que todo alrededor se difumina y desaparece porque ella es tu Razón, entonces, necesitas algo más?

–Nosotros creemos –prosiguió impasible, sin esperar respuesta alguna por mi parte– que el Mundo, tu mundo, está falto de Amor y de otros sentimientos que atan con sólidas ligaduras a la gente. Las personas, cuando se relacionan entre ellas, duradera y satisfactoriamente, se sienten conformes con sus vidas y menos predispuestas a abandonar sus hogares en busca de espejismos como la eterna juventud o embarcarse en pos de una supuesta felicidad que siempre parece estar mas allá, nunca en sus casas…creen que las flores del vecino son siempre más hermosas que las de su propio jardín y, amigo mío, olvidan que la Felicidad es como el cartero: tiene tu dirección, sabe dónde encontrarte; te encontrará, es inútil salir a buscarla.

–Así que se decidió, entre otras cosas, que 200 de nosotros, entre ellos yo, recorriéramos los caminos de las naciones ofreciendo a algunas personas, elegidas por nuestro instinto, la flor del Champá.

Yo seguía atenta y plácidamente su narración aunque me resultara difícil de hilvanar unos pasajes con otros. Me sorprendía a mí mismo que, dada mi habitual impaciencia, no le hubiera interrumpido varias veces ya con algunas de las muchas preguntas que se agolpaban en mi cabeza, dudas más o menos curiosas o, más o menos, transcendentes como, por ejemplo, si debía interpretar por lo que me decía que este anciano llevaba 50 años recorriendo los caminos del mundo; pero, como ya he dicho, era una agradable mañana, me gustaba su conversación y, sobre todo, es que poco a poco, él iba respondiendo a todas mis preguntas sin necesidad ni siquiera de plantearlas. Así que decidí limitarme a escuchar, ya habría tiempo al final de pedirle alguna aclaración si fuera preciso.

Efectivamente, una vez más, me contestó sin haber yo preguntado y me dijo:

— Te preguntarás las razones por las que te cuento, precisamente a ti, todo esto. Te lo diré: La verdad es que no hay ninguna razón concreta o al menos yo no soy consciente de ella. Tengo con las personas una especie de intuición, implantada por mi Maestro, algo me indica quienes pueden ser aquellas más beneficiosas para nuestros propósitos, no sabría cómo explicártelo, pero al verte sentí que eras una de ellas, que debías ser uno de los depositarios de nuestro mensaje. Llevo muchos años intentando transmitir este bien; me hice viejo lejos de mi querida Shangri-La y en este tiempo creo haber desarrollado la capacidad de conocer a las personas y saber cual de ellas son más idóneas para nuestros objetivos. Tú serás una de las últimas en recibirlo de mí. Los aires de tu mundo no me son demasiado propicios y pronto moriré en cualquier lugar sin volver a ver mi Valle; pero eso no importa, será poco sacrificio si contribuyo a que se consiga la supervivencia de mi pueblo, tal como siempre lo conocí. Mi vida o mi muerte es lo de menos, quizá lo más importante viene ahora. Así que continuaré. Ya falta poco para terminar mi relato y debo proseguir mi viaje.

— Existe una leyenda en mi país –siguió su exposición– relativa a la flor del Champá que poca gente conoce y que voy a contarte para terminar. El incienso que se obtiene de esta flor tiene un olor muy peculiar y se comercializa por ello; pero nada comparado con sus auténticas e ignoradas propiedades. Se dice que si se cumple cierto ritual en su uso, su influencia en las relaciones de las personas puede ser muy beneficiosa, sin embargo, en caso de que no se cumplan unas sencillas normas, su efecto podría ser muy perjudicial. No lo olvides nunca porque es un arma con dos filos.

— La leyenda dice que cuando una persona conoce a otra y desea que esa relación, sea profunda y duradera, debe obsequiarle, en los primeros encuentros, siempre ha de ser en los encuentros iniciales (esto es importante), con unas porciones de incienso de Champá. Pero para que el prodigio se cumpla, la persona que lo recibe, si también desea perpetuar esa correspondencia, debe consumir el incienso poco a poco pero sin pausa, hasta su consumo total. Si así lo hace, la relación nacida al ritmo ininterrumpido del humo del Champá, no se consumirá porque será el incienso, la esencia de la flor, la que se consuma en su lugar. Según nuestras creencias, cuando el Amor o, incluso, la Amistad se pierden, se convierten en humo y ascienden a la cumbre del Monte Meru (1), reclamados por el Dios Destructor Shivá (2), y allí se quedan ya durante toda la eternidad. El grandeza del Champá, quemado convenientemente, es que su humo ocupa el lugar del que pudiera resultar de un amor fracasado y asciende, con lo cual el Señor Shivá ya no reclama su tributo y la relación resulta duradera y fructífera; pero, cuidado, porque en caso contrario, si la persona obsequiada, la olvida en un cajón o no se preocupa de seguir estas sencillas instrucciones, la relación será un doloroso fracaso y sólo producirá amarguras y sinsabores en la pareja. Debe, pues, únicamente ser usado cuando se tenga indudable interés y se presuma buena acogida en la respuesta de la otra persona.

— Ya sabes todo lo que tenía que decirte. Podrás conseguir más incienso de Champa con las mismas propiedades en muchos otros lugares, ya te digo que el cultivo de esta flor está muy extendido. Lo importante es cumplir las reglas que dice la leyenda. Sé que utilizarás bien y divulgarás esta historia, por eso te la confío. Ese ha sido mi propósito.

— Ahora, amigo, –me dijo, mirando al frente, mientras se ponía en pié– ya sabes todo lo que te será necesario para realizar el papel que te ha reservado este capítulo de tu vida… Este es el punto exacto del Mundo y el momento justo de los Tiempos, según me indicó mi Maestro Swami, Señor de Shangri-La. Todo ha sido cumplido conforme a sus enseñanzas. El mensaje, se estima, se ha transmitido fielmente y ha sido acogido por la persona elegida.

Estas últimas palabras no parecían dirigidas a mí, sino más bien, parecían ser un ritual o una oración con los que él concluía cada “misión”, así que no quise preguntar más sobre ellas. El caso es que estaba yo callado, un tanto abstraído, pensando en todo aquello que acababa de escuchar, cuando el hombre que seguía sin mirarme, comenzó a andar, satisfecho y sin mirar atrás, en dirección al pórtico de piedra que da entrada y salida a la ciudad.

No volví a verle.

No sé cuánto tiempo duró nuestra conversación. El sol se marchaba hacia su lecho atlántico y ya sólo acertaba a pintar las cornisas mas altas de los edificios. Se había vuelto de un tono cobrizo y apagado. Ahora por las calles, un poco más sombrías, corría una suave brisa. Comenzaba a hacer frio. Me levanté y me puse en camino de regreso a casa.

Hasta aquí la historia que me propuse contar. He pasado varios años intentando digerirla y ahora creí llegado el momento de “divulgarla” como pareció indicarme aquel hombre. La releo una y otra vez y la verdad es que se me antoja incompleta, como si le faltara alguna conclusión o enseñanza, pero no acierto a dársela. Quizá es pronto aún y haya que esperar algún tiempo para poder interpretar todo aquello. Tal vez, a partir de ahora, una vez publicada con los modestos medios a mi alcance, seáis vosotros los que con vuestras propias experiencias, os encarguéis de escribir el capítulo final, confirmando la veracidad o falsedad de la leyenda.

Sólo puedo añadir para terminar que, por mi parte, en este tiempo, solamente en una ocasión, puse en práctica la ofrenda del sándalo y se cumplieron escrupulosamente por ambas partes las legendarias reglas. ¿El resultado? Bueno, como comprenderéis, al tratarse solamente de un único resultado, es  absolutamente irrelevante a efectos estadísticos, así que prefiero silenciarlo.

__________

(1) Monte Meru, montaña mítica que se considera sagrada en varias culturas.
(2) Shivá, Dios Destructor en el hinduismo.

Renato

Cuando uno empieza a marear las hojas de “su libro”, se encuentra con páginas que, si no son del todo negras, sí tiran a un tono parduzco y que, tal vez, solo tal vez, de tener la posibilidad, le gustaría reescribirlas. Pero ahí están, tal cual; y no tienen remedio. Por eso, reconozco y asumo que, en aquel tiempo, finales de los 80, yo tenía ganas de comerme el mundo. Qué quieren que les diga. A esa edad, lo miras, al mundo, y te parece una perita en dulce; abierta de patas, esperando a que le hinques el diente. Después, el mundo, resulta que no es pera que espera, sino un hueso duro de roer  y en el empeño te dejas un par de incisivos. Así, se le quitan a uno las ganas. Como ya dije, anónimamente, alguna vez, ¿De qué le sirve a un hombre comerse el mundo si, en el intento, pierde los piños? Pero esa, es otra historia.

Sea como fuere, allí estaba yo, en la mesa del restaurante, sentado frente a Renato, intentando saber qué quería aquel tipo de mí y cómo habíamos llegado hasta allí.

El “cómo” se descubrió enseguida. Parece ser que un amigo mío, empleado de un banco, con el que trabajaba aquel hombre, le indicó que yo podía ser la persona que andaba buscando y le dio mis datos para que se pusiera en contacto conmigo. Prefiero no pensar en las razones que indujeron a este amigo común a considerar que yo podría estar interesado en la propuesta de aquel hombre.

Renato era portugués, alto y de aspecto distinguido. Socarrón; su acento le daba una gracia especial a lo que decía. Hablaba con desparpajo y, por si fuera poco, era mayor que yo. En estas condiciones, si tratas de negocios, has de asegurarte bien por dónde te pueden venir los tiros. Pero, a medida que avanzaba la conversación, debo admitir que yo iba ganando confianza en él; nos entendíamos bien, pero más que nada, porque lo que me relataba era demasiado increíble, o, cuando menos, demasiado curioso, como para ser inventado. No me cabía en la cabeza que alguien pudiera presentarse a un extraño, como era yo para él en aquel momento, y plantearle algo como lo que estaba a punto de escuchar.

Me contó que se dedicaba a actividades muy variadas. Desde representar a una marca de lencería femenina muy sugerente, cuyo muestrario anduvo rodando hasta hace poco por mi casa para general divertimento, hasta ser el delegado comercial de una fábrica, sita en Coímbra, que se dedicaba a hacer cadenas de todo tipo: para bicicletas, para distribución de motores, etc.; pasando por llevar en su cartera un sinfín de artículos de lo más variopinto que intentaba colocar en todos los países el Mundo. En una palabra, Renato era, al menos en mi apreciación hasta ese momento, lo que aquí llamaríamos en plan coloquial y cariñoso: Un enredador; vivía a la que iba saltando, aunque, parecía ser, que de esa forma tan pintoresca y tan poco especializada, se ganaba holgadamente la vida. El caso es que estaba buscando un socio o colaborador, me dijo, con el que repartir ese ajetreo  de continuos viajes que, a su edad, ya comenzaba a pesarle.  Y eso era precisamente lo que pintaba yo en aquella reunión.

Desde un punto de vista estrictamente comercial y práctico, y si solo hubiera sido esto, probablemente me habría negado a participar en sus etéreas actividades, bastante tenía yo en aquel momento con mi trabajo real y tangible, como para embarcarme en  semejante retahíla de insustancialidades. Sin embargo, lo que yo sabía hasta ese instante, era solo una parte, es más, era la parte menos importante de su propuesta. Lo que realmente me cautivó fue la profesión principal de Renato, aquella que le permitía vivir del modo que quería y, aparentemente, muy bien; precisamente aquella cuyo relato había dejado para el final. A mí, una vez más, mi mente laboriosa e incansable, me iba a jugar una mala pasada.

Por lo que siguió exponiéndome en la conversación, a través de sus aventuras y desventuras con las que fácilmente se hubiera podido componer una novela, que me contaba de una forma y  con un lujo de detalles que en absoluto podían ser inventados, yo, un tanto boquiabierto escuchándole, llegué a la conclusión de que Renato era, fundamentalmente, una especie de Señor de la Guerra. No traficaba con armas, sino que, a través de fabricantes o de su propio almacén en Estoril, proveía a todos los conflictos bélicos del mundo de vehículos todoterreno y de sus correspondientes piezas de recambio, concretamente los Jeep Willys, que andan en esos menesteres desde la Segunda Gran Guerra. Al parecer, no había escaramuza, guerrilla o tirón de verga armado en el mundo que Renato no visitara con su cartera, tanto a un bando como a otro, lo cual no dejaba de tener sus riesgos.

Unas cosas con otras, me pareció una idea tan aventurera, tan romántica y peliculera, que acepté su propuesta. Ya me veía yo por aquellos remotos países en conflicto, viviendo cada día una apasionante historia de acción. Además, no tenía que hacer ningún desembolso previo, lo cual alejó de mi toda posible sospecha de que se pudiera tratar de un timo o de una estafa.

Durante las semanas siguientes, nos reuníamos a menudo para sentar las bases de nuestro acuerdo y programar nuestra actuación conjunta. Para mi sorpresa e inyección de ánimos, a los pocos días, ya nos encontrábamos trabajando en Coímbra en un prototipo de cadena de distribución para ser homologada por Seat, tras mis conversaciones con los responsables de la fábrica de Martorell y con la posibilidad de convertirnos así en proveedor oficial de la marca.

Aquello empezaba a marchar y era solo el principio. Después vendría, pensaba yo, lo que más me ilusionaba y atraía, el plato fuerte: los viajes a todas las zonas calientes del planeta. Pero yo no podía imaginar que el destino estaba planeando hacer de las suyas.

En el siguiente encuentro con Renato, en la que, sin saberlo, sería nuestra última entrevista, no le noté especialmente preocupado o más triste que otras veces. Su actitud era la misma. Un poco distante, un poco pasota, en fin, como siempre. Sin embargo, después de tratar los asuntos habituales del negocio, me comentó que había estado en el médico para que le informara sobre una analítica que le habían hecho días atrás y, con su habitual sorna, me soltó impasible:

Me ha dicho el doctor que ha visto resultados de análisis a cadáveres, mucho mejores que los míos…

Después de aquello, desapareció; como si le hubiera tragado la tierra… o la guerra. A pesar de mis intentos, no conseguí localizarle. No sé si realmente su salud era tan mala o si, pudo tener unos dimes y diretes con un fusil AK-47, el caso es que allí acabó sin haber empezado mi aventura porque ya no volví a ver a Renato.

El Barquero de Cantillana.

I

 En las estribaciones de Sierra Morena, donde ya la cordillera comienza a arrodillarse para que pase el Guadalquivir, sestea Castilblanco de los Arroyos. Del pueblo, parte un largo camino sin asfaltar que se interna a duras penas en los montes y va a parar a una ermita dedicada a San Benito, un santo muy venerado en la zona y que, según creo, es patrón de Europa.

 Allí, las faldas de las montañas descansan en hondonadas que, a su vez, ondulan y trepan hasta los escasos llanos. Parece que se movieran al compás de un de mar inquieto. Hasta la más humilde yerba, contribuye a verdear las olas que nunca rompen y, ya a primeras horas de la tarde, se vuelven pardas porque siempre hay un montículo más alto que les da sombra. A pesar de la intensa actividad parsimoniosa de aquel manto, subiendo o bajando, aquello tiene esa atmósfera especial que se siente, o mejor, se presiente en los lugares que se han mantenido intactos a los largo de los siglos. No es que el Tiempo se haya detenido allí, es que simplemente, por allí, no pasa. Y eso se ve en los contraluces, se huele en el aire, se oye en los cien mil ruidos. Se palpa, se nota.

 La pequeña y sobria capilla dedicada al santo, menciona en una lápida las virtudes y el dinero del benefactor que la hizo posible. Al lado, en una estancia, se agolpan muletas, prótesis de todo tipo y, en fin, objetos muy variados,  y, junto a cada uno, una nota en la que se agradece al milagroso San Benito el hecho de no necesitarlos ya. Rincón de la fe, que yo no sé si es la que mueve aquellas montañas, imprimiéndoles su activa quietud, pero, sin llegar a hablar de hechos milagrosos, para lo que sería preceptivo creer en ellos, lo que me ocurrió en aquellos campos, aun hoy, pasado el tiempo, no le encuentro una explicación lógica. Lo que voy a relatar, salvando las dificultades de su narración que a veces me ha parecido un auténtico y nunca mejor dicho parto de los montes, ocurrió más o menos así.

II

Hace algunos años, finales de los noventa, en una visita ocasional a San Benito, del que mi mujer entonces era muy devota,  en un fin de semana de regreso de la playa, y mientras mi familia oía misa en la ermita, yo, que no soy muy aficionado a esas cosas, me dediqué a pasear por los alrededores y, quizá debido a que el olor de la jara me coloca, me enfrasqué, tal vez demasiado, en mis profundas reflexiones: Lo sobrada que va la tórtola en el arte del vuelo. Qué velozmente, con las alas hacia atrás, mirando al tendido y recreándose en la suerte, sortea encinas con espectaculares looping, increíbles zigzag o rasantes imposibles. O, cómo, parece indiscutible, que la lagartija es la dueña absoluta del mundo ignoto de los recovecos campestres. Total, que abstraído en tan interesantes consideraciones y empapándome de aquella orgía animal y vegetal, el tiempo voló y cuando me di cuenta, me había alejado demasiado, y lo que era peor, no sabía en qué dirección lo había hecho. Parecía mentira que en tan poco tiempo hubiera caminado tanto. Miré alrededor y no vi nada que pudiera servirme de referencia para la vuelta. Efectivamente, los arboles no me dejaban ver el bosque; ni el bosque, ni la ermita, ni mi coche que había dejado aparcado a la sombra. Una sensación de intranquilidad desconocida comenzó a apoderarse de mí. Admitámoslo ya: Me había perdido. Me había perdido de la forma más tonta y vergonzosa. Que nadie intente consolarme. Porque, te puedes perder, pongamos por caso, yendo de escalada a los Picos de Europa y que tenga que rescatarte el grupo de montaña de la Guardia Civil, eso, podría ser comprensible, es más, posteriormente, algo así, sería una aventura muy recurrente para relatarla en nuestras tertulias de amigos, pero extraviarse, por llamarlo de forma más suave, como me pasó a mí, vestido de pies a cabeza en el Coronel Tapiocca y en un lugar donde la gente va de romería una vez al año, es algo difícilmente asumible y claramente pernicioso para mi autoestima.

 Caminando en cualquier dirección, en línea recta, me consolé pensando, no podía tardar mucho en encontrar algún vestigio de civilización o, por lo menos, cobertura para el móvil. Claro que en el momento en que comenzara a andar, tenía tres puntas de la Rosa de los Vientos a favor de alejarme aún más de la ermita, contra sólo una de acertar la correcta dirección y acercarme a ella. Era una decisión que tenía que tomar y había que tomarla pronto, porque la tarde iba a empezar a entrar en caída libre, y la noche amenazaba con asomarse en cualquier momento por encima de aquellos cerros.

En estas elucubraciones estaba yo, francamente preocupado, cuando me pareció escuchar a alguien hablar. Puse toda mi atención y, efectivamente, sonaba a lo lejos lo que parecía ser una conversación relajada y amigable, aunque no acertaba a entender de qué se hablaba. Salvo que la persona que fuera, estuviera hablando solo y dado que el teléfono móvil, como dije, no tenía cobertura, allí debería haber más de una persona, deduje. Caminé unos metros hacia dónde me pareció que procedían las voces y, por fin, sentí un tremendo alivio al ver a dos hombres sentados en sendas piedras charlando mientras comían algo tranquilamente. Ahora ya solo tenía que pasar el mal trago de admitir que me había perdido donde no se pierde nadie y pedirles su ayuda. Al detectar mi presencia, ambos me miraron pero solo uno de ellos, con voz ronca de marcado acento andaluz, se dirigió a mí:

 -A las buenas tardes, amigo, ¿Ud. también se ha perdido?

  Me relajé. Aquello me allanaba la explicación que tenía que dar, pero además y sobre todo, me dio a entender que mi caso no era excepcional.

 -Hola, buenas tardes, no…Bueno, no sé, supongo que sabré volver a la ermita. Es que me distraje con el paisaje tan bonito que tienen Uds. aquí….me alejé y… – le di un poco de coba.

 Aquel hombre era fuerte, más bien de baja estatura. No sabría decir su edad, aunque le noté avejentado. Deduje que era el pastor de un rebaño de ovejas que estaba a su espalda, pero la verdad es que fue mera suposición, pues no hizo muestras en ningún momento de que hubiera ninguna relación entre él y los animales.

 -Pues, espere un momento, termino con este amigo y le indico el camino- Me dijo.

 Por un momento me pareció aquello una oficina de información. Yo estaba ya tan reconfortado que, naturalmente, no me importó esperar. He esperado mi turno en ventanillas mucho peores. De nuevo, comencé a disfrutar del paisaje, manteniéndome, por discreción, a una prudencial distancia de la pareja, como sin traspasar una línea imaginaria que hubiera pintada en el suelo, como ocurre en los recibidores de los bancos. Noté, sin embargo, que la conversación de los dos hombres entraba en sus últimos compases.

 Se pusieron en pie, se dieron un apretón de manos y fue entonces cuando me fijé en el otro individuo, cosa que hasta entonces no había hecho. Evidentemente no tenía el aspecto de un lugareño y, al escucharle, me di cuenta de que ni siquiera era español, sino sudamericano; de aspecto distinguido, unos 50 años, vestido de forma clásica y con un sombrero panamá blanco.

 -De acuerdo, Andrés -dijo amigablemente el extranjero al supuesto pastor– Haré todo lo que pueda con lo que me ha contado y gracias por indicarme el camino.- Se despidieron.

 Al pasar junto a mí, cuando se marchaba, aquel hombre me lanzó una mirada de complicidad que yo entonces me creí que se debía al hecho de haberse extraviado y ser tan torpe como yo en las técnicas orientativas. Después, siguió su camino.

III

Andrés, como al parecer se llamaba el pastor, se dispuso a atenderme. Me miró con unos ojos pequeños, vibrantes, hasta los que casi llegaban sus pobladas patillas. Estaba claro que yo, en aquel momento, ya debía tener en la frente un letrero que dijera: “Pardillo“, pero él no le dio más importancia.

 -Volver a la ermita es muy fácil: sólo tiene que seguir esta cerca, siempre dejándola a la izquierda. – Me dijo, señalando una pared hecha con piedras, como de un metro de altura.

 -Ah! …pues…vaya, sí, parece fácil. Creí que nadie más seria tan torpe como yo para extraviarse aquí, sin embargo, parece no soy el primero al que le ocurre… ¿no? – le dije sonriendo y refiriéndome al tipo que acababa de marcharse.

 -Bueno, al final, cada uno llega a dónde tiene que llegar -Sentenció, con voz solemne y parsimoniosa. Entonces supuse que era una frase de la sabiduría autóctona como otra cualquiera.

 -¿Hay hambre?- Me preguntó de sopetón, sin venir a cuento, como queriéndome retener, echándose mano al zurrón que llevaba colgado en bandolera.

 Sin esperar mi respuesta, sacó un gran trozo de queso amarillento, cortó una porción con una enorme navaja y me la ofreció. Lo mismo hizo con el pan. También sacó una botella de vino tinto y la colocó cerca de mí, sobre una piedra. Se sentó de nuevo en la pequeña roca como invitándome a hacer lo mismo.

 Realmente, yo no tenía hambre pero se lo acepté en señal de agradecimiento. Merendamos. El queso tenía un sabor profundo, rancio, muy bueno, y el vino era espeso, con un punto dulzón; tenía muchos grados, pero me apresuraré a decir, por si algún mal pensado pretendiera achacarle a eso la causa de los hechos que les cuento, que no le di tantos tragos como para explicarlos.

 Yo me sentía obligado a mantener algún tipo de conversación, como cuando suben dos extraños a un ascensor, pero aquel individuo era ciertamente un hombre de pocas palabras; a cada momento, yo tenía la sensación de estar invadiendo su intimidad, celosamente guardada. En estas condiciones, el difícil diálogo se desarrolló, más o menos, así:

 -¿Es Ud. de por aquí?- le pregunté

-De Cantillana.

-Eso está más allá de Sevilla, un poco lejos, ¿no? -En aquel momento no tenía yo muy claro dónde estaba Cantillana.

-….

-Entonces vive Ud. aquí cerca, en Castilblanco o en el Pedroso?- Insistí. Me sentía un completo entrometido, pero de algo había que hablar.

-No -contestó seco, pero pensativo.

Le miré detenidamente, esperando una explicación adicional, que tardó unos instantes en llegar. Al fin, dijo:

-Vivo en una cueva, en un monte cercano, ahí al lado. – Lo soltó como si fuera algo natural y se metió un trozo de queso en la boca, dando por terminada la respuesta.

-Ah! ¿En una cueva? ¡Qué original! Pero estará bien acondicionada, ¿no? – le pregunté, lo reconozco.

 Aún hoy no me entiendo. ¿Bien acondicionada, una cueva? Pero ¿cómo pude decir semejante majadería? Sin embargo, el hombre, debió entender mi desubicación y, a pesar de su aspecto, no me clavó la navaja, ni me tiró a la cara el queso, es más, ni siquiera me indicó un camino falso de regreso, en dirección a Burgos, por ejemplo, que es lo que me merecía por dominguero. No. Fue entonces cuando pareció que pretendía sincerarse y darme conversación. Por primera vez, pareció inseguro, titubeó:

 -Tuve problemas en el pueblo, y no podré volver. Además, allí… ya no me queda nada, ni nadie.

 Aquellas palabras, tristes y enigmáticas, no hicieron más que espolear mi natural y creciente curiosidad. Me moría de ganas de seguir preguntando pero algo me dijo que aquella conversación se había terminado y, además, se me estaba haciendo tarde. Me levanté y le tendí la mano.

 -Bueno, amigo, pues muy agradecido y le deseo de corazón que se le arregle todo pronto y pueda volver a su casa. -le dije, junto con otras palabras vacías al uso, deseando largarme y cerrar aquel bochornoso capítulo de mi vida cuanto antes.

 Entonces vino lo mejor. El, me estrechó la mano con firmeza y la retuvo, diciéndome:

 -Señor, quisiera pedirle una cosa, un gran favor: que escriba algo sobre mí que me haga justicia. Yo solo quería ser un hombre sencillo y bueno; continuar con el trabajo de mi padre y ganarme la vida honradamente, pero fui víctima de una enorme injusticia, el mundo se puso contra mí y me lo quitaron todo: mi madre, mi novia, mi casa… y, si he hecho cosas malas, fue siempre para sobrevivir o por defenderme…

 Su estado de ánimo, noté, había ido cayendo en picado durante la conversación. Le vi tan triste que me olvidé de todo lo demás y me quedé parado, observándole, invitándole a proseguir y  ampliar su alegato. Hizo una pausa como para reponerse, respiró profundamente, y siguió:

 -Había gente interesada en que yo abandonara el pueblo. Mi madre enfermó y tuvimos que vender mi casa para pagar a los médicos. Solo me quedaba la mujer que siempre estuvo a mi lado a pesar de todo. Pero también la quería el hombre más rico de los alrededores, el mismo que había utilizado su dinero para dejarme sin trabajo y sin nada, y, al no poder conseguirla por otros medios,… -tragó saliva- la ultrajó. Una vez más, la Justicia me dio la espalda y tuve que tomarla por mi mano. Maté a aquel hijo de puta en un enfrentamiento justo. Todo estaba perdido ya para mí.

 -Me llamo Andrés López. -siguió tras tomar aire- Si quiere saber más sobre mí, pregunte por el Barquero de Cantillana. Ud. ya tendrá medios para averiguar todo lo que necesite. ¿Me promete que lo hará?

 No pude negarme. Es más, no habría podido negarle nada. Como es fácil suponer, en ese momento, yo estaba absolutamente desbordado. Aquel tipo me acababa de soltar una historia con muchas lagunas y que dejaba cantidad de preguntas en el aire, pero en medio de ningún lugar, perdido en aquellos montes, con un tipo aparentemente desesperado, al parecer, buscado por la Justicia, o, en el mejor de los casos, simplemente loco; con un aspecto que no desentonaría en un cuadro de Murillo y poseedor de la enorme navaja con la que le vi cortar el queso, la verdad, era una situación en la que no me culpo por sentirme algo inseguro.

 Sin embargo, la pena y la desdicha que dejaban entrever sus palabras, inspiraban algo de tranquilidad. Mantuve la compostura como pude, quizá me ayudó el que mi mente se centrara en algo que me había dicho, que me tenía especialmente desconcertado y sobre lo que no me atreví a insistir. Me había pedido que escribiera algo sobre él y, si tenemos en cuenta que yo, en aquellos años, a excepción de algunas Cartas al Director del Diario Hoy, no había escrito nada y que, al no utilizar aún Internet, ni siquiera me atrevía a juntar letras en un blog, podemos imaginar mi perplejidad porque alguien me pidiera escribir algo sobre cualquier cosa. Pero no parecía buena idea alargar la conversación, prefería irme aun con todas las dudas.

 Me despedí; aquella mano fuerte, dura como empedrada, liberó la mía y puse rumbo a la ermita, en la dirección que me había indicado. Es verdad que cuando hube recorrido unos 40 metros, se me ocurrió que podía preguntarle un número de teléfono o alguna dirección por si precisaba contactarle posteriormente, pero me volví y ya no estaba. Afortunadamente, la cerca aun seguía allí y, tal como me indicó Andrés, me llevó de vuelta sin más problemas.

IV

El lunes siguiente, ya en Badajoz, decidí ponerme manos a la obra y empezar a ver la manera de cumplir la promesa hecha a aquel hombre. Yo no podía ni imaginar que si, hasta entonces, los acontecimientos habían sido un tanto extraños, a partir de aquel momento comenzaba para mí la parte más sorprendente e inesperada de toda esta historia. Lo primero que necesitaba era documentarme sobre él. Hoy, habría acudido a la Red, pero como ya dije, de esto, hace algunos años y entonces yo no la manejaba, así que llamé por teléfono al Ayuntamiento de Cantillana, pregunté por el Secretario y me presenté educadamente:

 -Mire, le llamo porque me gustaría que me diera algunos datos sobre un vecino de ese pueblo que es conocido como el Barquero de Cantillana…

 -Andrés López. -Me cortó. Con su afirmación tajante y segura me sentí contento por ir bien encaminado en mis primeras averiguaciones.

 -Exacto. Verá, es que estuve ayer con él en Castilblanco y me dijo que….

-¿Cómo dice? -Me interrumpió sin contemplaciones y noté como su tono educado había cambiado- ¿Que estuvo ayer con él? ¿Con el Bandolero?.. ¡Ja, ja, ja…No me diga! ¿Y no estaba el Algarrobo?… ¿Quién coño eres, cachondo?

 -¿El Algarrobo? –pregunté cortado y balbuceante- No. Con él solamente estaba un señor sudamericano, con un sombrero blanco, que no sé quién era….Pero, ¿cómo dice?…  ¿Andrés López es un bandolero?

 -¡Claro, hombre. Curro Jiménez! – Me soltó entre carcajadas.

 Sin duda, lo primero que pensé, había sido víctima de una broma y estaba haciendo el ridículo. Le di algunos detalles más de mi encuentro en el monte para lograr que me creyera, pero fue inútil. Enmudecí. Necesitaba pensar. El Secretario lo notó, creo, pero no le di tiempo a consolarme.

 -Vaya. Ud. perdone…Parece ser que me han tomado el pelo- me disculpé y me despedí apresuradamente.

 Ni que decir tiene que durante muchos días la meditación sobre este asunto ocupaba mi tiempo y mi cabeza. Lo mascaba, lo componía, lo descomponía y lo volvía a recomponer. Lo escribí para mí. Tomé unas notas, siquiera sobre mi dialogo con Andrés para, que con el paso del tiempo, el olvido no le diera mas mordiscos. Siempre fui un tipo imaginativo, pero ciertamente aquello era demasiado y llegó a preocuparme, incluso consideré la posibilidad de visitar a un especialista en alucinaciones.

 Al cabo de algún tiempo, un mes, tal vez dos, decidí que de todas las opciones posibles, la que no estaba dispuesto a aceptar, era la dejar así las cosas. Lo cierto es que para aquel momento, los acontecimientos que viví en Sierra Morena y posteriores, se habían convertido en una autentica obsesión. No es que estuviera todo el día abstraído en mis pensamiento, ni encerrado en mí mismo, con la boca abierta como bobo, pero llevaba camino de ello; me daba cuenta de que a veces, me ausentaba mentalmente de cualquier conversación o acto, perdiendo la noción del tiempo y, al volver, me encontraba extraño, como recién llegado de no se sabe qué latitudes.

 Así que me armé de valor y volví a telefonear al Ayuntamiento de Cantillana. No quería provocar las iras del Secretario que me tomara por un bromista recalcitrante o, lo que es peor, por un pirado. Me hice mil composiciones de la posible conversación que me esperaba y ensayé cada una de mis respuestas a todas las opciones posibles. Todas, menos la que finalmente se produjo. Esa, era la única que no me esperaba.

 Me presenté de nuevo. Quise recordarle nuestra primera conversación pero no hizo falta, él la tenía muy presente:

 -Sí, le recuerdo perfectamente -me dijo- y me alegro mucho de que me haya vuelto a llamar, de haberme dejado su teléfono, le hubiera llamado yo. Mire, en primer lugar, quisiera pedirle disculpas por lo del otro día, al principio pensé que me estaban gastando una broma, pero después… Bueno, ¿Usted vive en Badajoz, me dijo, verdad? …No está muy lejos…¿Por qué no se viene por aquí un día? …Le invito a comer y charlamos tranquilamente de todo esto. No tengo las cosas muy claras pero tengo unas informaciones que a lo mejor le interesan. Comprendo su intranquilidad y me gustaría comentarle la historia completa, con los nuevos datos que tengo…

 Naturalmente acepté y un par de días después estaba yo en Cantillana, sentado en un restaurante junto al Secretario, un hombre joven, de unos 30 años, al que conté, esta vez con todo lujo de detalles, lo ocurrido en la ermita de San Benito. Él, escuchaba con mucha atención mientras daba buena cuenta de un magnifico chuletón de ternera. Cuando terminé mi exposición, ante la que en ningún momento se mostró incrédulo, en un tono solemne, a veces un poco melodramático, me dijo:

 -Bueno, verá. Como ya le indiqué, Andrés López fue un bandolero del siglo XIX. Había nacido en este pueblo, de él se sabe poco y, en lo poco que se sabe, andan entremezcladas la historia con la leyenda. Parece ser que su padre tenía una concesión del Ayuntamiento, aquí en Cantillana, para explotar el negocio de trasladar en una barcaza a la gente de una orilla a otra del rio y, también se dice, que a Andrés le negaron las autoridades la subrogación del contrato para continuar con la actividad de su padre. La causa, según se cuenta, fueron las presiones de un influyente terrateniente, enamorado de la novia del muchacho y enfermo de celos. Finalmente, la disputa fue inevitable y Andrés mató de un navajazo al rico propietario. A partir de ahí, huye al monte, reúne a una banda y comienza su historia como forajido. Se dice que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, que era generoso y caritativo, pero también, algunas versiones, hablan de que era sanguinario y cruel. Probablemente, como suele ocurrir en estos casos, no sería tan bueno ni tan malo, como se cuenta.

 -Esta historia, verdad o mentira, buena o mala, -continuó- es conocida por mucha gente, así que cuando Ud. me llamó el otro día y me contó su encuentro con el barquero, primero pensé, como le dije, que era una broma que me estaban gastando, pero, después, al verle tan sorprendido y que me causó Ud. la impresión de ser una persona sería, creí que algún bromista, conocedor de la historia, había querido reírse un rato a su costa.

 El Secretario parecía tener ya su veredicto pero, pensé que aquella conclusión tan elemental, me la podía haber dicho por teléfono y ahorrarme el viaje. Sin embargo, lo más asombroso estaba a punto de llegar. El joven funcionario, cuyo nombre no recuerdo, prosiguió.

 – Sin embargo, tras su llamada, comenté el caso entre los compañeros de trabajo. Lo conté como una anécdota curiosa de la mañana, pero cuál fue mi sorpresa fue cuando alguien dijo que recordaba vagamente un caso muy similar ocurrido hacía unos años: Un hombre que se personó en el Ayuntamiento y dijo haber tenido un encuentro con el Barquero y también por aquella zona. Ante la falta de datos y con gran curiosidad por la coincidencia, llamamos a un funcionario jubilado por si el recordaba mejor el hecho. Efectivamente, nos dijo que en una ocasión un señor se presentó recabando información sobre Andrés el Bandolero y contó un encuentro muy similar al que Ud. ha tenido que, naturalmente, en aquel momento, nadie creyó…

 -¿Quiere decir que el supuesto bromista lleva años haciendo lo mismo?- le interrumpí; no pude evitarlo.

 -No. -contestó tajante- Espere porque hay más.

 – Parece ser -continuó- que la persona que nos visitó, era un escritor afamado y quería documentarse, con la intención de escribir el guion de una película, cuyo protagonista sería Andrés, El Barquero, contando sus correrías en Sierra Morena. Años después, todos vimos en televisión la serie Curro Jiménez, basada en él, aunque con una visión excesivamente romántica, algunos fallos históricos e idealizaciones. La serie se hizo muy popular y todos aquí pensamos que se trataba de la obra del escritor que nos visitó. Hasta hoy, todo aquello, no pasaba de ser una anécdota más del pueblo.

 Yo seguía su relato expectante, sin perder ni una coma, pero no podía evitar impacientarme esperando un desenlace que no llegaba nunca y lo peor es que empezaba a dudar de si había realmente un desenlace que hiciera encajar las piezas de aquel rompecabezas.

 Los cafés se habían agotado y, al parecer, el hilo del relato, también, así que decidí provocar el final de aquella comida.

 – Bien. -le dije, pensando que no había nada más- Eso me consuela pues, si hay un precedente de la, llamémosle, broma, al menos me creerá, creerá mi historia ¿no?

 – Amigo mío -me dijo- le he creído siempre, porque, sin saberlo, sabe Ud. cosas que sólo siendo verdad lo que cuenta, podría saber. Pero ahora voy a contarle algo que Ud. no sabe y me gustaría que fuera el final de la historia que anda buscando, pero me temo que solo será de principio de otras largas meditaciones.

 -Mire. Yo supongo que Ud. no conoce personalmente al autor de Curro Jiménez ¿Verdad? -era una pregunta retórica y siguió- El autor fue un escritor uruguayo que en aquella época se encontraba exiliado en España. Según creemos es el mismo que vino aquí a informarse y dijo haberse topado con Andrés López. Tenía aspecto distinguido, culto, y llevaba un sombrero blanco.  Aquello ocurrió a principios de los años 70 y esto, Ud., hasta hoy, no lo sabía, no podía saberlo, hasta que yo se lo he contado, sin embargo, su descripción coincide exactamente con la del hombre que Ud. vio junto a Andrés López hace un par de meses….

 – Espere, espere -recobré todo el interés y le corté- Admitamos que el hombre que estuvo aquí, era el autor de Curro Jiménez y que es, además, el mismo que yo vi. Supongamos incluso también que escribió la serie televisiva para cumplir una promesa similar a la que yo también hice, pero… ¿Cómo es posible que el mismo encuentro que tuvimos simultáneamente, para él ocurriera 30 años antes?…

 – Exacto. Eso es lo que no sé explicar -sentenció.

 Quedé perplejo. Tenía la esperanza de que el Secretario que aparentemente había madurado tanto aquella entrevista y su exposición, me diera finalmente una resolución. Con ese propósito le pregunté:

 -Bien, en definitiva, ¿Quien cree Ud. que era el tipo con el que hablé en el monte y que dijo ser el Barquero de Cantillana?

 -Sinceramente, amigo mío, no lo sé- Me contestó.

 Allí acabó mi visita a Cantillana. Supongo que me despedí del Secretario y que conduje mas de 200 km. de regreso a mi casa, pero de esos extremos no recuerdo nada, mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo lo que acababa de escuchar.

V

 Han pasado más de 10 años de todo aquello. He tenido tiempo de documentarme sobre el autor de Curro Jiménez, ahora sé, además, que se llama Antonio Larreta y que actualmente tiene cerca de 90 años. He visto fotografías suyas y, si alguien me preguntara, solo puedo decir que se parece bastante al hombre que yo vi en San Benito, eso sí, aquel que merendaba con el pastor, era mucho más joven de lo que naturalmente tendría que ser. Incluso, en alguna ocasión, estuve tentado de ponerme en contacto con él, pero no lo hice. La verdad, es que estoy cansado de aparecer como un lunático y, algunas veces, parecérmelo a mí mismo.

 Por otra parte, también me informé de todo lo que cayó en mis manos en torno a Andrés López, el barquero de Cantillana. Como me dijo alguien una vez, yo tengo ya los medios para hacerlo, Internet ha sido de gran ayuda. Hay poco escrito sobre él y, efectivamente, aún menos, que haya sido corroborado históricamente.

 Pero sobre todo, he dedicado este tiempo a decidir si finalmente sacaba a la luz esta historia. Y, si lo hago una vez más, por última vez, es porque hay que cumplir las promesas, y yo hice una, aunque no sé a quién. Si era un bromista con una esmerada puesta en escena, o un loco bien informado o si, tal vez, era un fantasma o un alma en pena (lo que supondría  asumir que el loco soy yo) es algo que aun a estas alturas se me escapa. No sé quien era aquel hombre que dijo llamarse Andrés López, pero da igual, acaso no sea eso lo importante. Yo hice una promesa y es lo que tienen las promesas, que, al final, siempre se hacen a sí mismo y uno se convierte en el principal encargado de vigilar su cumplimiento. Esa quizá sea la lectura final, la razón y el objetivo; lo que únicamente importa.

  La historia que acabo de contar o, más bien, confesar, es lo máximo que se me ocurre hacer para pagar mi deuda. Probablemente no tenga ni la importancia ni la repercusión de la serie Curro Jiménez, aunque eso nunca se sabe. Poco puedo quitar o poner a las aventuras y desventuras que se cuentan del bandolero Andrés López, el Barquero de Cantillana, si acaso, añadir, como ya he hecho, todo aquello que me dijo. Decir, además, que me dio queso y vino; que me indicó el camino de vuelta a casa cuando estuve perdido y, sobre todo, que a mí me pareció un hombre bueno.

¿Será verdad que los caminos son inescrutables, sobre todo para el que los camina? o, ¿acaso la libertad de elegir una dirección u otra es únicamente un espejismo; que no hay rumbos, sino rutas; que no existen las encrucijadas porque realmente son laberintos con una sola salida posible? ¿Será cierto, en fin, que uno siempre llega a dónde tiene que llegar?